
Mi esposa marcó mi número y la señal partió de su celular hacia la torre más cercana. Esta la lanzó a otra, y la otra la reboleó con fuerza a la siguiente. El proceso se repitió varias veces hasta que mi celular empezó a vibrar como loco al rimo de More than a woman –está personalizado el timbre– y tuve que dejar mi libro a un lado para contestar justo cuando estaba en una parte bravaza (Last Tango in Paris, alucinen a Marlon Brando sin censura). Su voz reconvertida en humana me anunció una noticia críptica, de las que no me dan buena espina: Me han hecho un regalito por navidad, ¿qué crees que es? Un temblor extraño se apoderó de mí. Casi se me cae el celular pero reaccioné. Quise ponerme optimista, aunque la verdad es que con esa pregunta la respuesta podía haber sido cualquier cosa, buena o mala. Intenté con lo obvio: ¿Un pavo? Me relamía por anticipado. No. ¿Un champagne? Ya me lo estaba tomando. Tampoco. ¿Un panteón? La mantequilla ya resbalaba entre las pasas y la fruta confitada. Frío. Ya bueno, ¿qué es? Un perrito. ¡Mi madre!
A mi, no es que me disgusten los canes pero la verdad es que ante tantos ruegos de mis hijos por comprar una mascota canina yo he hecho una declaración de principios clara y rotunda: si quieren perro, bien; pero eso sí: a mi no me miren cuando haya que limpiar sus “unos” y “dos” ni cuando haya que sacar a pasear al peludo. Casi lo hago escribir en una maderita para colgarla en la pared de la sala. Mis hijos se calmaron ante la posibilidad de tener que hacer ellos ese trabajito y mi esposa sólo sonrió, pero el regalito como que nos movía el piso, ¿y ahora qué hacemos con el paquetito? Es un Shitzu de dos meses, escuché y respiré no sé si aliviado o resignado, si hubiese sido un pastor alemán o un gran danés ¿hubiese sido lo mismo? Voy a intentar enchufárselo a alguien, me animó pero ambos sabíamos que no había futuro. No les digas nada a los chicos, la prudencia se apoderó de su voz.
Por si acaso, me puse a buscar en Internet lo que se podía saber de esa raza. Por supuesto que la información era abundante, con fotos y foros de discusión y todo eso. Al cabo de un par de horas ya era un conocedor de los Shitzu, originarios de Mongolia y que crecen hasta 26 centímetros aproximadamente, con la esperanza de no tener que usarla en casa jamás. Entonces, retorné a la lectura de las aventuras de Marlon en París mientras esperaba la llegada o ausencia del animalito. Cada cierto rato tenía que interrumpir la historia porque me venían del recuerdo las imágenes de mis dos perros, los que tuve cuando era más joven y hermoso. El primero fue un chusco marrón de pecho blanco que no sé por qué llamamos Foster. Era súper manso –menso, decían mis amigos. Un invierno mi mamá le tejió una chompita de lana muy bonita y lo soltó a la calle (este perro regresaba de todas formas, nunca se perdía) y cuando abrimos la puerta al escuchar sus rasguños nos encontramos con que le habían robado la prenda. ¿Qué perro se deja sacar algo? En fin. Murió atropellado en la avenida Brasil una mañana que mi mamá iba a la panadería. El sólo recuerdo de los días que lloramos su ausencia me estrujó el corazón, no porque me afectara tanto recordar a mi perrito sino porque, como cualquier ser vivo, el probable Shitzu tendría que morir algún día y mis hijos sufrirían tanto como yo. Mi negativa tal vez se deba a una especie de instinto de protección de mis hijos, ¿no?
El segundo perro que tuve fue el reemplazo que buscaron en casa para Foster. Este era un Fox Terrier cruzado con chusco que tenía el carácter opuesto al primero. Le pusimos Lobo, pero al final se quedó con Lobito. Cuando llegaba alguien a casa era pura cola y reverencias pero cuando la visita anunciaba su despedida el can saltaba varios metros con las fauces abiertas y la yugular de la víctima reflejada en sus pupilas marrones. En esa época nos convertimos en grandes arqueros: tapábamos tiros libres, penales, cañonazos a quemarropa, etc. para agarrar la bola de pelos que intentaba masticar la helada sonrisa de sorpresa de nuestros amigos y familiares. Por supuesto que dejarlo salir a la calle solo como Foster era una utopía: el primer perro que se le cruzara era fijo para la bronca. Lo sacábamos con correa y un tiempo hasta con bozal. Lobito no murió atropellado como podrán deducir sino de viejo. En sus últimos días el pobre ya casi no veía, no se movía de su cama y comía con mucho desgano. No pude acompañar a mi padre al veterinario.
Mi esposa llegó. Estacionó, y en lugar de dirigirse a la puerta de casa de frente, se dio la vuelta hasta la puerta del copiloto. Mala maniobra pensaba yo desde atrás de la cortina de la ventana. La ví abrir la puerta y decidí salir a ver. Sacó una caja de impresora HP: Nosotros ya tenemos impresora, le dije anticipando el desenlace. Me miró son una sonrisa que bien podría significar: No seas sonso, como ¡Mira lo que tengo aquíííí! La caja temblaba, se bamboleaba, quería saltar, correr, lamer. Me acerqué y aguaité: un cachorrito de Shitzu me miraba con unos ojazos inmensos, bigotes largos, panza redonda y la lengua afuera. Entramos. Mis hijos estaban viendo tele en mi cuarto. Pusimos la caja en medio de la sala y los llamamos. En cuanto los vi, los hice detenerse lejos de la caja. ¡Un momento! Les ordené. ¿Qué pasa? Se preguntaban. Ni se imaginaban lo que les esperaba. Miren en esa caja, la señaló mi esposa. Los gritos y saltos y gracias llenaron la casa de alegría. Hasta los vecinos del segundo piso –que tiene un Shitzu también– nos escucharon. ¿Qué nombre le van a poner a la perrita? No lo pensaron mucho: Chiquita. Yo le hubiera puesto Foxy Lady pero Chiquita también le queda.
Ya han pasado unas semanas de la llegada de Chiquita y me he enterado por un amigo que estos perritos son caros. Él le compró uno a su hijo y entre muertos y heridos ya se ha gastado ¡S/. 1200! Nosotros sólo hemos pagado las vacunas y desparasitación (que se las consiguió la hija de mi vecina del segundo piso, quien está en último año de veterinaria). Eso me ha animado un poco, al menos no me ha secado la billetera. Claro que las costumbres en casa han cambiado, aunque la verdad verdad, no tanto. Solo hay que tener más cuidado en no dejar cosas pequeñas tiradas por ahí –algo en lo que mis hijos son expertos recibidos con honores– como muñecos, piezas de lego, etc. porque la niña los muerde y se puede atorar; ni poner el pie encima de la mota de pelos marrones y blancos que anda enredándose entre las piernas de todos. También, hay que vigilarla para que no nos deje regalitos por cualquier sitio –hasta ahora hemos tenido un éxito alentador – sino en su caja de “arena para gato” que venden en Wong y conocimos gracias a la recomendación de un amigo perrófilo. Adicionalmente, hay que cuidar que no se coma las pantuflas, los zapatos, las alfombras, los flecos de los muebles, los cables de electricidad, las cuerdas de las cortinas, los felpudos, el periódico, el árbol de Navidad, el Papa Noel que custodia el árbol de Navidad, los cojines, las esquinas de los muebles, y casi todo lo que se le ocurra. Por ahora no la podemos bañar ni sacar a pasear: necesita su refuerzo de vacunas. Mis hijos se han convertido no sé si en sus guardianes más celosos o en su pesadilla más terrible. La cargan. La besan. La acarician. La hacen correr. La hacen ladrar. ¡Qué no hacen! Pero la perrita, fiel como los de su especie, ahí está. Les mueve la cola y les salta ladrando y lamiéndoles las manos o lo que se le ponga al frente cada vez que regresan de la calle y abren la puerta del patio y ella los ve agacharse para saludarla.
Ya sé que tal vez he sido muy protector de las emociones de mis hijos, he querido que los dolores que se pueden evitar estén lejos de ellos, pero al contemplarlos tan alegres con su Chiquita, me veo reflejados en ellos. Entonces, los recuerdos felices de Foster y Lobito se imponen, me hacen sonreír y provocan la pregunta de mi esposa: ¿De qué te ríes? Y yo sólo digo: Del regalito de Navidad.