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Lunes 12 de enero 2009

Los cubanos esperan una nueva revolución

Cuba desde lejos es algo muy distinto a verla de cerca. Mi viaje a esta isla fue una mezcla de encanto, sorpresa, e indignación, debido a la realidad de muchos cubanos bajo el régimen de Fidel Castro. A 50 años de la Revolución, hablan los propios cubanos. Por seguridad, omito los nombres de las personas con quienes conversé, todas con la necesidad de contar lo que es vivir bajo los ojos de una Revolución estancada en el tiempo.
Lunes 12 de enero 2009

Una nueva revolución

Llegué a La Habana a las 10 y media de la noche del 31 de diciembre, tras lidiar con los energúmenos funcionarios de la Aduana cubana, y luego de 7 horas de vuelo, pero con la expectativa de presenciar como la isla se aprestaba a conmemorar los 50 años de la Revolución iniciada por Fidel Castro y sus camaradas. Pero durante mi recorrido en taxi hasta mi hospedaje en Centro Habana, la ciudad lucía casi vacía, silenciosa, como si nada resaltante se fuera a celebrar. Pasamos por la Plaza de la Revolución, escenario de masivas manifestaciones a favor del régimen, y peor, el vacío era total. Pregunté al taxista donde se realizaban las celebraciones, y me dijo que en Santiago de Cuba, en el extremo oriental de la isla. Sólo algunas pancartas en los edificios públicos y sobre las principales avenidas hacían recordar el aniversario.

Luego de media hora de camino, nos acercamos al centro, y el bullicio se incrementó. Salsa y reggaetón se escuchaba desde las calles. Grupos de jóvenes en las puertas de sus casas y riéndose ruidosamente, como suelen hacerlo los cubanos, mientras que los niños jugaban en la pista. Pero ni un solo acto político. Cuando llegué a mi hospedaje, la dueña de la casa me dijo que tuviera cuidado si iba a salir a las 12 de la noche a recibir el 2009, como lo tenía previsto. Me explicó que en Cuba la gente suele celebrar el Año Nuevo lanzando agua desde los balcones o entre ellos. Sin embargo, lo que más me intimidó fue el escenario ambientado por las vetustas viviendas de Centro Habana, las pistas y veredas partidas y ahuecadas, un olor nauseabundo, y la percepción de estar en una zona con alta tasa de delincuencia. Permanecí en mi habitación desde donde presencié el jolgorio de los cubanos al llegar las 12 de la noche, y los niños gritando ¡agua! Esta alegría duró aproximadamente 1 hora. Bastó que alguien a lo lejos gritara “Revolución” para que todo se calmara y paulatinamente el ruido disminuyó. Fue en Santiago de Cuba donde el 1 de enero de 1958 Fidel Castro proclamó el triunfo definitivo de la Revolución. Pero esta vez, el legendario líder no estuvo presente para conmemorar los 50 años de su victoria, debido a su delicado estado de salud. Según me enteré después, sólo su hermano Raúl presidió las celebraciones. Números artísticos y desfiles coronaron la actividad, y las mismas se repitieron en otras ciudades. Pero en La Habana, sólo en los principales hoteles, como el emblemático Hotel Nacional, y en algunas viviendas, se celebraba el día de la Revolución. EL TURISTA, PRIMERO Visitar La Habana por primera vez puede ser algo incómodo y confuso. Al caminar por las calles del casco antiguo de la ciudad es común encontrar algunos cubanos abordando al primer turista despistado que encuentran para pedirle algo de comer o de beber, o iniciar una conversación pero con un interés monetario subrepticio. Y es que la necesidad es ingente. Los cubanos ganan como promedio entre 24 a 25 dólares mensuales, equivalente a casi 600 pesos cubanos, la moneda nacional. Los turistas utilizan el llamado peso convertible, casi equivalente al dólar estadounidense, y es igual a 24 pesos cubanos. Tan sólo 1 peso convertible ya es bastante. Sin embargo, más allá de la necesidad, los cubanos indigentes tienen mucha curiosidad por saber del mundo exterior. Al ciudadano español que conocí en la casa donde me hospedé, y que fue mi principal guía en La Habana ya que visitaba el país por novena vez, le preguntaban sobre la situación económica y las perspectivas de vida en Europa. Sus rostros se les llenaban de sorpresa cuando escuchaban las cifras de los sueldos y los beneficios laborales. Todo un sueño en la Cuba de Castro. Pero ese simple acto de curiosidad está penado en Cuba. El delito lleva el ridículo nombre de Acoso al Turista, y el reglamento señala que ningún ciudadano cubano puede abordar a los extranjeros por cualquier razón. Mientras caminábamos por la calle Obispo, una arteria peatonal del centro de la ciudad, un muchacho de 24 años, moreno, peinado rasta y de trato amable, se nos acercó para ofrecernos comida en un restaurante o si podíamos invitarle un mojito, la bebida nacional de Cuba. Ante nuestra negativa, el joven comenzó a preguntarle a mi amigo español sobre la realidad en España. Perú no le despertaba interés alguno. Cuando estábamos en plena explicación, un policía se nos acercó y le pidió los documentos al muchacho. Tras corroborar por radio los antecedentes del chico, el policía dijo que se lo tenía que llevar detenido por encontrarle antecedentes delictivos. Mi amigo español intentó solucionar el impasse afirmando que fuimos nosotros quienes nos acercamos al muchacho, pero ya nada se podía hacer. En la jerarquía social de la isla, el turista está por encima del ciudadano cubano. Si nos hubiéramos alejado cuando el policía se acercó, éste habría pensado que el muchacho nos acosaba y lo habría detenido sin mediar interrogación. Muchos turistas que conocen esta norma salen en defensa del cubano, afirmando que no sufrieron ningún tipo de acoso. Al policía no le quedaría más que alejarse porque en Cuba la palabra del turista vale más que la del propio cubano. A la policía cubana se le encuentra por todas partes en el centro de la ciudad, según afirman, para resguardar la seguridad del turista. En efecto, Cuba es el país más seguro para los turistas, y los índices de criminalidad en La Habana son casi nulos. Esa protección muchas veces implica una serie de restricciones para los propios cubanos, quienes están impedidos de incluso caminar con un extranjero. La verdadera razón de tan excesivo control es que las autoridades temen que algunos ciudadanos propalen ideas antirrevolucionarias entre los turistas, o simplemente se quejen de sus necesidades. Incluso, los cubanos venidos de las provincias requieren de un carnet de tránsito para poder circular por el resto del país. Conversar con un cubano puede ser lo más agradable, un pueblo tan instruido tiene mucho que contar. Pero por un lado está el afán de algunos de querer obtener un beneficio de los turistas, y del otro está la presencia policial, que no permite a los cubanos interactuar libremente con un extranjero. JABÓN DE ROPA Al este del municipio de Centro Habana está Habana Vieja, la zona más antigua de la capital. La belleza y buen estado de conservación de sus edificaciones coloniales y republicanas deslumbran y embelesan a primera vista. Es casi una réplica perfecta de una ciudad colonial del siglo XVI. Según me explicaba una guía turística, el régimen castrista descuidó los edificios antiguos hasta que el centro de La Habana terminó en una ruina, con un patrimonio histórico a punto de perderse. Fue recién luego de la caída de la Unión Soviética, y del inicio de la crisis económica que atravesó la isla, conocida como “periodo especial”, que el gobierno cubano vio en el turismo una potencial fuente de divisas. Recién entonces se inició un plan de recuperación del centro de La Habana y de otras ciudades, así como el reavivamiento de la infraestructura turística, y la creación de reservas naturales. Durante mis muchos recorridos por el centro de la capital cubana, se me acercó un joven de casi 30 años, padre de familia, y albañil de oficio. Mientras cenábamos en un paladar, claro, yo tuve que invitar, me contó que forma parte de las brigadas de obreros que trabajan en la restauración de la Habana Vieja. Pese a ganar 23 paupérrimos dólares mensuales, recibe cada mes una ración de alimentos por miembro de familia. Igualmente recibe enseres de aseo personal, y fue por ahí que comenzó su queja. Me dijo que el jabón de bañarse, hecho en Cuba, era similar a uno de lavar ropa, y que le dejaba irritaciones en la piel. Mucho peor para sus hijos, ya que los niños son más sensibles. Ante este problema, tiene que ver la manera de conseguir un jabón importado, que sólo es vendido en casi 3 pesos convertibles, es decir, 75 pesos cubanos. Y sólo lo venden en pesos convertibles, una moneda poco accesible para un obrero. Según dijo, su difícil situación económica lo obliga a abordar turistas para llevarlos a un buen restaurante a cambio de dinero. Hablaba bien de su trabajo, en la recuperación del centro de La Habana, pero sostuvo que su esfuerzo va en beneficio de la ola de extranjeros que visita Cuba cada año. “Todo lo que yo trabajo va para los turistas, pero para nosotros, no queda nada” afirmó el obrero con resignación, un sentimiento que acompaña todos los quejidos que escuché de los cubanos. RECLAMOS DE UNA NUEVA GENERACIÓN Tras casi 4 días de recorrer el centro de La Habana, sus edificios majestuosos que se levantan entre viviendas vetustas y a punto de derruirse, salí por la zona de Vedado para encontrarme con unos amigos, estudiantes de la Universidad de La Habana. Vedado es un municipio más residencial, con más áreas verdes que el centro, y donde se ubican los principales edificios públicos. Fue aquí que recién pude observar a los cubanos profesionales, estudiantes con sus mochilas o sus cuadernos en la mano, cafés para el debate, gente de vestir más sobrio pero elegante, y que por momentos me hizo sentir lejos de Cuba. Uno de los amigos con los que me encontré estudia medicina, y pertenece a la clase pensante de cubanos, aquellos que le dan al país la fama de tener los profesionales mejor preparados de la región, aunque no así los más actualizados. Ella afirma ser fiel a la Revolución, herencia de sus padres, y está en desacuerdo con aquellos que creen que la solución a los problemas de Cuba está en la caída del régimen. Sin embargo, está a favor con algunos cambios, como el incremento de la libertad para los cubanos. Asienta la consabida afirmación de que los mejores médicos están en Cuba, pero reclama mayor acceso a los últimos avances científicos, y eso implica Internet. El gobierno selecciona a qué información pueden acceder los estudiantes de medicina mediante una red interna llamada Infomed. Asimismo, señala que los estudiantes de medicina no pueden interactuar con otros colegas del extranjero porque no se les permite participar en congreso fuera de la isla, salvo que éste se realice en Venezuela. Por otro lado, las últimas generaciones de cubanos, nacidos después de la Revolución, reclaman mayor privacidad. En Cuba, la compra y venta de casas está prohibida, y eso implica que una propiedad deba pasar de generación en generación. Por lo tanto, cuando una pareja forma una familia, ésta no puede acceder a una vivienda nueva, y sólo les queda vivir en la casa de los padres. A parte de los lujosos hoteles, son pocas los edificios de vivienda que el gobierno ha realizado. De ahí que la tasa de divorcio en Cuba sea uno de los más altos en América Latina, y que el número de matrimonios sea tan bajo. Nadie querrá llevar su vida de casados junto a la suegra. (Ésta es sólo la primera parte de esta crónica.)

 

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