
Por: Mirko Lauer
La diferencia entre el interés de los medios por los peruanos varados en Madrid por Air Comet y el demostrado ante los 42 peruanos muertos en el bus desbarrancado en Santo Tomás, Cuzco, es un signo de los tiempos. No hay maldad en el trato diferencial, pero sí un cierto cansancio del alma frente a un pueblo que exige tanta compasión.
Existe un notable interés por lo que le sucede a los peruanos en el exterior, a los que quizás percibidos de alguna manera representándonos, o luchando por abrirse paso frente a barreras enormes, o capturando éxitos que aquí no estaban a la mano. En todos esos casos el sentimiento de solidaridad fluye fácil, incluso cuando el percance no es trágico.
En cambio las víctimas del transporte terrestre ya padecen el destino de su abundancia: se han convertido en números, mucho más que nombres. Cada accidente termina silenciado por el que viene detrás, y casi no hay espacio para hacerse cargo de la tragedia, no hablemos ya de una investigación en regla sobre hechos y responsabilidades.
La competencia por nuestra atención entre los dramas de la pobreza es enorme. Solo en este mes hemos tenido el bus de Santo Tomás, un accidente pirotécnico, una fosa común de 1983 con 25 niños y un huaico en Ayacucho. Todos con muertos, damnificados, perplejidades y también, cómo no, ofertas de ayuda.
Hay muchas acusaciones para explicar estos accidentes (aunque no siempre es la palabra adecuada). Pero quizás la clave para entenderlos es la frecuencia con que se producen. No hay policía con suficientes recursos para investigar accidentes que se van acumulando, literalmente, a gran velocidad.
El Estado central que tiene las llamadas islas de excelencia para mantener a las inversiones en fa en cambio no tiene igual capacidad para enfrentar los problemas que implican a grandes números de personas. El transporte terrestre es uno de ellos, y además ante él los gobiernos locales suelen ser la carabina de Ambrosio.
Quienes nos interesamos por este tema de los accidentes tenemos la sensación de estar escribiendo el mismo texto una y otra vez a lo largo de los años, esperando que algo en la opinión pública haga clic y ponga en marcha el proceso de solución. Tolerancia Cero no fue ese momento. La tragedia de Santo Tomás definitivamente no lo ha sido.
Quizás la parte más inquietante de esta situación es el ánimo resignado de los pasajeros o los deudos, las pocas veces que se ve a autoridades tomando partido por ellos frente al negocio del transporte, la evidente conspiración de silencio que rodea todo el asunto. No hay memoria disponible para estas víctimas.Fuente: La República