Hace ya muchos años –tantos que tal vez no debería decirlo –se instalaba en la avenida Alfonso Ugarte, casi frente al Partido Aprista, un circo raído y olvidado ya. La marquesina de luces incompletas anunciaba: "Magicirco". Mi mamá nos llevaba a mi hermana y a mí gracias a que ella podía sacar entradas con descuento por medio del Ministerio de Transportes, donde trabajaba. Llegado julio, sabíamos que iríamos a ver a los leones desteñidos y payasos desmelenados del Magicirco una vez más. Sin embargo, para mí era una oportunidad más de ver al mago más fantástico que había visto, hasta antes de David Coppefield y Cris Angel. Y sin tanta fanfarria.
El nombre de este mago se me queda enredado en algún pliegue de la memoria, pero su figura desgarbada, su alargada chivita y pelo negrísimos, peinado engominado y capa de lentejuelas multicolores sale a flote cada vez que la temporada de circos empieza. Su ayudante era una rubia de mediana edad que se veía bien de lejos y que asistía al mago sin llamar la atención mucho –excepto por su traje de baño escotado y sus bien torneadas piernas. Recuerdo al mago porque hacía un truco impresionante merecedor de mejor local, antecesor por mucho de los espectaculares actos de Las Vegas y que, hasta el día de hoy, no encuentro cómo explicar.
Resulta que después de hacer aparecer y desaparecer palomas y conejos de su sombrero, un kilómetro de pañuelos de colores de sus mangas, miles de bolas de cristal de su boca y pegar la corbata que le cortó con una tijerota al voluntario ayudante del público, la partenier empujaba hasta el centro del círculo polvoriento un enorme baúl. El mago lo abría y sacaba un grueso costal, unas cadenas pesadas, unos candados enormes y otro saco de tela más grande. Luego levantaba el baúl y con señas invitaba a alguien del público a comprobar que la caja no tenía aberturas o puertas escondidas. Después de la inspección, el artista hacía una seña y dos payasos entraban corriendo llevando un toldo cuyas paredes eran cortinas. Lo colocaban sobre el baúl con las cortinas alzadas dejando ver la caja en el centro. El hechicero entonces tomaba de la mano a la rubia y la hacía entrar en el costal. Lo cerraba con una soguilla. La hacía saltar hasta entrar en el baúl. Cerraba la tapa y la aseguraba con un candado gigante al que le echaba varias vueltas con una llave oxidada. Pasaba las cadenas alrededor de la caja, por arriba y por abajo, por derecha e izquierda, por todo lado, y finalizaba la operación poniendo otro candado. No contento con eso, metía el baúl en el costal más grande y lo cerraba con otra soguilla y doble nudo. ¿Qué pretende hacer este flaco? Me preguntaba sorprendido.
El mago se encaramaba entonces sobe el revestido baúl tomando la pita de la cortina y con el redoble del tambor de la banda empezaba a bajarla con rapidez. Ni bien la tela tocaba el piso, como si fuera de hule, rebotaba y tomaba el camino de vuelta para abrirse a las ansiosas miradas del público; pero esta vez más lentamente que de bajada. De a pocos iba apareciendo la caja hasta llegar a descubrir la parte de arriba. Cuál sería la sorpresa de todos al ver que los zapatos de punta enroscada del mago habían cambiado por un par de tacos aguja, y su abombachado pantalón azul era ahora un par de buenas piernas: el mago ya no estaba parado sobre la caja. Se había ido ¿Cómo se fue? ¿Por dónde salió? ¿Y quién subía la cortina entonces? La rubia ayudante, ¡supuestamente encerrada en el baúl! El público estallaba en aplausos y hurras. La partenier entonces procedía a abrir los candados y soguillas y ¡sacaba al mago de adentro! La locura se apoderaba de todos.
Fuimos al Magicirco varios años más, yo iba sólo para ver este acto y tratar de encontrar el truco pero nunca lo logré. Tiempo más tarde el circo dejó de venir a Lima, o tal vez se desbandó y al mago se fue a otro circo o quizás se fueron a otro país –a lo mejor eran extranjeros, al fin de cuentas –la cosa es que el truco del baúl se me quedó alojado en la cabeza y revive cada año cuando se inicia la temporada circense. La pena es que ya no haya circos de verdad sino espectáculos armados con "estrellas" de televisión y cómicos de dudosa eficacia. La ilusión se ha ido de paseo a otro sitio –a las películas de Harry Potter, por ejemplo. La imaginación y el esfuerzo por ofrecer buenos espectáculos están de vacaciones.
¿Y qué sería del Magicirco? ¿Cómo se llamaba ese mago? ¿La rubia era su esposa?