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Miércoles 03 de septiembre 2008

EL AROMA DE UN RECUERDO

Recuerdos de un puesto de anticuchos.
Miércoles 03 de septiembre 2008
EL AROMA DE UN RECUERDO
 Uno de los recuerdos más queridos de mi niñez es el del puesto de anticuchos cerca de mi casa. Mis padres solían llevarnos a mi hermana y a mí a disfrutar de estas delicias casi semanalmente.   Ni bien poníamos los pies fuera de casa, la fiesta de olores combinados de carbón ardiente y corazón de res a la parrilla se colaba anticipadamente en nuestras narices y espíritus. Nos apurábamos a llegar a la esquina que Doña María –una morena de edad indefinida, delantal blanco y la sonrisa más grande y blanca del mundo– había convertido en el centro de un huracán de gente de todas las edades.   Nuestra expectativa sólo se comparaba a cuando abríamos los regalos en Navidad o a la llegada de nuestro cumpleaños. Desde una distancia de dos o tres cuadras se podía ver el humo volando hacia la luna como una mano gigante de dedos cadavéricos tratando de acariciar a la reina de la noche. Extrañamente, el viento nunca borraba la columna blancuzca. Yo a veces pensaba que estaba pintada sobre el cielo gris nublado de Lima, pero entonces me daba cuenta que estaba soñando despierto y regresaba a la realidad.   Lo que el viento sí desparramaba por todo el barrio, felizmente, era una agradable fragancia que trepaba por las fosas nasales de todos y capturaba su voluntad. Convocados por el aire perfumado, los pies de gente iniciaban, como si tuvieran voluntad propia, una amena peregrinación a la esquina de Doña María y no quedaban satisfechos hasta que los jugosos pedazos de corazón marinados en la mágica poción de vinagre y especias desde el día anterior estaban en sus bocas.   Una vez llegados al lugar, teníamos que prácticamente pelear para abrirnos paso a través de los hambrientos clientes que esperaban su porción en religioso silencio: tres palitos con tres pedazos gordos cada uno, una papa sancochada y dorada a la parrilla y un choclo. Mientras esperaba, mi padre solía pedir un vaso de chicha de jora mientras mi hermana y yo nos prendíamos del borde del puestito –una carreta de madera celeste con ruedas de acero –para ver los fuegos artificiales atrapados en el brasero de hierro macizo y que despertaban en llamas y chispas brillantes cuando Doña María avivaba el fuego con su agitador. Nos asustaba la chirriante voz del carbón cantando cuando la morena, como un habilidoso artista, pintaba de sabor los anticuchos con su brochita; entonces más humo lograba escapar para anunciar el acontecimiento, coger a más gente por la nariz, integrarlos a la cofradía de los amantes de los anticuchos.   De vuelta en casa, con los ojos cerrados, aún pasábamos la lengua por la boca para extraer lo último de sabor escondido entre los dientes, en el paladar o debajo de la lengua misma. Cuando ya no podíamos encontrar más sabores, tomábamos nuestras ropas con ambas manos, las apretábamos a nuestras narices y, por un rato más, recobrábamos el momento que vivía en la tela.   Un día, el puesto de Doña María no llegó: la esquina fue invadida entonces por el ambiente lánguido y pesado nacido en los tubos de escape de los autos. La tarde se tornó insípida y sombría, nuestros ojos se humedecieron de añoranza.   Hoy, cada vez que visito una de las tantas anticucherías de la ciudad con mi familia, recuerdo la carretilla de Doña María, la procesión de entusiastas familias aferradas al hechizo de sus preparados mágicos, y entonces mi corazón suspira profundamente. Mi hijo me preguntó en una oportunidad: ¿Qué te pasa, Papá?, y yo le respondí, buscando a través de la ventana la columna de humo en el cielo: Acabo de oler un recuerdo.
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