El mundo asiste fríamente a un espectáculo de horror. En GAZA, se consuma una cacería de seres humanos. Los agresores alegan que persiguen fieras, y nada importa si en su camino se cruzan mujeres, niños o ancianos. Así lo ha dispuesto el señor parecen repetir los grandes jefes de las naciones. ¿Cuál señor? ¿Alguien podría decírmelo? De seguro que NO es el dios que prefirió ser crucificado para devolvernos el amor.
Probablemente sea el mismo que ordenaba "matar a todo lo que respiraba"; el mismo que con otros nombres mandó crucificar cristianos en los coliseos romanos; el que sugirió a algunos conquistadores de América alimentar a sus perros de caza con la carne de los indios, o el que inspiró los baños mortales de los campos de concentración nazis, en el holocausto judío. Debe ser, con toda certeza, ese mismo señor, el que ahora recibe este salvaje genocidio, como un homenaje de sangre.
De nada sirve recordar que existen Declaraciones de Derechos Humanos y Tratados; de nada sirve invocar el respeto a las leyes de la guerra y a los civiles. La élite de los agresores, ha dispuesto: rendir un tributo de sangre, a sus viejos dioses.
Y nada ni nadie puede interponerse en su brutal designio.
Tal vez, sólo pueda hacerlo, el verdadero Señor.