
En la Magdalena de mi niñez, no había ambulantes interrumpiendo el tráfico, invadiendo aceras, regando desperdicios en las calles. Tampoco era peligroso ir por los alrededores del mercado por la noche. La calle Leoncio Prado, que pasa por el frente del centro de abastos, por la fachada que tiene la imagen del Señor de los Milagros, era transitable a cualquier hora del día. Había espacio suficiente en la esquina con Bolognesi, donde había una botica, para los colectivos con pretensiones de portaviones que hacían el servicio de transporte de caseras y sus repletas canastas. Frente a la imagen del Cristo Moreno, cruzando la calle, había varios establecimientos comerciales que hoy han pasado a ser pequeñas tiendas, divididas y subdivididas para dar paso a puestos minúsculos de venta de todo tipo de variedades y baratijas. En la esquina se alojaba el bazar más renombrado del barrio, por sus marcas famosas y sus precios inalcanzables para el magdaleniense de a pie; y a la vuelta, en un local larguísmo, siempre oloroso a alcohol y jabón, el japonés peluquero adecentaba a los jóvenes pelucones que terminaban sus vacaciones de verano.
Allí a unos pasos no más, se encontraba la juguetería Pace, sucursal de la fábrica de Papa Noel. Era inmensa, al menos así lo percibía yo, que no medía ni un metro, pero que tenía una lista de pedidos más grande que mi estatura. Las vitrinas lucían siempre transparentes como el aire mismo, tanto así que me hacían dudar si tenían vidrio. Estiraba la mano para comprobar que la barrera invisible estaba allí, dejaba mis huellas calientes como prueba de su existencia. Mi mamá me jalaba para que no fuera a romper algo, ahí sí que me quedaba sin regalos. Los juguetes que vendía Pace eran de lo más alucinantes: robots que “caminaban” moviendo los brazos en una fiesta de sonidos electrónicos y luces de patrullero en miniatura, pistas de carreras en forma de ocho las más simples; con puentes, estaciones de servicio y hasta bosques las más elaboradas, trencitos que parecían llegar hasta Huancayo y echaban humo de “verdad”, y miles de otros prodigios que sólo Santa Claus podía haber fabricado en el Polo Norte, ¿cómo hacía para traerlos hasta Magdalena el gordito barbudo? Misterio. Nos paseábamos la tienda alucinados, mi madre más, y yo tomaba nota mental de los regalos que irían a engrosar mi lista en la carta a Papa Noel.
Pero el juguete que más le gustaba a mi progenitora era el que revelaba su esperanza para mi futuro exitoso de ingeniero: un mecano de cuchucientas piezas. ¡Qué Lego ni que ocho cuartos! ¡Qué herramientas de Bob el Constructor! Este “juguete” era una compañía constructora en chiquito. Venía en una cajota que fácil medía su metro por metro y medio, tenía un sinfín de piezas de metal con orificios pequeñitos perforados a lo largo, tornillos, pernos, tuercas que brillaban con un resplandor plateado espectacular, y un juego de herramientas que, sin problemas, se podían usar para las labores de la casa: destornillador, alicate, martillo, y todo lo que se necesitaba para construir el Empire State. Lo malo era que su precio era tan alto como el asta de la bandera que flamea en el famoso edificio de Nueva York (allí donde se trepa el Hombre Araña a mirar la ciudad); así que permanecía intocable detrás del vidriado impecable.
Felizmente, una navidad memorable e irrepetible el mecano llegó a mis manos. Junto con las herramientas y piezas, venían unos diagramas de ingeniero con los cuales intenté replicar el avión, el helicóptero, el auto. Fracasé estrepitosamente. Mis manos no se cansaron de empernar y desempernar piezas, entornillar y desentornillar mini-vigas metálicas y tantas otras cosas increíbles sin éxito. Al final, decidí inventarme mis propios artefactos: el increíble tanque de tres cañones que andaba sin ruedas, la fantástica máquina voladora sin alas, y cosas así. El entusiasmo me duró unas semanas, después de las cuales las piezas del mecano empezaron a esfumarse misteriosamente, ya no tenía las partes que necesitaba para inventar el platillo volador cuadrado, ni la grúa de brazo súper largo. Las herramientas empezaron a ser usadas por mi padre para ajustar los tornillos de puertas y anaqueles, sacar clavos de estanterías de madera, y mi diploma de ingeniero se alejaba cada vez más de las esperanzas de mi madre. Un buen día, la caja del mecano tenía demasiados espacios libres, tantos que era imposible armar ni siquiera una carretilla sin rueda.
Crecimos, y con nuestros centímetros y nuevos gustos, la juguetería Pace sucumbió al ataque implacable de los ambulantes, el contrabando, y las crisis económicas. El local pasó a ser un chifa, y luego, con los años, se convirtió en lo que es hoy: una galería comercial imitación de madriguera, donde hay de todo menos mecanos tan reales como los de Pace, la sucursal de la fábrica de papa Noel en Magdalena.