Hasta el 14 de septiembre se podrá ver en las cuatro salas del Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) la muestra "Colombia soy yo", del fotógrafo Fernando Cano. A través de fotos de Santa Marta, Barranquilla y Mompox, entre otros lugares, el artista hace visibles a aquellos que trabajan por el país desde el anonimato y se ganan la vida con las pocas cosas que tienen.
En 2003, Fernando Cano partió junto con la Expedición Nativo en un recorrido por Sudamérica bajando desde Colombia hasta Argentina. Eran 10 personas a bordo de una pequeña embarcación por los ríos. El regreso lo hicieron en otra embarcación siguiendo la ruta migratoria de la ballena jorobada, desde el estrecho de Magallanes hasta la isla Gorgona. Cano era el cocinero, cronista y reportero gráfico de la expedición, y fue en ese viaje que retomó con la fotografía, luego de casi quince años sin tocar una cámara.
Fernando es el hijo de Guillermo Cano, el antiguo director del diario Espectador que, por denunciar el narcotráfico, fue asesinado el 17 de diciembre de 1986 frente a las instalaciones del periódico. Los comienzos de Fernando fueron en el laboratorio de fotografía del diario: revelaba, preparaba químicos y copiaba. Luego, al año, fue ascendido y comenzó a trabajar como reportero gráfico. Estuvo por tres años en ese cargo, hasta que su padre lo puso a hacer otras cosas, más cercanas a la escritura.
Fernando cuenta que, cada vez, se fue alejando más de la fotografía, hasta que vino el asesinato de su padre. Luego de ese terrible suceso, fueron nombrados el y su hermano como directores y los que siguieron fueron once años en los que estuvo totalmente desaparecido del mundo de la fotografía, hasta que salió del periódico y volvió otra vez a agarrar una cámara.
Al permanecer tantos años encerrado, Fernando sintió ganas de conocer el país que no había tenido la oportunidad de recorrer cuando andaba rodeado de guardaespaldas. Imágenes de estos viajes por Colombia se podrán ver en la planta baja del edificio del Mambo. Hay fotos tomadas en fiestas y carnavales: el de Negros y Blancos, el de Barranquilla, la celebración de Semana Santa en Mompox, entre otros. Pero no sólo retrata el carnaval, también aquello que se supone no debe verse de la fiesta, como la imagen de una bailarina en Barranquilla, sentada, descansando, entre piernas de gente que sigue en pie.
Otra de las series son fotos de Santa Marta, de cuando viajaba a la Sierra Nevada. Algunas de las imágenes son de un pueblo que se llama Seywaka, que queda arriba del río Palomino. En la escuela del pueblo, pidió permiso para hacerle un retrato a cada uno de los 82 niños. Al volver a Bogotá, las copió y a los tres meses volvió para dárselos. Por eso, una las fotografías muestra el momento en que una niña recibió su foto. Cano quiso hacer un registro fotográfico de la reacción, porque para muchos de ellos esa era la primera vez que veían su propia imagen; se reconocían como individuos.