
La librería El Virrey nos recibió con los brazos abiertos, más se abrieron cuando le entregué a la señorita encargada el vale por S/: 330 que me gané en los Juegos Florales de la UPC (Cómo fue: http://cesarklauerblog.blogspot.com/2009/11/un-viernes-distinto.html). Sonrió con un brillo fulgurante en los ojos y S/. dibujados en las pupilas. Sin falta, mis hijos pidieron ver El Libro de los Records Guiness. Ah, qué bacán, a ver ese librito. Lo trajeron casi en grúa. Es inmenso, pasta dura verde brillante, tornasolada, las letrazas plateadas Guiness World Records 2010 anunciaban su actualidad, con datazos recientes, irrefutables. Es que yo ya les había anunciado a los chicos que usaría mi vale para comprarle a cada uno el libro que quisiera. ¿El que sea?, se aseguraron en coro. El que sea, confirmé mi decisión con seriedad de padre comprometido con la culturización de su prole. Total, no iba a gastar más de 30 soles por cabeza, o por allí calculaba yo.
¿Y cuánto cuesta esta maravilla de la erudición occidental y cristiana? Sólo S/. 139, señor. Vaya, vaya, eso sí que era un record para mí: nunca en mi vida he pagado tanto por un libro. Chicos, uno para los dos, ¿ya?; entre ambos lo podían cargar, y cuidado con rayarlo o doblarle las hojas plagadas de fotos a color. Que no se vaya a caer.
La señorita sonrió, los S/. le daban vueltas sin parar. ¡Cling! me pareció escuchar. Los chicos se fueron a la sección infantil a leer su libro mientras yo buscaba lo que me iba a llevar con lo que quedaba del vale: vaya llevándome la cuenta, por favor, señorita, no me quiero pasar de la cantidad del vale. Pero eso no era problema, señor, sus blancos dientes me iluminaron, podía pagar la diferencia al contado o con tarjeta de crédito, ¡cling! Sonreí y me fui a ver los nichos.
¿Nichos? Eso mismo, amigo que me lees. Para mí, entrar a una librería como El Virrey, es entrar a un cementerio con cuarteles de madera y féretros de papel couché o bond my-name-is-Bond enchapados en folcote plastificado mate (a veces pasta dura). Allí estaban, en orden alfabético, las tumbas de los peruanos: Ampuero, Bryce, Iwasaki, Roncagliolo, Vargas Llosa (bueno, con MVLL, la cosa cambia, él es universal), y de los foráneos: Saramago, Murakami, Calvino, Roth, Auster. ¿Y la mía dónde está? No me atrevía a preguntar, mejor me dedico a gastar la plata que todavía queda, no vaya a ser que se ría de mí la señorita.
En eso, una voz de flores y miel me convirtió en Lázaro: ¿has visto al gato? Miré hacia mi costado y abajo: Hijita, traduce por favor. ¿Aquí acaso no hay un gato, papá? Accionaba sus manitas en el aire como diciendo qué huevón que eres, papá, pero eso es imposible, mi princesita no sabe esas cochinadas (todavía). ¡Claro!, ya me acordaba, no era la primera vez que íbamos a ese cemen… perdón, librería; efectivamente había un gato angora o algo así, un felino amigable que se dejaba acariciar el lomo. No sé dónde estará, mi princesita, le pasé la mano por la cabecita. ¡Ay, papá!, se fue a buscar al minino por la sección de negocios y marketing. Caí en cuenta que no estaba leyendo su Libro de los Records Guiness, me asusté, por mi madre que me asusté. ¿Ya no le interesaba? Fui a la sección infantil. Allí estaba todavía mi hijo entretenido con el librazo. Me sequé la frente. Suspiré.
Terminé de elegir mis lecturas, se las llevé al mostrador a la señorita de los ojos de S/. Me sacó la cuenta: tengo que pagar un extra. No me diga, señorita, y ¿cuánto es ese dolor? Sólo seis soles, ¡cling! Fuuu, qué bueno.
Nos vamos chicos. A ver, ¿qué record les ha gustado? Este es buenazo, papá:
MÁS PESO LEVANTADO CON LA LENGUA
Thomas Blackthorne (Reino Unido) levantó un peso de 12.5 kg que le habían enganchado a la lengua en el plató de El Show Olímpico en Ciudad de México, el primero de agosto de 2008.
Qué bonito, hijito. ¿Para esto he pagado S/. 139?, pensé mordiéndome el labio.
Cena de Verano (Cuento ganador de los XIV Juegos Florales UPC 2009)
Cesar Klauer
Sus voces eran navajas estridentes teñidas de la desesperación de las tripas apretadas. La madre se tomó su tiempo decidiendo con cuál empezar, cuatro son muchos, parecía pensar mientras sus oscuros ojos se fundían con el horizonte: la incandescente naranja del sol se despedía con solo un gajo fosforescente iluminando levemente el camino del tibio viento veraniego. Las hojas del árbol se meneaban apaciblemente y producían un silbido tenue con aroma a flores, café fresco, sopor. Regresó al momento jalada por el escándalo de los chillones hambrientos. Se sacudió, cogió un gusano. Lo metió en el pico del primer pichón.