
Aquel mundo clásico, escolástico en el que había fundamentos y patrones morales, políticos, estéticos, se derrumbó. La posmodernidad, al destruir todas las referencias afirma que todo vale, todo es igual, por eso cada cual puede hacer lo que le venga en gana. Por supuesto, lo único que le preocupa al individuo es la autenticidad, y hacer lo que piense y desea para llegar a ser él mismo eludiendo en todo momento la responsabilidad que de ello pueda derivarse.
La verdad ya no se piensa como adecuación del intelecto a la cosa, sino como plausibilidad y capacidad de persuasión en el contexto de un sistema de premisas. Estamos ante un acontecimiento de debilitamiento del concepto de verdad y, en general, ante el debilitamiento de convicciones metafísicas. La sensibilidad actual corre más bien por un radical desencanto y por un redescubrimiento del mito al caer en la cuenta de que «era mito también el ideal de la liquidación del mito» (G. Vattimo).
La filosofía tiene hoy que asumir, con un característico giro a lo utópico y lo político, un interés por la liberación, la salvación y la reconciliación que hasta ahora había sido siempre interpretado en términos religiosos. Se trata de una cierta profanización del pensamiento religioso, como si Dios quisiera aparecer como no Dios. La modernidad tardía ha descubierto un montón de contingencias y de miserias humanas, pero no ha inventado nada para dominarlas ni para ofrecer consuelo ante ellas; ello es una de las funciones de la religión y sólo de ella. El pensamiento crítico no puede ofrecer consuelo ante la desgracia, ni esperanza ante las miserias personales. La lingüistización de lo sacro lleva consigo un desencantamiento y despotenciación del ámbito de lo sagrado.
La fuerza vinculante de un acuerdo moral de base sacra se va sustituyendo en la sociedad mediante la unidad de la comunidad de comunicación, es decir, mediante un consenso alcanzado comunicativamente en el seno de la opinión pública política. Este consenso puede sustituir la autoridad de lo santo; en ella queda diluido el núcleo arcaico de lo normativo, con ella se despliega el sentido racional de la validez normativa. «Podría decirse que es vano querer salvar un sentido incondicionado sin Dios» (J. Habermas).
En este inicio de siglo angustiado se siente una enorme nostalgia por la recuperación del sentido, la orientación, la verdad objetiva y la certeza. La vuelta de la religión es, en este caso, la recuperación del fundamento perdido u olvidado. «Dios vuelve como el fundamento inmóvil de la historia y la realidad que da solidez y permite elevar consideraciones con cimientos firmes» (Gadamer). Nos encontramos ante la imposibilidad de afirmar a Dios según la racionalización tradicional, pero no se destruye la creencia en él. Lo que ocurre es el debilitamiento del sentido de la realidad.
Creemos estar ante el anuncio de un regreso de las cuestiones religiosas. Vivimos un giro hacia la creencia basada no tanto en razones o proposiciones tenidas por verdaderas, cuanto en la relación, la entrega, la convicción y la adhesión del creyente al misterio. A la religión se vuelve por motivos personales, de relación e implicación personal; es un retorno subjetivo.
Recuperar la religión en la filosofía tiene una función reparadora y sanadora. Se trata de devolver la razón a la verdad de sus raíces y a la compleción de sus dimensiones y hacer que la razón occidental, infeccionada por el reduccionismo técnico-científico-burocrático del productivismo capitalista, regrese a la conjunción goethiana de lo filosófico y lo artístico, lo religioso y lo poético, con lo lógico, empírico y funcional. No se trata de la vuelta de una religión institucionalizada que nunca se fue, sino de la búsqueda de una fe que se presenta, dentro del mundo cristiano, como relación y confianza en Jesús, la persona que es, en sí misma, el anuncio.
El término nihilismo, cuyo reflejo literario se resume en le frase «Dios ha muerto», no entraña un significado religioso sino que es la expresión filosófica del reconocimiento de que el mundo suprasensible y su sentido se ha devaluado y, en consecuencia, deja de valer como tal: no es posible la referencia a un valor supremo que sirva de criterio. Es decir, hablar de verdad, belleza o bien supremos resulta vacío. El nihilismo no constituye ese vacío sino que actúa contra él. El nihilismo es el reconocimiento de que ese vacío no puede regir.
Desde el punto de vista cristiano, el nihilismo es un camino para la personificación y la aceptación del misterio de la encarnación sobre el que los cristianos deberían meditar siempre, pero muy especialmente este tiempo de Adviento y Navidad. La Navidad es una realidad de gratuidad, de donación sin nada a cambio. Los regalos de Navidad pueden ser símbolo de la gratuidad con que Dios se encarna exclusivamente por amor.
Tal vez la Humanidad nunca tuvo tanta hambre de lo absoluto como en este momento. Una buena imagen del hombre moderno a la búsqueda de lo absoluto, de Dios, es la del peregrino. El 2010, en especial, puesto que será Año Santo Jacobeo. El viajero siente una especie de comunión profunda con la tierra, el paisaje, el cielo, el día y la noche y especialmente los otros viajeros. Nunca la Humanidad estuvo tan bien dispuesta para entender lo del homo itínere. La idea de peregrinación, de viajero, de caminante, con su sentido de desarraigo y de despojamiento está muy viva en la filosofía y en la espiritualidad de nuestros días.
Uno de los rostros de Dios que más impacto ocasiona modernamente es el rostro del otro. Lo primero que me revela el rostro es que el otro es alguien y no algo; segundo, ese rostro me interpela, y tercero, ese rostro, en el cara a cara, me pide que me haga cargo de él hasta la redención (E. Levitas). De ahí el impacto que producen en la sociedad personas como los misioneros, los cooperantes que entregan su vida a los otros, muchas veces, con riesgo de perderla.
Un descanso para admirar un belén o para sentarse en un banco de un solitario templo que encierra la ausencia de Dios de la sociedad moderna, es un acto de trascendental importancia, es la contemplación del silencio de Dios y del otro. Sólo guarda silencio quien tiene algo que decir; los otros sólo pueden callar (aunque casi siempre sean los que más hablan).
Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor.
FUENTE: El Mundo.es