Sí, es la historia que nadie conoce, solamente quienes la vivieron en carne propia.
Es el caso, que en la década de los años '70s, esta universidad albergó en su claustro, a un personaje nefasto: Walter Garaycochea Villar, más conocido como "el nazi peruano": se desempeñó como Jefe del Departamento de Filosofía, y tenía como atribución, el proponer a los profesores candidatos para ser contratados por la universidad.
Lo vergonzante era, que las propuestas no las efectuaba en función a los méritos del profesor postulante al cargo: las propuestas, este Garaycochea, sin un mínimo de escrúpulos morales, las efectuaba según sus caprichos: según que un profesor le cayera bien o mal: para este miserable, no contaban para nada el grado académico, las publicaciones, la experiencia docente, la antigüedad del postulante..
Recuerde usted: gente a la que nunca se le ve reir, es la gente más insensible, fría y cruel. Así como no se emociona ante la comicidad de la vida, tampoco puede conmoverse ante el dolor ajeno. Esta frialdad es característica de los criminales, degolladores de camales, toreros, cazadores deportivos y verdugos. Para ellos, el dolor, incluido el sufrimiento moral, es lo más natural del mundo.
Es decir, el tal Garaycochea actuaba de una manera despótica: su voluntad era ley. Esto es tráfico de influencias, inmoralidad.
Peor aun: cuando el docente postulante agraviado, se quejaba donde el Rector, un tal Félix Náquira Vildoso, otro inmoral, éste respondía: "cada jefe de Departamento es autónomo en sus resoluciones; el Rectorado no tiene competencia para obligarle a que enmiende sus decisiones". En consecuencia, el docente vulnerado por la autocracia de este Garaycochea, no tenía dónde quejarse. Este sujeto manejaba el Departamento, como si fuera su chacra. Nada de meritocracia, todo era su voluntad todopoderosa. Ante el reclamo del docente agraviado, le respondía levantando la voz y señalándose el pecho: "YO LO HE DECIDIDO ASÍ".
Este personaje, podrá decir que no es cierto; podrá engañar al mundo, pero no podrá engañar al juez de su conciencia: él, y sólo él sabe qué es lo que hizo.
La universidad, como institución, avalaba este comportamiento caciquezco que tanto daño ha hecho a los profesores honestos; ha ocasionado heridas que el tiempo jamás podrá borrar. Así como el homicidio destruye una vida, una decisión injusta e inmoral puede destruir el futuro y los sueños de un profesional. La universidad, jamás investigó ni sancionó a este inmoral; el Rectorado, cuando le llegaban quejas por escrito, las archivaba. Inclusive fue rector un tal Enrique Azálgara Ballón, que se sumaba a este conjunto de autoridades encubridoras con este inmoral. La universidad, no sólo encubrió a Garaycochea y a su despotismo, sino que hasta lo ha condecorado !!.
Por eso, la Universidad de San Agustín es una vergüenza. Se supone que una universidad, es un centro superior de altos valores, una institución tutelar de la Patria. ¿Cómo es posible entonces, que no haya dónde quejarse ante este absolutismo, y que la institución encubra a estos caciques de escritorio, y no tome distancia ante estas medidas anti-meritocráticas, inmorales, contrarias al pudor y a la decencia? Y la comunidad universitaria: ¿cómo es posible que guarde silencio cómplice ante esta barbarie? ¿Hasta cuándo se tendrá que aguantar la prepotencia y la inmoralidad de estos caciques todopoderosos? ¿De qué valores estamos hablando? ¿De qué "civilización" nos jactamos?
Este mal hombre destruyó vidas, frustró sueños y aspiraciones; este mal hombre produjo un dolor que ni aun la muerte podrá borrar. Sólo él sabe lo que hizo; podrá engañar a todos, menos al juez de su conciencia.
Las jóvenes generaciones deben de conocer a este personaje, antes de que se lleve a la tumba la impunidad.
Luchemos para que en las univesidades se imponga la meritocracia y se garantice el respeto por la dignidad humana. Luchemos para que en nuestras universidades se erradiquen para siempre estos despotismos todopoderosos e inapelables. Luchemos para que nunca más se repita en estos centros, el dolor y las lágrimas de la gente humilde.