
Estaba viendo HTV desparramado sobre mi sofá, el control remoto apretado en la mano derecha, listo a zappear. En eso, empezó un video viejísimo de U2. Bono canta con los brazos abiertos en medio de una calle iluminada por miles de marquesinas de colores. Los haces verde-azul-rojo-amarillo intermitentes, danzantes, invitadores, pecaminosos, dibujaban en el aire Flamingo, Imperial Palace, Excalibur, Luxor, y el irlandés silabeaba where the streets have no name cabalgando sobre las estridencias de otro mundo de The Edge. De inmediato, un deja vú (que es francés para ya la vi; o sea, esto lo conozco pero no sé cómo miéchica). ¿Dónde había sentido esa misma sensación? ¿Estar en medio del strip de Las Vegas envuelto en esa energía de destellos coloreados? Yo nunca he visitado la ciudad del pecado (ganas no me faltan, dinero sí), ¿qué podría ser? Y entonces, ¡juá!: deja vú dentro de un deja vú: me acordé de la otra vez que creí estar loco –porque la sensación de “saber” que has estado donde no has estado es para rayar al que menos–, y clarito vi el pasaje comercial de Cambridge, hasta vi a las chicas patinadoras esquivando a los peatones (fue esa imagen la que me hizo rayarme) y el cartel de la zapatería: octogonal, fondo blanco, pisadas marrones, rojas y violetas esparcidas. ¡Esa calle estaba fotografiada en el libro de texto que usaba cuando enseñaba en el Británico! Es decir, sí había estado, aunque sea a través de una fotografía, ¿eso cuenta? Tal vez no.
Pero de vuelta a Las Vegas, ni en foto había estado. Ya no era una imagen sino un feeling, Uds me entienden, como tener la seguridad de que esas luces ya me habían acariciado con la suavidad eléctrica de su alma en otra ocasión. Los pelos del brazo se me pararon, luego los de la nuca despertaron, un escalofrío recorrió mi espalda, sentí las palmas de la mano cosquillear. ¿Hay vida después de la vida? ¿Existe la reencarnación? Traté de alejar las ideas tontas de mi cabeza mientras Bono terminaba de caminar por el strip y no dejaba de llevar los brazos en alto, ¿no se cansa?
Decidí salir a comprar un heladito pezziduri choco chips (¿por qué se llama pezziduri?) como le gusta a mis hijos. Apenas puse los pies en la calle, el deja vú me samaqueó con toda la violencia materializada en una realidad que yo no había tenido tiempo de registrar bien: ¡mi calle era Las Vegas! Lo juro por lo más sagrado, que es… bueno, lo juro, créanme. Las luces coloridas brillaban a mi alrededor, se prendían y apagaban rítmicamente, su intensidad de arco iris a ras del piso me mareó, me deslumbró, me “conjundió” (como dice un amigo charapa). ¿Había viajado a la ciudad del pecado a través de un Vórtex secreto, un Warmhole de StarTrek, un túnel del tiempo y el espacio? Pero en toda esa maravilla de iluminación faltaba algo. No se leía Flamingo flotando en el aire, ni se siluetabaTreasure Island en el horizonte de cables de luz y teléfono de mi calle. En su lugar, las luces delineaban filas de estrellas fugaces, intermitentes pero inmóviles; paredes de luz azul con aires de portal al más allá (o a la entrada de alguna disco de los 90´s, que es lo mismo que el más allá, ya Uds saben, no se hagan…); y de repente, la silueta de un animal luminoso de cuatro patas, lomo prolongado, cabeza alargada y cuernos como ramas de árbol; detrás, un Papa Noel reía en silencio sobre su trineo, agitaba su mano al aire despidiéndose o saludando, no lo sé. Agucé la vista y vi los pocos árboles de mi calle vestidos para una fiesta de toreros eléctricos, los cables de electricidad salían de las casas y se enredaban en los pobres productores de oxígeno (¿la navidad no es ecológica?). Entonces caí en cuenta que no estaba loco, sino que los orates eran los vecinos: habían decidido competir en el concurso de la casa más iluminada que la presidencia de la cuadra (no se rían) ha convocado. La pelea por ganarse la exoneración del pago de guardianía de enero es intensa, ¿quién ganará?, no lo sé; para mí, todas las luces son iguales.
Caminé cantando where the streets have no name mismo Bono, pero con las manos en los bolsillos y la pregunta: ¿no les da vergüenza gastar tanta luz cuando otros la necesitan? Ya alguien me dijo una vez, al escuchar mi cuestionamiento a las calles “adornadas” con luces: Ellos la pagan. Claro que la pagan, a no ser que se trate de la cuadra del congresista roba luz, pero no hay derecho para el deswpilfarro. El Niño Dios los va a castigar.
Llegué a la esquina, entré en las tinieblas, llegué a la tienda, pedí mi pezziduri choco chip. Pagué, miré al chico: ¿Tú conoces Las Vegas?, me rasqué la cabeza, levanté una mano. Con el índice estirado señalé mi calle: date una vuelta por allá. El chico ni se movió, de su frente brotaron un par de perlas de sudor. ¿Deja vú?