
Hace tres décadas, a los dos centenares de egresados del colegio, nos bautizaron como promoción Bellarmino en homenaje a un santo jesuita italiano que vivió en el siglo XVI.En ese entonces no me gustó la denominación. A comparación de titulares graves como Claver, Kostka, Gonzaga o Loyola, Bellarmino sonaba frágil.Sin embargo, con el transcurrir del tiempo empece a identificarme con Bellarmino y hoy cada vez que escucho ese término, me emociono y siento que es un nombre bello y digno.A lo largo de la existencia, uno pertenece a diferentes comunidades. Uno de los referentes más valorados por los ciudadanos es la membresía a una promoción escolar.El azar determino que niños procedentes de 200 familias diferentes compartan dos lustros en las mismas aulas. Los apellidos de mis condiscípulos que escuche cuando miles de veces pasaron lista en voz alta están grabados en el alma.Asisto anualmente al almuerzo del reencuentro. En esas ocasiones he podido felicitar personalmente los logros de mis compañeros.Hay de todo en mi promoción. Exiliados y quienes domicilian en provincias. Cucufatos y ateos. Divorciados y solteros. Bebedores y abstemios. Aficionados al futbol y al golf. El más fecundo tiene 6 hijos. La mitad paso por el doloroso episodio de enterrar a sus padres.Estamos a una edad que todavía soñamos y podemos empezar de nuevo. Además, tenemos la ventaja que con naturalidad nos reímos de nosotros mismos. Frente el espejo, nos resignamos a la calvicie, el dolor de muelas y las tetillas caídas.Nos empezamos a olvidar los números telefónicos, necesitamos lentes para leer y extrañamos antiguas proezas sexuales siendo tentados a utilizar la famosa pastilla azul.En estos treinta años, los momentos que más nos unieron fue cuando despedimos a camaradas fallecidos tempranamente. Están siempre presentes la devoción de Franco, el arte de Pablo, la sensualidad de Domingo, la inocencia de Kiko, la genialidad de Esteban, la responsabilidad de Juan, la brillantez de Vladimir, la lealtad de Lucho, el vigor de Roberto y la abnegación de Rubén. Esas pérdidas nos conmueven y enfrentan a la verdad de nuestra brevedad.Luego de transitar por mullidas alfombras y fríos senderos, conocer traiciones y confianzas, comprar originales y bambas, criar hijos propios y ajenos, escuchar a sabios y charlatanes, experimentar alegrías y penas, envidiar y admirar, trabajar con individualistas y comunitaristas, puedo proclamar que mis hermanos de promoción son unos tromes. Bellarmino es única y somos los mejores.