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Domingo 18 de enero 2009

LOS CUBANOS ESPERAN UNA NUEVA REVOLUCIÓN - PARTE 2

La segunda y última parte de la crónica que elaboré con motivo de mi viaje a Cuba, y que coincidió con el aniversario 50 del triunfo de la Revolución.
Domingo 18 de enero 2009

LOS FUNCIONARIOS

Incluso los funcionarios cubanos esperan un cambio. Él es un joven militar cubano retirado, de casi 35 años, que ahora ocupa un alto cargo en el Ministerio de Salud. Lo conocí en una reunión social a la que me invitaron, el cumpleaños de la amiga de un amigo. Tras varios minutos de conversación, abordó el típico tema entre un cubano y un extranjero: el sueldo. Pese a trabajar para el gobierno y tener el cargo de asesor, gana apenas 25 dólares mensuales. “Tú crees que con eso se puede vivir?”, me dijo. Sin embargo, viste unas buenas zapatillas y una camiseta con el logo de Lacoste, quizá una imitación. No parece tener mayor problema en cuanto a la vestimenta. Sucede que algunos cubanos tienen dos formas rentables de ganarse la vida. Pueden habilitar un restaurante dentro de sus viviendas, los llamados paladares, y vender menúes de casi 10 dólares; otros pueden hospedar turistas mediante el sistema denominado casa particular, cobrando entre 15 a 40 dólares la noche, más que el sueldo mensual de un cubano promedio. Justamente este funcionario que conocí ayudaba a su primo en la manutención de su casa particular. 

Una realidad similar fue la que me contó otro funcionario, esta vez del Ministerio de Turismo, pero este se quejaba de que los turistas ya no dejaban tanta propina como antes. Siendo un funcionario público, siempre espera que los extranjeros le dejen algunos pesos convertibles como recompensa por una explicación o por tomarles fotos. Me pasó en dos museos de La Habana. Una historiadora, trabajadora del lugar, me pidió algunas monedas para sus hijos.   El turismo, a decir del gobierno cubano, se incrementó en el último año, y según declaraciones oficiales, se espera que el número de visitantes aumente en el 2009. Sin embargo, la dueña de un paladar me comentó que el número de extranjeros que visitaba Cuba había disminuido drásticamente, afectando su negocio y el ingreso de todos los que viven de esta industria.   LE LLAMAN LA MOMIA   Mi conversación con el funcionario del Ministerio de Turismo tomó ribetes más políticos minutos después. Aseguraba que Fidel Castro seguía vivo, y que mientras así fuese, su hermano Raúl no podía realizar reformas sustanciales a la Revolución. Esta afirmación fue interrumpido de inmediato por una mujer jubilada de unos 50 años, quien sostenía que el líder estaba muerto, pero que la falta de cambios se debe a que en el poder permanece una camarilla de vetustos líderes revolucionarios que se renuevan ellos mismos en los puntos estratégicos del poder. En efecto, durante mi estadía en Cuba, nombraron como nuevo jefe del ejército oriental de la isla a un militar octogenario.   La última vez que Fidel escribió sus “reflexiones” fue la primera semana de diciembre, y hasta el cierre de esta crónica, Granma no había publicado algo sobre el líder. Las dudas sobre la existencia o no de Castro alimenta la incertidumbre entre los cubanos. La jubilada señala que nadie con una edad tan avanzada, más de 80 años, y un cáncer al colon casi terminal está en sus cabales para elaborar idea alguna. Los cubanos no saben finalmente quien los gobierna. Algunos en las calles aseguran estar bajo la tutela de una momia.   Lo que si me aseguraron todos en la reunión a la que asistí era que si bien la gran mayoría de los cubanos está en desacuerdo con la Revolución, casi todos son fieles a Fidel Castro. Las reformas implementadas por Raúl el 2008, como la liberalización de los hoteles para los ciudadanos nacionales, es una forma de ganarse la simpatía de la población, ya que sabe que su falta de carisma no le es de gran ayuda.   FALTA DE DIGNIDAD   Ya que sabemos cuánto gana un cubano promedio, imaginen lo que representa una humilde remesa de casi 100 dólares mensuales. Por esa razón muchos cubanos prefieren no trabajar, porque con el dinero enviado desde el extranjero les basta. Para esto, el gobierno cubano elaboró una norma que sanciona a todo aquel que no trabaje por considerarlo un peligro para la sociedad. Eso fue lo que nos contó un hombre que encontramos en el Malecón de La Habana que vendía monedas de 1 peso cubano con la cara del Che Guevara a 1 peso convertible. Señalaba incluso que más rentable le resultaba mendigar.   Esta realidad indigna a la estudiante de Medicina de la Universidad de La Habana, mientras comíamos helados en un restaurante de Vedado, al este del centro de la capital. Dijo estar avergonzada de muchos de sus compatriotas por haber perdido la dignidad y llegar al extremo de mendigar, o hasta incluso de vender su cuerpo, por no trabajar. Sucede que en Cuba hay trabajo para todos. Eso se puede apreciar en las plazas antiguas de la Habana Vieja, donde mujeres y hombres de avanzada edad barren las calles con uniformes brindado por el municipio habanero. Pero claro, los sueldos son muy bajos al igual que la calidad de vida. La indignada estudiante señala que si verdaderamente quieren cambiar el país, pues deben trabajar en lugar de acosar a los turistas.   Y es que esa molestia es comprensible. Los mismos cubanos se jactan de ser un pueblo orgulloso de su pasado, de su cultura y del país en general, pese a la falta de recursos y a vivir en un régimen que los exprime cada día. Pero ese orgullo se desvanece cuando la necesidad los obliga a rebajarse por unos dólares. Incluso su tradicional alegría y sabor en el ritmo se ve opacado con un trato tosco y casi hostil por parte de los trabajadores cubanos. Un comportamiento comprensible si se toma en cuenta la situación que viven.   Sin embargo, pese a todo lo malo, algunos cubanos sienten que la caída del régimen traería consigo la desaparición de los beneficios de la Revolución. Entre ellos el acceso gratuito a la enseñanza, a la salud pública, a los espectáculos culturales, y el gran impulso a la educación y el deporte. Estos logros son innegables, pero que han tenido un caro costo para las nuevas generaciones sedientas de libertad. El descontento en la isla es casi general.   Mis últimas horas en la isla la paso caminando por el Malecón, tomando fotos indiscretas a algunos pescadores que desde temprano buscan conseguir algo de las riquezas del mar, como la langosta, un alimento destinado sólo a los turistas. Otros se sientan en el muro que da hacia el mar y miran imperturbables el horizonte, quizá cavilando como salir del país, pensando cómo se vivirá los días venideros. A lo lejos, la música resuena en un restaurant cercano y un par de bailarines se apresta a dar algunos pasos de casino, los elaborados pasos de la salsa. Es esa alegría la compensación que tienen los cubanos para enfrentar sus problemas. Gente locuaz, de gran gesticulación, hablar fuerte, de ideas directas. Ellos sólo esperan cambios, quizá alguna nueva revolución que quiebre los cánones anacrónicos impuestos por los octogenarios que encabezan el régimen, para que puedan integrarse al mundo y aportar lo que mejor tienen los cubanos, su calidad humana. ////
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