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Martes 12 de agosto 2008

CRÓNICAS HEPÁTICAS 4: EL PRECURSOR DE COPPERFIELD

Recuerdos de un circo olvidado.
Martes 12 de agosto 2008

Hace  ya muchos años –tantos que tal vez no debería decirlo –se instalaba en la  avenida Alfonso Ugarte, casi frente al Partido Aprista, un circo raído y  olvidado ya. La marquesina de luces incompletas anunciaba: "Magicirco". Mi mamá  nos llevaba a mi hermana y a mí gracias a que ella podía sacar entradas con  descuento por medio del Ministerio de Transportes, donde trabajaba. Llegado  julio, sabíamos que iríamos a ver a los leones desteñidos y payasos  desmelenados del Magicirco una vez más. Sin embargo, para mí era una oportunidad  más de ver al mago más fantástico que había visto, hasta antes de David  Coppefield y Cris Angel. Y sin tanta fanfarria.

El  nombre de este mago se me queda enredado en algún pliegue de la memoria, pero  su figura desgarbada, su alargada chivita y pelo negrísimos, peinado engominado  y capa de lentejuelas multicolores sale a flote cada vez que la temporada de  circos empieza. Su ayudante era una rubia de mediana edad que se veía bien de  lejos y que asistía al mago sin llamar la atención mucho –excepto por su traje  de baño escotado y sus bien torneadas piernas. Recuerdo al mago porque hacía un  truco impresionante merecedor de mejor local, antecesor por mucho de los  espectaculares actos de Las Vegas y que, hasta el día de hoy, no encuentro cómo  explicar.

Resulta  que después de hacer aparecer y desaparecer palomas y conejos de su sombrero,  un kilómetro de pañuelos de colores de sus mangas, miles de bolas de cristal de  su boca y pegar la corbata que le cortó con una tijerota al voluntario ayudante  del público, la partenier empujaba hasta el centro del círculo  polvoriento un enorme baúl. El mago lo abría y sacaba un grueso costal, unas  cadenas pesadas, unos candados enormes y otro saco de tela más grande. Luego  levantaba el baúl y con señas invitaba a alguien del público a comprobar que la  caja no tenía aberturas o puertas escondidas. Después de la inspección, el  artista hacía una seña y dos payasos entraban corriendo llevando un toldo cuyas  paredes eran cortinas. Lo colocaban sobre el baúl con las cortinas alzadas dejando  ver la caja en el centro. El hechicero entonces tomaba de la mano a la rubia y  la hacía entrar en el costal. Lo cerraba con una soguilla. La hacía saltar  hasta entrar en el baúl. Cerraba la tapa y la aseguraba con un candado gigante  al que le echaba varias vueltas con una llave oxidada. Pasaba las cadenas  alrededor de la caja, por arriba y por abajo, por derecha e izquierda, por todo  lado, y finalizaba la operación poniendo otro candado. No contento con eso,  metía el baúl en el costal más grande y lo cerraba con otra soguilla y doble  nudo. ¿Qué pretende hacer este flaco? Me preguntaba sorprendido.

El  mago se encaramaba entonces sobe el revestido baúl tomando la pita de la  cortina y con el redoble del tambor de la banda empezaba a bajarla con rapidez.  Ni bien la tela tocaba el piso, como si fuera de hule, rebotaba y tomaba el  camino de vuelta para abrirse a las ansiosas miradas del público; pero esta vez  más lentamente que de bajada. De a pocos iba apareciendo la caja hasta llegar a  descubrir la parte de arriba. Cuál sería la sorpresa de todos al ver que los  zapatos de punta enroscada del mago habían cambiado por un par de tacos aguja,  y su abombachado pantalón azul era ahora un par de buenas piernas: el mago ya  no estaba parado sobre la caja. Se había ido ¿Cómo se fue? ¿Por dónde salió? ¿Y  quién subía la cortina entonces? La rubia ayudante, ¡supuestamente encerrada en  el baúl! El público estallaba en aplausos y hurras. La partenier entonces procedía a abrir los candados y soguillas y ¡sacaba al mago de  adentro! La locura se apoderaba de todos.

Fuimos  al Magicirco varios años más, yo iba sólo para ver este acto y tratar de  encontrar el truco pero nunca lo logré. Tiempo más tarde el circo dejó de venir  a Lima, o tal vez se desbandó y al mago se fue a otro circo o quizás se fueron  a otro país –a lo mejor eran extranjeros, al fin de cuentas –la cosa es que el  truco del baúl se me quedó alojado en la cabeza y revive cada año cuando se  inicia la temporada circense. La pena es que ya no haya circos de verdad sino  espectáculos armados con "estrellas" de televisión y cómicos de dudosa  eficacia. La ilusión se ha ido de paseo a otro sitio –a las películas de Harry  Potter, por ejemplo. La imaginación y el esfuerzo por ofrecer buenos  espectáculos están de vacaciones.

¿Y  qué sería del Magicirco? ¿Cómo se llamaba ese mago? ¿La rubia era su esposa?

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