La promo del colegio es algo que siempre se lleva en el corazón. Lo malo es que generalmente no nos vemos con la mayoría de compañeros nunca más después del último día de clases o de la clausura. Algunos suertudos tienen hasta fiesta de promoción con pareja y todo. En el caso de los cinco sobrevivientes que nos reunimos hace unas semanas, la fiesta se quedó en planes y en el bolsillo del papá del Jirafa, pero la chupeta de fin de clases no nos la perdimos.
De aquel día me acuerdo, como si tuviera una foto al frente, de mi amigo Ratoso dormido en el jardín de una casa de Magdalena con sus cuadernos de almohada y un hilillo de saliva escapando de su sonriente boca. Ratoso era el único que había estudiado conmigo desde la primaria (el otro que entró a secundaria con nosotros repitió en tercero), será por eso que su recuerdo es el primero que me asalta. Varios años después, en otra de las pocas veces que nos hemos reunido los que hemos podido contactarnos, me contaron que la policía lo recogió (no había serenazgo en esas épocas) y lo llevó al hospital donde despertó sin saber ni su nombre. El día de la bomba de fin de secundaria, nos fuimos a un parque cercano al cole e hicimos una chancha para comprar lo que fuera que se pudiera tomar. Una comisión en la que estaba el Negro, hermano de Jirafa, y otros avezados, se acercó solemnemente a la tiendita de la esquina mientras el resto de nosotros –casi todo el salón, o sea unos 45 plomizos muchachos –esperábamos “solapa no más” en el parque. Los comisionados salieron mostrando los dientes a la vida y las botellas a la multitud. ¡Hurra! ¡Bravo! Resonó en el parquecito que no nos era desconocido: una vez se organizó un evento pugilístico entre dos matones de quinto (estábamos aún en cuarto) en el centro del cuadrilátero de escasa vegetación. De pronto, alguien que no falta nunca y que anda pensando en detalles insignificantes, ajenos al alma de la celebración, preguntó tímidamente aprovechando un momento en el que tomábamos aire para seguir vivando a los comisionados: ¿Y a dónde nos vamos a tomar eso? El silencio se apoderó de las gargantas y un gran signo de interrogación se materializó sobre las cabezas del grupo. ¿Cómo que dónde? Nos hizo ver la luz el Negro: ¡Aquí mismo! Señaló la base de la columna en la que un ignoto héroe o mártir o prócer ó qué sé yo recibía plácidamente el homenaje de la comunidad. Sus ojos de granito nos seguían a todo sitio que nos moviéramos, como nos había contado el profe de Arte que hacía la Mona Lisa. El Negro se sentó en la base, indiferente a la pétrea mirada, y empezó a mezclar el trago. Media de guinda de Huaura y media de Coca Cola con sus gotitas de limón más. Salieron como 8 botellas de brebaje. Los vasitos de plástico empezaron a colorearse de marrón o morado o del color que a uno se le presentaba según lo avanzado de la celebración. A la hora o un poco más, el trago se había evaporado y una voz, no estoy seguro si del mismo avispado que preguntó por la sede de la celebración al comienzo, dijo entre hipos: ¿Y ahora? De inmediato la columna del héroe se negó a recibir su mano, se movió a un lado y el compañero mordió el pasto. Entonces, el Negro se tambaleó hasta ponerse de pie y arengó a sus huestes con una sola frase que ha entrado a la historia: ¡Al colegio! Y nos fuimos al cole haciendo eses y zetas y casi todo el abecedario en el camino. Lo que pasó luego es incierto. El grupo de los que quedaban al llegar era menos de la mitad de los que originalmente brindaron en el parque y el número de los subgrupos que se formaron una vez adentro desconocido. Yo llegué hasta a mi salón de clase y me senté en mi carpeta tatuada de variados bajo relieves: mi nombre, una “U” gigante, y otras cosas impublicables. La pizarra estaba aún escrita con la última clase de Pajita, profe de Historia Universal. Su cuadro sinóptico –todo lo que hacía en la hora que le tocaba –cubría cada rincón del negro rectángulo y además el marco de madera y también la pared y de igual modo la puerta y la pared al lado de la primera fila de carpetas. Mi meditación se vio interrumpida por unos gritos amenazantes ¿Qué pasaba? Salí y me encontré con unos tres compañeros arrinconados contra la pared tratando de esquivar los golpes de rama de árbol que les lanzaba Pajarito, el auxiliar de nuestro año. ¡Qué hacen aquí, carajo! Repetía mientras laceraba las piernas de los alegres muchachos. Pasé a toda velocidad por detrás del amargo auxiliar y a escasos centímetros de su ira. Llegué a la puerta de la sección A con las maldiciones de Pajarito enrojeciendo mis orejas. Me detuve al ver una figura color de rata, en cuatro patas sobe el piso de mosaicos rojos y amarillos, tosiendo y quejándose, prometiendo que nunca más lo haría. Era mi amigo Corberita y bajo su silueta un charco fétido contaba la historia. Lo levanté y lo llevé a la cancha de basket. Allí se recuperó y me agradeció la ayuda. Nos despedimos no sin antes intercambiar teléfonos y toda clase de información destinada a perderse. Me fui caminando a mi casa y en Magdalena vi a Ratoso en el jardín. Seguí mi camino sabiendo que no le iba a pasar nada, eran otras épocas. ¿Qué será de la vida de Ratoso?