1. En primer lugar, los niños nos enseñan el gran poder de la naturalidad en las relaciones sociales. Mientras que un adulto necesita sentirte seguro para dar el paso de tomar la iniciativa de invitar a tomar un café a un posible nuevo amigo, los niños no necesitan dar tantas vueltas para llegar a este punto. Es decir, en la etapa adulta deberíamos aprender a simplificar las cosas de verdad porque todo puede ser más sencillo de lo que lo hacemos los adultos.
2. Los niños no tienen rencores tan arraigados como para perder una amistad por un conflicto puntual. Los niños discuten y se enfadan, sin embargo, con la misma espontaneidad también hacen las paces de corazón. Es decir, hacen borrón y cuenta nueva, pasan página porque viven su vida hacia adelante.
3. Los niños disfrutan mucho el momento, conectan con el presente plenamente. Una filosofía del carpe diem que es muy enriquecedora a nivel vital. Es decir, desde la etapa adulta, es importante que aproveches tu tiempo y tu momento para quedar con tus amigos porque cuando una amistad no se cuida, tarde o temprano, se rompe.
4. Los juegos son una forma de diversión habitual en la niñez. En este sentido, en la etapa adulta, los juegos también pueden ser un entretenimiento muy divertido.
5. La ilusión por hacer nuevos amigos tan propia de la niñez, también es muy sana en la etapa adulta. Los niños no pierden la ocasión de conocer gente nueva en el colegio, en el parque, en el conservatorio…
Hoy es un buen día para hacer amigos como cuando eras niño.