
Por José Fernandez Santillán
A principios de los años 90, Friedrich Katz, especialista en historia de la Revolución Mexicana, hacía una comparación entre la naturaleza y el destino de las grandes convulsiones sociales que se han registrado desde la segunda mitad del siglo XVIII. Mientras algunas de ellas, como la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución Rusa, comenzaron en las ciudades capitales de esos países, es decir, París y Moscú, respectivamente, la Revolución Mexicana se presentó en una miríada de localidades, es decir, no tuvo un punto central de irradiación. Katz, igualmente, puso atención en la suerte que cada movimiento armado ha corrido: mientras algunos de ellos han sido abandonados como guía de acción, por poner un ejemplo, la Revolución capitaneada por Lenin, otros, en cambio, seguían siendo tomados en cuenta positivamente. Como caso ilustrativo citaba, precisamente, a la lucha encabezada por don Francisco I. Madero. De acuerdo con Katz, profesor de la Universidad de Chicago, los principios y valores de la Revolución Mexicana siguen siendo vigentes; están enraizados en nuestra cultura política: cuando hablamos de democracia, por ejemplo, aparece la figura del presidente mártir; cuando hacemos referencia a la justicia social surgen Emiliano Zapata y Francisco Villa; al referirnos al nacionalismo emerge Lázaro Cárdenas. La Revolución Mexicana no solamente fue un conjunto de hechos armados para derrocar a la dictadura de Porfirio Díaz. También constituye un manantial de ideas que tienen una pasmosa actualidad. Para muestra basta un botón: don Jesús Silva Herzog, participante directo de aquellos sucesos, decía que la revolución es una rebelión de un pueblo en contra de la injusticia de un régimen. Las revoluciones las hacen los pueblos para salir de una condición de servidumbre a la que el sistema de poder los sometió; las revoluciones, a diferencia de las revueltas, son movimientos sociales de largo alcance en la medida en que tienen una proyección ideológica bien definida. Aspiran a la derogación de las grandes iniquidades sociales. Su propósito es frenar las injusticias para crear las condiciones del desarrollo futuro del hombre. De entre las varias aportaciones que hizo la Revolución de 1910 a la construcción del México moderno se encuentran: el laicismo, el civilismo, el agrarismo, la formación de una economía nacional, la construcción de un Estado fuerte y la reivindicación de la justicia social como tema prioritario para el país. La sola mención de estos tópicos es ya un recordatorio para retomar la recta vía frente a un clero que ha vuelto a poner en entredicho el laicismo; delante de un Ejército al que se le han dado peligrosas canonjías; de cara a un campo que está en una condición desastrosa; una economía nacional que se encuentra de capa caída; un Estado que se ha debilitado a grado tal que ya no logra cumplir la más elemental de sus atribuciones, la de salvaguardar el orden público, en tanto que la desigualdad social sigue siendo un problema a resolver. Si bien hoy nadie se conformaría con ser guiado, exclusivamente, por los postulados de la Revolución —hay que tomar en cuenta, con toda evidencia, las aportaciones contemporáneas en todas las áreas—, difícilmente estaríamos dispuestos a renunciar a sus planteamientos para llevar a cabo un proyecto de transformación de largo aliento. No hay vientos favorables para quien no sabe ni de dónde viene ni a dónde va.(EU-Mexico)