
Se dice que el hombre es la única criatura sobre la tierra capaz de tropezar dos veces con la misma piedra y que opta por aprender lecciones a partir de golpes, aún habiendo recibido oportunas clarinadas de advertencia. Y es que siendo la especie más joven del planeta, nos comportamos como niños que aún gatean, desprovistos de sabiduría en el lento camino de la evolución y que comete enormes barbaridades, más por ignorancia que por maldad, estimulados por el ego infantil desmesurado.
Hoy, cuando nueve millones de limeños hacinados inhalamos a diario el oxigeno degradado de una atmósfera irrespirable, cuando los peruanos bebemos las aguas cada vez más contaminadas de nuestros ríos convertidos en los basureros de la población y quemamos y destruimos millones de hectáreas de bosques naturales como si fueran ecosistemas sin valor, cuando el exceso sonoro de nuestras bocinas y ruidos de toda índole afecta ya lo más profundo del espíritu de las personas, cuando la extinción de las especies de nuestra rica biodiversidad se vuelve escandalosa y hasta criminal, cuando los suelos de nuestra Madre Tierra son tratados sin consideración destruyendo su fertilidad, cuando finalmente somos indiferentes a la soberanía y a la presencia de Dios en la creación, se comprende que fácil es faltarle el respeto a la vida y contemplar cómo ésta, expresada en las fuerzas de la naturaleza, se defiende de la agresión exterminando a su paso con ofendida reacción. El tiempo de la Educación Ambiental llega para frenar este proceso destructivo del hombre, para enseñarle desde la niñez como funcionan los ambientes naturales y como podemos cuidar y respetar nuestro entorno. Reorienta la educación escolar hacia el desarrollo sostenible. Aumenta la conciencia del público e incorpora un nuevo verbo: comprometer, no solo sensibilizar y fomenta la capacitación en todos rincones del Mundo. La Educación Ambiental clama, señores del gobierno, la vida nos va en ello.