
Como científico llevo toda la vida intentando investigar cómo influyen los estilos de vida en las enfermedades, especialmente la obesidad y la diabetes. Como médico, procurando que la gente cuide su salud cambiando los estilos de vida. Manuel Alcántara ha solucionado parte de este dilema con una frase: «En la Navidad cristiana se confunde la teología con la gastronomía». Pues eso. Mi amigo el doctor Antonio Escolar, epidemiólogo gaditano, se escandaliza cuando oye hablar de los estilos de vida. Empiezo a creer con mi amigo Escolar, que este discurso de los estilos de vida está un poco trasnochado. Que es una cuestión de la teología más que de la biología. Una opción moral. Un entretenimiento en fin.
Es el caso de la obesidad, por ejemplo. Recientemente se ha celebrado el día mundial de la persona obesa y ya es casualidad que haya coincido con la celebración de la cumbre de Copenhague. También allí nuestros amados líderes, incluyendo el Papa (este desde su ventana vaticana), predican sobre la necesidad de «nuevos estilos de vida» para salvar al mundo. Lo habitual es que se considere a la obesidad como la consecuencia de unos estilos de vida inadecuados. Una cuestión personal. Una opción moral. No deja de ser sorprendente que la única recomendación útil frente a la obesidad sea la frugalidad. Una recomendación moral cuya transgresión se soluciona con una ligera penitencia.
Ahora entenderemos mejor por qué la historia médica de la obesidad sea la historia de un fracaso.Al fin y al cabo la mayor parte de las personas obesas no van al médico, la mayor parte de las que van al médico no adelgazan o vuelven a engordar y, en fin, la mayor parte de las que adelgazan lo hacen sin ir al médico ni a ningún otro sitio. Pero la obesidad también puede ser considerada como la consecuencia de la hiperfágica sociedad de la opulencia. Porque psicoanalíticamente la obesidad de los países industrializados no sería sino la expresión de un malestar. El síntoma de un modelo de producción en el que la acumulación de capital (léase energía) va paralelo al derroche de ese mismo capital. Acumulamos energía, al mismo tiempo que la malgastamos. Desde estas coordenadas las personas obesas no serían más que las víctimas propiciatorias de este modelo. La retórica de los estilos de vida podría ser considerada como la manera que el sistema de producción tiene de delegar la responsabilidad en los individuos. De lavarse las manos. La libertad es sobre todo una opción personal, se nos dice y esto nos hace divinos. No importan los muros. No importan los modelos de sociedad. En la cárcel también se puede ser libre, llegaron a afirmar los libertarios radicales, tan ingenuos, tan ciegos, tan cómplices. La biología no es un destino hemos dicho aquí en muchas ocasiones y ya es hora de que comencemos a ponerle precisiones a esta tesis radical. ¿Cómo es posible que dos de los sueños más acariciados, la liberación del trabajo y la satisfacción de la carencia de alimentos, se hayan convertido en los principales enemigos del hombre moderno? Las relaciones de producción del mundo desarrollado son profundamente entrópicas como lo son también la manera de vivir de muchas de las personas de este primer mundo. Un mundo presidido por la monotonía, que es la mejor metáfora de la entropía y por el aburrimiento que es la traducción psicológica de aquella entropía. Monotonía alimentaria de unos supermercados ahítos en los que la variedad está sobre todo representada por los envolventes. Monotonía en el trabajo que, liberado de su carga etimológica (tripalio: instrumento de tortura), tampoco se reconoce en su significado termodinámico, pues hoy el trabajo apenas si consume energía.
Un mundo en el que la diversidad alimentaria está refugiada en los grandes cocineros y en los que el deporte, inútilmente, se presenta como alternativa al trabajo en el sentido termodinámico. No, no parecen suficientes para que las masas se liberen de la pesada carga que el sistema de relaciones de producción les ha echado encima. Parece pues lógico que exista tan sólida relación entre cultura y obesidad. Hay que tener mucha moral para creer que el problema de la obesidad se va a solucionar con recomendaciones morales, con 'nuevos estilos de vida' tal como el Papa y Obama nos recomiendan ahora para el cambio climático. Sólo un cambio (¡revolucionario¡) en los modelos de producción podrá dar un vuelco a la epidemia, pero no parece que esté próximo ni siquiera que sea posible. Ni siquiera que sea deseable, pues como todos los grandes cambios a veces traen más males que bienes. Así que tendremos que aprender a convivir con tantas personas obesas como nos rodean y con muchas más que aparecerán y que son todos estos niños y adolescentes sentados ante las consolas y las pantallas de TV, viendo deporte en lugar de haciéndolo, comiendo comida basura y barata en lugar de aquellas legumbres que ya nunca ninguna abuela volverá a preparar. Por eso, ahora, después de tantos años cuando oímos a Obama, a Zapatero y al Papa coincidir en los estilos de vida sólo podemos esbozar un suspiro de fastidio. Teodoro León Gross en su columna 'La sensatez Climática' decía con la agudeza que le caracteriza, que ante tanta confusión se impone la lógica científica no la retórica dramática. No podría estar más de acuerdo con él. Pero si la obesidad es, tal como hemos venido sugiriendo, una metáfora del cambio climático, hay pocos motivos para la esperanza. Pero la esperanza como la fe y la caridad es una virtud teologal genéticamente condicionada según algunos y, según otros, un privilegio de los elegidos. Como la ciencia nada sabe sobre la genética de la esperanza todo queda en manos del destino sobre el que tampoco tenemos nada que decir. Pero mientras tanto haremos lo único que podemos civilizadamente hacer: comportarnos como si creyéramos, como si tuviéramos esperanza. La otra alternativa tal vez sea cambiar de conversación y esperar que llueva, porque adelgazar, por ahora, aquí no adelgaza ni Dios.Fuente: diariosur.es