
El cine incorporó el movimiento y el sonido en diferentes locaciones logrando que el espectador se mantenga atento y emocionado durante la función.
El séptimo arte ha logrado utilizar ingeniosos recursos tecnológicos que han podido recrear múltiples actividades terrenales salvo el pensamiento.
La pantalla grande todavía es incapaz de representar el principal quehacer humano como es la reflexión y el análisis introspectivo.
El monologo interior, todas las cosas que pueden pasar por la mente de un personaje ha sido expresado magistralmente por autores como James Joyce.
Una escena en que un actor está sentado cavilando en silencio es cinematográficamente muy pobre. Sin embargo, un literato puede llenar centenas de carillas imaginando decenas de situaciones que se le ocurren al reposado actor.
El intimismo, un singular atributo de la narración escrita viene a colación luego de leer la novela "A fin de cuentas" del periodista limeño Roberto Reátegui Salmón.
Es la historia de los últimos días de vida de un catedrático de 52 años, que se encuentra postrado en una cama de hospital, enfermo de cáncer.
El profesor no tiene esposa ni hijos, ni padres, ni hermanos. El único familiar que lo visita es su novia Camila, que tiene 20 años y es su alumna.
El protagonista escribe memorias donde cuenta su gran secreto. Camila es hija de quien fue su conviviente en la época universitaria. El catedrático ha ocultado esta información y espera que la joven se entere de todo cuando muera ya que le ha dejado su diario de herencia.
Reátegui acierta introduciéndonos al ambiente clínico y universitario. El relato nos hace sentir la impotencia de los internados y la abnegación de las enfermeras. Asimismo, denuncia las argollas que dominan las facultades y el acoso sexual que perpetran los profesores hacia los estudiantes.
El defecto del libro es que no describe a los personajes. No se entiende por qué el protagonista pudo ser tan canalla con Camila al enamorarse de ella, sabiendo quien era. Asimismo, es inverosímil que la pareja sea tan pasiva, que acepta no informar a su madre del idilio con un hombre mayor.
El tono de la novela es taciturno y el ritmo sigue la velocidad de una silla de ruedas. En conclusión, "A fin de cuentas" es una obra que narra un caso que combina la necrofilia y el mal manejo de las brechas generacionales.