
Una de las peores tragedias de la democracia es que la notoriedad de sus actores públicos se traslade con todo tipo de fanfarrias al campo de los operadores mediáticos. Para un sistema que tuvo como fundamento primario y esencial el ejercicio de la libre expresión – la cual garantizaría el intercambio abierto de ideas diferentes en provecho del ciudadano – resulta un fracaso concederle al periodismo el epílogo de la verdad, arrebatándoselo al receptor de las informaciones y negándoselo en todos sus extremos a las autoridades institucionales.
Porque un cuadro así consolida en la prensa una soberbia oligarquía a la que, con razón, algunos gustan llamar el cuarto poder. Ha perdido capacidad de intermediar entre el pueblo, los acontecimientos y la dirigencia. Apuesta a veces por manipular al pueblo, escoger los acontecimientos y sustituir a la dirigencia. Los casos “petroaudios” y “chuponeadores” lo demuestran fehacientemente. El pleito entre si importa más evidenciar las probables corruptelas gubernamentales o denunciar los métodos ilegales para captarlas, no es un debate cívico sino una pugna desquiciada de vanidades que han tomado por trinchera a los medios de comunicación. Los que antes entrevistaban a los protagonistas hoy son los divos de la noticia, las novias de las bodas informativas, dramaturgos de un Hollywood mediático a la caza del Oscar al periodista más correcto del globo. “Como en nada afecta investigar, denunciar, exigir, insinuar, se le otorgó confianza a una generación de reporteros ansiosos de la visibilidad que otorga el entusiasmo de la opinión pública”. Así describió Carlos Monsiváis al colega del siglo XXI, hace 15 años. No se equivocó un ápice. La visibilidad pública ya mató la buena fe de muchos periodistas. cesarcamposlima@yahoo.com