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Sábado 31 de octubre 2009

Kachkaniraqmi (sigo siendo)

Reflexiones en torno al fenómeno de la emigración en el Perú.
Sábado 31 de octubre 2009
Kachkaniraqmi (sigo siendo)

Cuando emigré del Perú en mayo de 1997 no estaba tan al tanto de este imponente fenómeno migratorio  (entonces ya existente) que en la primera década del siglo XXI habría de tomar ribetes inimaginables (en parte también por las consecuencias que ha generado). En parte por la edad, en parte por la incredulidad de tamaña empresa, no pensé jamás en que estaba formando parte de un proceso histórico como el que debió significar, entre 1890 y 1920, la inmigración europea en tierras americanas. El fenómeno migratorio peruano hacia el exterior registró un alza sensible en la década del noventa como producto, entre otros, del fujimontesinismo y su salvaje neoliberalismo que creó una zanja aún mayor entre la población, mucha gente mejoró sin duda sus condiciones de vida y muchas cosas cambiaron en el paisaje urbano peruano pero muchos otros (temo muchos màs) no pudiendo participar de este aparente auge y, a sabiendas de las oportunidades que otros países ofrecían y contando en muchos casos con un pariente pionero en dichas tierras, decidieron empacar y pegar vuelo hacia un futuro económicamente mejor pagando como caro precio el inevitable desarraigo que una tal experiencia exige.  Cuando emigré del Perú, el proceso migratorio ya estaba avanzado aunque de ello se hablara muy poco. Eran tiempos en los que la libertad de información practicamente no existía o existía camuflada, manipulada (ay! cuánto se asemeja a ello la Italia de hoy!) y ciertos fenómenos el régimen prefería sin duda soslayar para evitar oleajes mayores o simplemente para ocultar la herida por la que el pueblo peruano emanaba su sangre hacia otros lares. Con la llegada del nuevo milenio y la vuelta a la libertad (al menos de pensamiento, opinión e información) este fenómeno pasó de ser un mero "vox populi" a ser materia de estudio por parte de sociólogos y políticos, economistas y antropólogos ansiosos de descifrar los hilos invisibles que hilvanan esas redes humanas a lo largo del urbe, esas corrientes entrópicas de seres dispuestos a todo con tal de salir adelante, las miríadas de recursos estudiados y pensados en aras de crearse un nuevo, mejor porvenir.  Pero en la primera década de este siglo, los peruanos hemos asistido a otros cambios. Es indudable la mejora de nuestra realidad social y económica. Mejora que no debe en lo absoluto servir de retorico orgullo o hidalgo amansamiento pues si el Perù es en estos momentos una de las diez economías con mayor crecimiento en el mundo, esto se debe en gran parte a coyunturas regionales favorables que, en un mundo globalizado, requieren una contraparte, esto es, una depresión en otras rareas geoeconómicas. No hay que negar lo mucho que se ha mejorado ni tampoco creer que somos un país formado y realizado. Estamos mejorando, estamos creciendo pero la ruta es aún muy larga. Estamos lejos de ser un país integrado, nuestra clase trabajadora goza de escasos (cuando no nulos) derechos laborales, el respeto al prójimo parece todavía una utopía, la educación no tiene reformas en vista y la violencia en muchas zonas del paìs es cosa cotidiana. Basta pensar al servicio de transporte público de Lima para darse cuenta de la situación en que nos encontramos. Recuerdo aquella tarde de paro nacional caminando por las calles del centro de la capital exentas de combis asesinas. El silencio y el orden inusitados conferían nuevos bríos a la Ciudad de los Reyes y por un momento albergué en mi alma la sensación de caminar por una metrópolis europea bella y decadente.Es importante dejar el país atrás. Al menos por un tiempo. Ayuda a valorizar lo bueno y a condenar lo malo. Da una pauta, un punto de comparación. Se aprecia lo genuinamente propio con otro prisma así como se aborrece con mayor acidez las burdas imitaciones que desnaturalizan lo nuestro. Y créanme, en un país en constante transformación como el Perù, cada vuelta del peruano exiliado se transforma en una nueva visión que no se termina nunca de comprender y que, en parte, contribuye a complicar los recuerdos, entrelazándolos y confundiéndolos y, como las lilas de abril de Baltazar Gracián, enredan la memoria y el deseo. En otras palabras, generan desarraigo, pero despierto, curioso.  Son tres millones los peruanos que dejando casa, amigos, barrio y hasta amores tempestuosos han emigrado. Tres veces Trujillo o la tercera parte de Lima. Hecho está que los encuentras en Filipinas, Japón, Australia y hasta en Rusia. En Milán existen barrios latinos como lo debió ser Little Italy en Manhattan casi un siglo atrás. En Florencia y Roma los peruanos trabajan, comercian, se conocen, importan rocotos y organizan fiestas, escuchan su propia música y atraen cada vez màs a los incrédulos tanos, como ellos mismos los llaman. Oscar de León se presenta todos los meses en el barrio de Milanofiori y convoca masas de decenas de miles de latinos que reviven en el norte italiano jaranas salseras multitudinarias.  Muy distinto es el caso del renombrado tenor peruano que Pavarotti reconoció como propio sucesor y que llena plateas en donde se presenta. A él no van a verlo ni oírlo peruanos con cajas de cerveza en hombros sino la nata de la alta alcurnia milanesa, gente del paladar fino y del gusto exquisito. Por no hablar de restaurantes, pubs, bodegas, mercados, internet points con envíos de todo tipo, discotecas, locales nocturnos con lap dance y hasta blockbuster que màs parece cholobuster por las pelas que allí se encuentran, todo de peruanos para peruanos. Una anécdota para mi madrecita que ayer cumplió años y que tanto goza con estas ocurrencias: caminaba con mi amigo Dal Bo por las calles de Milán y nos topamos con un chifa, que en Italia son màs chinos y menos criollos por una lógica cuestión de tiempo. Entramos y pedimos la carta, una chiquilla grácil con ojos de almendras nos la da, leo y qué me encuentro: lomo saltado, ají de gallina, locros y ajiacos...pregunto ingenuamente sobre el origen de dichos platos. Me llevan a la cocina donde encuentro Félix, el cocinero "chino" que nació en Puente Piedra y cocina chifa (y de soslayo comida criolla embetunada de oriente) para los milaneses. Dice que les encanta y que nunca hacen preguntas. ¿Es o no es curioso? Creo que el artículo de Caretas queda algo chico si de menciones honrosas se trata: junto a Pizarro, indudablemente nuestra principal figura en el fútbol del viejo continente, es menester colocar a Farfán, Guerrero y Vargas. Pero qué chicos somos los peruanos, nos jactamos de tres figuras. Qué sonrisa de ironía o de compasión podría provenir de los labios de un argentino o de un brasilero. Creo que tenemos otras cosas de las cuales enorgullecernos màs: nuestra cocina, por ejemplo. En el Perù ya todos saben que los mejores restaurantes de Santiago, Buenos Aires, Nueva York y hasta Madrid y Londres son peruanos, que nuestros "platillos bandera" como el ceviche o sebiche (igual es) o el ají de gallina son estudiados e imitados por los màs reconocidos chefs del mundo, que nuestros ingredientes "sui generis" como rocotos y ajíes, patatas y camotes, choclos y limones son empleados en cocinas de latitudes lejanas. Félix puede dar fe de ello. Cuando una economía crece todo mejora, desde el deporte hasta el arte, desde la cultura hasta el turismo. Crece el amor propio que es la base del amor por lo propio. Son lejanos los tiempos en que los habitantes de la costa vean a sus compatriotas altiplánicos con sorna y desprecio, en que tanto su forma de ser o de vestir como sus costumbres eran objeto de mofa. Incluso su forma de hablar, tan vilipendiada por largo tiempo, ahora es vista de otra manera gracias a  estudios lingüísticos que han demostrado los influjos y el genio del kichwa en dicha habla, en su sintaxis despedazada, como habría de repetir hasta el hartazgo el gran José María Arguedas.¡¡¡¡Kachkaniraqmi!!!! Sigo siendo. El genio kichwua es parte integral del genio peruano. Genio plurilingüe y multicultural. Precisamente allí radica su riqueza: en sus colores, olores y sabores. El mundo ahora nos envidia aquello que por mucho tiempo nos ha avergonzado: nuestra diversidad. Diversidad humana, de flora y fauna, de ecosistemas y vuelta al sabor, olor y color de lo peruano. Ello se ve reflejado en nuestra comida, en nuestra música, en nuestra pintura, en nuestra triste historia y representa todo lo que tenemos. Ahora que los peruanos se van, llevando consigo al igual que los visitantes impresionados nuestra cultura por el mundo esta riqueza ha dejado de ser sólo nuestra. Ahora es patrimonio de la humanidad. En un mundo ambivalente que tiende por un lado a hegemonizar las culturas y por otro a reconocer la riqueza de la diversidad, la condición principal de nuestro país es precisamente alimentar la segunda en aras de obtener la primera. En este caso, y ya para terminar, no cabe duda que no habrá segunda sin primera. Tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz de haber nacido en esa hermosa tierra del sol... todo el resto es vana retórica patriótica. 

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