
Durante la Edad Media europea la gente vivía por debajo de lo que puede llamarse modesto. Este periodo oscuro, como algunos le llaman al Medioevo, atravesaba siempre guerras, invasiones, epidemias, pobreza y mortalidad por doquier que diezmaban hasta a un 50% de la población. Ello, sumado al severo rigor de la cristiandad que no perdonaba liviandades, marcaba en sus habitantes un rictus humilde y compungido, pues este mandato regía desde la base hasta la cima de la pirámide social.
Sin embargo esta austera monotonía se rompía una vez al año con la celebración de los carnavales, fiestas eufóricas y excesivas: bailes, bebidas, color, disfraces, intemperancia. Un breve periodo de felicidad y desenfreno en el que casi todo estaba permitido y no habían distinciones sociales, al menos no disfraz y máscara de por medio, y ricos y pobres estrechaban momentáneos lazos fraternos. Estas celebraciones se erigieron como grandes válvulas de escape y, oportunamente, antecedían a la cuaresma, periodo de abstinencia y recogimiento.
Hoy los carnavales son parte de las tradiciones culturales de lugares de orígenes tan diversos como lenguas hay. Con la conquista cruzaron el océano, llegaron al Perú y ¡Bum! proliferaron en las variedades multiculturales que nos caracterizan. Y aunque a nivel mundial son muy famosos los de Rio de Janeiro o Venecia, lo cierto es que todos tienen la misma tónica y espíritu: desinhibición para aliviar las particulares tensiones que tiene cada sociedad, son una catarsis colectiva.
Es verdad también que en la expresión de estas alegrías a veces se confunden libertad y vandalismo. Por ello una y otra vez los carnavales han sido prohibidos por mandatos que van desde la realeza hasta las actuales ordenanzas municipales, siendo luego repuestos en su práctica en algunos casos, dependiendo de la aceptación social y del poder con que se imponga la autoridad. Tal como ocurre hoy en Lima, donde el principal atractivo del carnaval son los juegos con agua, hoy sancionados no sólo por la severa escasez hídrica sino porque suele ofrecer ocasión para actos delictivos y hasta tragedias.
Si bien hay que poner un límite para que la libertad no se torne en libertinaje, es difícil desinstituir una práctica tan socialmente aceptada. Tal vez deberían organizarse celebraciones y dar apertura a espacios en los que participe todo aquel que lo desee, porque la necesidad desinhibición siempre ha estado y estará allí, en todo grupo social a lo largo del tiempo. Porque si no damos espacio a ello ¿Qué nuevos caminos hallará la expresión de nuestra catarsis?
Por Patricia Saavedra Avendaño
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23/02/09