
Queridos Amigos,Esta mañana regresaba a casa a pie, felizmente, porque el tráfico era un caos. Las calles de Chorrillos estaban medio tomadas por sus pobladores. Aquí y allá, en cada esquina y en distintos rincones se instalaban pequeños altares, se armaban modestos escenarios, las calles se engalanaban con alfombras de de flores y aserrín, globos y cadenetas de papel morado y blanco. Claro era el último domingo de Noviembre y era la guardada del Señor de los Milagros. No era la gigantesca y apoteósica del centro de Lima. Era más bien una modesta y sencilla procesión de barrio pero no por eso menos llena de devoción. A media tarde, como quien iba a comprar un biscocho para el lonche decidí dar una vuelta por el barrio. A lo lejos se escuchaba el ruido de bombardas, la música de banda y cierto olor a incienso que provocaba curiosear. Me encontré con la procesioncita en plena inefable avenida Huaylas. Esa avenida que sale a la Panamericana es francamente horrenda. Absolutamente abigarrada de anuncios de cientos de negocios, partidos políticos y servicios. Desde casas de cambio, peluquerías unisex, farmacias, bazares y clases de computación hasta casas naturistas, de masajes, cirugías y liposucción al paso, amarres y atrasos menstruales al lado del municipio y la comisaria. La modesta procesión ocupaba solo un carril mientras por el otro los autos, los buses pugnaban por salir corriendo de allí sin atropellar a la gente que se les colaba por todos lados. Cuando logré acercarme un poco más, las zahumadoras que marchaban delante del cortejo y la banda que iba detrás hacían un descanso ya que desde un improvisado tabladillo, un coro parroquial de niños con túnicas celestes, alitas de tecnopor y pelucas de algodón entonaba Angelitos Negros: “…Pintor si pintas con amor, porque desprecias mi color, si sabes que en cielo también nos quiere Dios.” Y si el público era sencillo y de color modesto y reclamaba con limpieza y decencia dominical su pedacito en el cielo, así que este pintor, también de color modesto, se sintió emocionado.
Entre la muchedumbre diviso a Don Pascual, se me acerca y me saluda ceremonioso. Hoy no está como todos los días con sus trapitos y balde de agua ofreciéndose a lavar carros en la puerta del restaurante “El Hornero”. Hoy él bien lavado y peinado viste sus mejores galas, su ternito azul algo raído, su camisa gastadita pero bien planchada y sus zapatitos medio rotos pero bien lustrados. Lleva bajo el brazo una bolsa plástica de donde se ve un bulto morado que discreta y orgullosamente me muestra diciéndome, “Si, doctor, Yo también. Hoy me toca a mi cargar al Señor”. Le deseo la mejor de las suertes con una palmadita en el hombro y sigo avanzando hacia adelante y ahí la veo. Como arcángel caído de la artillería alada abriendo el paso con un palo blanco ahí estaba, la China María. Todos la conocemos, sabemos que no es china sino japonesa y que siempre anda con su bendito palo poniendo orden en cuanto desfile, procesión o marcha que se de en el barrio. Y sino, suele ponerse a dirigir espontáneamente el tránsito en la dichosa avenida. Siempre descalza y con una suerte de hábito que alguna vez fue morado y hoy es medio azulado gris plata por el paso de los años, se toma tan a pecho su labor que ya ha tenido algunos altercados no solo con los microbuseros sino con las mujeres policías que ven en ella seria competencia. Pero en fin, todos sabemos que a la China María le falta un par de tornillos, pero lo hace de buena voluntad y es absolutamente inofensiva. Dicen que duerme en la puerta del antiguo mercado chorrillano decidida a ser la mejor huachimana nocturna a cambio de la comida que las caseras caritativas le ofrecen en el día.
Pero volviendo a la procesión, un par de cuadras más allá en la puerta de una de esas clínicas de todo, un grupo criollo va cantando: “Milagro de tu amor para mi vida, milagro para mi fe que está perdida.” Mientras espera que llegue la procesión que se ha detenido en la puerta de un chifa que regala wantanes fritos a la concurrencia para le traiga suerte y clientela. Más tarde, en la esquina con Olaya, los bomberos esperaban con un bonito altar rodeado de sus engalanados carros de bomberos alrededor. Mientras al frente un muchacho armaba una suerte de lanzacohetes con bombardas y fuegos artificiales. Resultó conmovedor cuando un grupo de bomberos bien uniformados comenzaron a cargar el anda, mientras otros formaban alrededor del altar, la banda retumbaba, los carros comenzaron a tocar sus sirenas y las bombardas reventaban al unísono. Pero ahí comenzó la tragedia. La pobre China María presa del pánico y aullando más fuerte que las sirenas comenzó a dar vueltas sobe su eje, arremetió a palazo limpio contra todo aquel que estuviera a su alrededor y luego de un salto descomunal partió la carrera despavorida para perderse por el malecón hacia Pescadores. Por un momento, todo quedó en un silencio sepulcral, luego fue reapareciendo poco a poco los fieles y la procesión continuó. Pero esta vez los pasos fueron más pesados, los rezos más sentidos, las notas de la marcha de la banda más dolorosos que nunca…después me enteraría porque… algunos vecinos viejos contaron que hace muchos años al lado del antiguo mercado, la China María con su marido el Chino José tenía una chicharronería llamada “Los tres chanchitos” en honor a sus 3 gorditos hijitos. Un fatídico domingo, la China los dejó temprano al cuidado de la paila de chicharrones para ir un ratito a la primera misa pues se había vuelto católica. Al querer regresar presintió lo peor. Todo era un caos, la gente corría gritando atropellándose por todos lados y la policía le impedía el paso. Cuando la pobre japonesa a quien todos le decían China logro avanzar alguito, solo pudo a lo lejos divisar su chicharronería deshaciéndose en llamas con el chino José y sus tres chanchitos adentro. Mientras las sirenas de los bomberos le quedaban grabadas en el alma. Dicen que allí se desmayó y perdió la razón. Desde que despertó deambula por las calles de Chorrillos tratando de ordenar el caos, el tránsito, el mundo que la rodea, tal vez como queriendo poner orden a todo este horror del mundo que le tocó vivir.
Eduardo Llanos29 de noviembre 2009