
La chica se echó a llorar cuando vio su nota: 30 sobre 100. Y razón no le faltaba ¿quién se puede recuperar de una catástrofe como esa? Los demás alumnos la miraban derramar lágrimas sin atinar a hacer nada excepto mirarme a mí con un gran signo de interrogación en sus rostros, algunos, y un cartel de ¡Haz algo pues!, la mayoría.
Mi experiencia no era buena consejera: recién tenía dos semanas en la docencia, ¡cómo iba a saber yo qué hacer en estos casos! Empecé a sudar frío, los minutos pasaban y sobre la carpeta de la pobre alumna se empozaban las amargas lágrimas. Me acerqué temeroso de su reacción, quizás pensaría que ese calamitoso resultado era mi culpa.
Tal vez me increparía mi falta de corazón para negarle unos puntitos extras, por no hacerme de la vista gorda. Estiré mi mano en dirección a su largo cabello castaño, hermoso, reluciente, que caía sobre su cabeza y escondía su rostro. Pero una silenciosa alarma explotó dentro de mí: ¡Aguanta ahí! Tocar a una alumna, aunque sea delante de todos y para consolarla no iba a ser muy buena noticia para el director. Di un paso atrás, más parecido a un respingo que nada.
Las expresiones de los alumnos ahora me gritaban ¡qué haces, sonso, háblale! Me acerqué de nuevo con la solución en la punta de la lengua y las manos en la espalda. No era para tanto, cualquiera podía sacarse treinta en un examen. La chica levantó su carita de ojos castaños enrojecidos, nariz congestionada y pelos revueltos. ¿Era verdad? Alguien le pasó un pañuelo.
Claro que lo era, lo que era más, si se sacaba cien en el examen final yo haría una excepción y la promovería al siguiente curso. Se secó las lágrimas, liberó su respiración. ¿No le mentía? Su mirada abanicó. Pero por supuesto que no, el profesor es el dueño de su clase y puede hacer esas excepciones. Su rostro se iluminó. Que estudie fuerte y parejo y lograría el éxito.
Las sonrisas de los alumnos aprobaban mi mentira complacientes. Varios, esperanzados, pensaban que cuando llueve todos se mojan y se hacían señas con el pulgar arriba. El diluvio cesó. La paloma con la rama de olivo llegó a las manos de la chica y la vida recobró su color. Muchas gracias, profesor, se iba a esforzar y sacar ese cien. Ojalá. Que siga la clase.
De eso hace treinta años y aún lo recuerdo como si hubiese sido hoy mismo. Lo curioso es que desde aquella clase de abril de 1979 nunca más nadie ha llorado en mi clase por una nota baja, y eso que hasta ceros he puesto. Lo que mis alumnos sí han hecho en estos treinta años ha sido agradecerme, reclamarme, rogarme, culparme con razón y sin ella, premiarme, castigarme, asesinarme con los ojos y el pensamiento, recordarme, olvidarme, odiarme y amarme.
Me han brindado amistad, compañía, consejo. Me han enseñado más de lo que yo he enseñado. Me han dado una vida de la que no me arrepiento. Agradezco. De la chica no se supo más: no regresó a mi clase. ¿Se habría dado cuenta del palazo?