
La Caja de Pandora se ha abierto. Solo bastó el develamiento de las controvertidas relaciones entre la Universidad Privada Alas Peruanas, algunos congresistas y miembros conspicuos del Poder Judicial - parte de la clase política-, para que la verdad en torno a la crisis de la educación superior se precipite en atropellada y haga ver al país la lamentable situación en la que se encuentran inmersos muchos de nuestros hijos que han optado por diversas razones proseguir estudios superiores en universidades que bajo el amparo de los mecanismos legales promulgados a mediados de los noventa se crearon.El Perú toma conciencia de lo que significa tener 98 universidades, 63 de las cuales fueron implementadas después de 1985. Esto no tiene nombre, pues en menos de un cuarto de siglo nuestra patria pasó de tener 35 centros de estudios de nivel superior a cerca de una centena de estos. Y lo peor: hoy se sabe que 30 universidades, cuya creación ha sido posible gracias a la llamada Ley de Promoción de la Inversión en Educación emitida en 1996, esperan simplemente meses o semanas para implementar por fin lo que en algunas, no pocas de las existentes, se mal denomina una digna infraestructura educacional.Es el colmo, duele ver como muchos de nuestros hijos fluyen impelidos por su legítimo deseo de superación a centros de estudios que como única infraestructura, ni hablar de la plana docente, cuentan con aulas construidas con materiales prefabricados en lugares tan disimiles como son las azoteas, algunas habitaciones de un segundo, tercer o cuarto piso, o algún garaje que se preste idóneamente para el hecho. Hoy, no es difícil ver como centros de estudios carentes de toda tradición en el campo académico se permiten, burlándose de la buena fe de los pobres padres de familia y de los propios estudiantes, impartir educación superior vía un ejercicio que linda simple y llanamente con el de la especulación económica en este campo. El mal, no hay que ser un experto en este campo para afirmarlo, ya está hecho. En tal sentido, no exageran para nada quienes dicen que le tomará a nuestro país el periodo de una generación recuperar el tiempo que se ha perdido debido al mal que se infligido a este vector por excelencia de movilidad social que es el sistema de educación superior. En el que las universidades, tanto privadas como también las públicas, juegan un papel de primera línea e importancia; pues es ahí donde muchas de las expectativas que deposita la sociedad en el futuro de sus jóvenes deben encontrar el cauce natural a fin de ser encaminadas. A estas alturas conviene por lo tanto preguntarse si acaso el funcionamiento de este sistema dañino y perverso que se ha erigido no solo es nocivo para quienes están inmersos en este como alumnos de alguna de las universidades en cuestión, sino también para quienes, cursando estudios secundarios, menguan sus esfuerzos debido a que la altura de la valla de ingreso a las universidades ha bajado o es ahora, por decir lo menos, inexistente. Ya que al pulular esta multiplicidad de casas de estudios, la lógica del mercado ha hecho no solo que se abran las puertas sino también las ventanas de ingreso de par en par, masificando un espacio que no tendría por que serlo de tal manera.Del mismo modo, resulta pertinente interrogarse sobre las consecuencias perniciosas del sostenido crecimiento en número de las universidades para muchas de las casas de estudios de educación superior que cuentan con décadas e incluso siglos de implantación en el sistema educativo nacional. Esto, debido a que la presión competitiva que ejercen las recién llegadas sobre estas últimas, ha hecho que en las más antiguas incluso se relajen las exigencias que otrora existían para acceder a las mismas. Ya que no resulta extraño ahora ver que los estudiantes de los últimos años de secundaria, vía un expeditivo examen de evaluación, saben dónde van a seguir estudios superiores. Así, no resulta difícil inferir que la mediocridad de nuestro sistema de educación universitaria cataliza negativamente la crisis estructural en la que está sumida el sistema de educación secundaria en nuestra patria. La lógica perversa pues se refuerza y reforzándose condena a nuestra sociedad al triste rango de una cuyo capital humano, en promedio, se encuentra en franco proceso de descapitalización debido también a esta causa. Una, en la que los títulos que nuestros jóvenes obtienen en medio de un proceso inflacionario de diplomas valen poco o nada en un mercado de trabajo plagado de estos. Al abrirse pues la Caja de Pandora de nuestro sistema de educación superior, se puede ver que no nos quedan hoy muchos caminos por dónde ir. Mejor dicho, como sostiene más de uno, uno solo por donde proseguir. Uno que consiste, tal como se ha anunciado, en poner coto a la creación de nuevas universidades y suspender la implementación de las 30 que esperan ser implementadas. No hay otra salida: hay que detener el desangre nacional, hija de la corrupción, a través de nuestra educación superior, en un país que ve como gran parte de sus energías, la de los jóvenes, se consume producto de un sistema erigido sobre el protervo mercantilismo que norma mucho de lo que sucede en el campo educacional. Es la hora, le corresponde al Congreso de la República, al igual que a las instancias respectivas, de nombrar una comisión ad hoc que investigue a las casas de estudio que han hecho un uso antojadizo de una ley de todos modos -esto no exime a nadie- perversa para la educación y el desarrollo de un país que, como alguien no se cansa de repetir hasta el hartazgo, aspira a ser de primer mundo a la vuelta de la esquina histórica que es el 2021, Año del Bicentenario de nuestra independencia. No hacer esto equivaldría abonar el campo fértil de la mediocridad, condenando a nuestra patria al rango de un país de nivel inferior en la escena mundial. Expuesto a los avatares que surgen en un mundo donde la competencia en términos de eficiencia constituye hoy la variable a tomar en cuenta.