
El candidato García
Tengo la impresión que jamás nadie ha entendido la famosa frase de Alan García, en la cual alude a que él no puede hacer a alguien presidente de la República, pero sí puede evitar que llegue a la primera magistratura. Todo el mundo toma el rábano por las hojas en ese divertido juego de palabras. El asunto se remonta a las elecciones de 1990, fecha en la que García culminaba su primera administración en medio de un caos económico, político y social de pronóstico reservado. El favorito para ganarlas era el hoy premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Nuestro escritor aparecía en las encuestas con más de 50 por ciento de intención de voto. Su personalidad y prestigio lo hacían el candidato de mayor voltaje para ganar los comicios. Pero cometió – entre varios errores – uno que no se debe perder de vista en la presente campaña: polemizar con el mandatario saliente. García percibió eso cuando la hiperinflación y el posicionamiento del terrorismo hacían trizas su imagen. Jugó sus cartas en la polémica, provocó a Vargas Llosa y éste piso el palito. La legendaria frase de Mario, “canallas, cacasenos y bribones” – endilgada a los ministros del último Gabinete aprista de esa administración – dibujó lo que un estratega del oficialismo metaforizó de la siguiente manera: “en política como en una carrera de 100 metros planos, quien va adelante jamás debe parar su marcha para pegarle al que lo insulta en la tribuna o si lo ofende el que va segundo pero a varios cuerpos. Debe seguir corriendo hasta alcanzar la meta”. Vargas Llosa se empeñaba en lo obvio al repasar los resultados del primer gobierno de García cuando, por el contrario, su palabra debió ser de augurio positivo, esperanza, persuasión constructiva. Eso lo debilitó, le hizo perder el tiempo y al final un outsider como Alberto Fujimori lo superó en las urnas. No fue – como algunos sostienen – el activismo del aparato oficial lo que inclinó la balanza contra nuestro novelista. Basado en esa experiencia, el presidente García II debe reír y de buena gana cuando ve que dos de los candidatos – Alejandro Toledo y Ollanta Humala – quieren introducirlo a la campaña como adversario cuando no lo es. Ni siquiera en la encarnación de la aspirante presidencial aprista Mercedes Araoz. El más torpe de todos es Toledo, quien – se sabe – tiene a García entre ceja y ceja por una mezcla de envidia intelectual (Alan jamás habría dicho que Vargas Llosa ganó “el premio Nobel de la Paz en Literatura” como el ignorante de Cabana) y política