
Era mi primera vez en una pachamanca. Me quedé boquiabierto admirando el montículo de tierra del que salían las volutas blancas que se enroscaban y desenroscaban en el aire. Los aros buscaban el cielo como Hendrix en Purple Haze: Excuse me while I kiss the skyyyyy!.
Sólo que el humo que presenciaba yo era muy diferente al que Jimmy conocía, este esparcía un aroma delicioso por todo el rededor, una fragancia que se impregnaría en mi memoria –y mis papilas – para siempre. ¿Y esas piedras? Miré al hombre que había inventado un cerro justo delante de mis ojos a punta de pala.
Seguro que las habían traído de algún volcán cercano, ¿no? Una botella de cerveza llegó volando y se pegó a su mano. Luego le alcanzaron un vaso con restos de espuma, lo sacudió con fuerza sobre el cerrito humeante y sonrió antes de llenar de líquido dorado su vaso. Pero por aquí no hay volcanes, seguí mi interrogatorio. No, joven, no había, ¿salud? Mientras sus ojos se quedaban fijos en mí, su brazo se estiró como dos metros, atravesó la vaporosa cortina y me pasó la botella helada.
Los ayudantes que habían estado en silencio todo el tiempo escrutándonos, adivinando si las preguntas que hacía este flaco despeinado eran en serio, por fin cobraron vida y explotaron en risas. Las calentaban con carbón seguro, ¿no, maestro? Me pasó el vaso moviendo la cabeza, sacudí la espuma y me serví. Así es la Pachamanca, joven. Las piedras calientes cocinaban la comida debajo de la tierra. ¿Y él hablaba quechua?
Claro que sí, me miró sorprendido por la pregunta. Ya sabía lo que quería saber, joven, y la respuesta era que pacha significaba tierra y manca comida. Comida de la tierra, joven. Salud, maestro. Salud, joven. Salud con todos. Me trajeron un plato inmenso, casi una fuente. Había que cargarla entre dos ¿Todo eso era para mí solo? Claro, y tenía que comérmela toda. ¿Y qué era eso? Es cuy, bien rico era. ¿No tiene cola, no? ¿Y esas eran habas? Yo conocía sólo las que vendían en la puerta de los cines Gardel y Broadway.
Pero estas eran verdes y estaban suaves y tenían un sabor indescriptiblemente delicioso. Había también humitas dulces y saladas, papas de varios colores, camotes manchados de miel, yucas y otros tipos de carne. ¿No hay tenedor y cuchillo? Se rieron de mí. Que comiera así no más, con la mano es más rico todavía. Hice caso y me embarré las manos con gusto en el corazón y la boca. ¿Y de tomar? Sírvase una chichita, joven. ¡Qué rico comían los antiguos peruanos!
Ese día me quedé dudando si las cosas no estaban al revés. ¿No sería que los incas descubrieron que el cielo estaba debajo de la tierra que pisamos? Sólo así me explicaba cómo podían salir manjares tan deliciosos del suelo, en vez de que caigan del cielo.