
Un año nuevo hace varios calendarios, le hice a mi primo Jaime una broma que no he olvidado (espero que él tampoco, ¡qué malvado!). Resulta que fuimos la mañana del 31 de diciembre a saludar a nuestra tía Carmen, hermana de mi padre, y a mi abuela, que vivía al frente de mi tía. Mi primo Jaime hizo un muñeco gigantesco, más alto que nosotros mismos, y fornido como pesista consumidor de esteroides. Pesaba una punta de kilos, moverlo de un lado a otro era todo un reto. Jaime lo vistió usando ropa vieja de su padre: un traje azul, camisa celeste y corbata guinda de rayas. La cara, de cartón, no era de un famoso personaje como se hacen hoy (y se venden en las calles) sino una normal, con sonrisa, nariz y ojos dibujados con plumón sobre una media deportiva blanca.
Para el relleno, Jaime desbarató varias almohadas y cojines pasados de moda que mi tía le dejó usar, más algunos de mi abuela y hasta de los vecinos, pero el proyecto era tan ambicioso que tuvo que usar más ropa vieja y periódicos. Luego, reforzó sus entrañas de algodón con cohetes, cohetecillos, cohetones, luces de Bengala y demás etcéteras (legalmente conseguidos, creo yo).
Ayúdame a ponerlo cerca de la puerta, mi primo aprovechó mi visita para dejar a su víctima a la mano. Lo movimos entre los dos con cuidado y lo pusimos en posición junto a la puerta de calle. Mientras tanto, los adultos conversaban y recordaban el año, hablaban de sus planes futuros, todo lo que ya sabemos. Nosotros nos dedicamos a reventar cohetes, jugar pelota en la pista (cuando aún se podía hacer eso) y a desesperarnos porque las horas no avanzaban tan rápido como nuestras ansias. Entonces llegó el momento de irnos a casa a preparar nuestra celebración de año nuevo.
A eso de las 10.30 de la noche, mi primo Jaime llamó a casa desesperado: ¿Te acuerdas dónde dejamos el muñeco?, su voz era una gelatina; claro que me acordaba, ¿no te ayudé a arrastrarlo hasta junto a la puerta? (no puedo creer cómo podía ser tan cínico). ¡No está!, yo podía escuchar las lágrimas de mi primo mojar el auricular. ¿Cómo no iba a estar?, me esforcé para sonar incrédulo (me salió bien), ¿has buscado bien?, le daba esperanzas, ¿en la cocina? Nada, ¿en el comedor? Tampoco, ¿en el garaje? Menos. Pues no sé, redondeé una actuación para el Oscar, sigue buscando. Jaime colgó despidiéndose con un hilo de voz. Esperé hasta las 11.15 para levantar el teléfono, marcar el número de mi tía Carmen y confesarle a Jaime que yo había escondido su muñecazo detrás del sofá de la sala. No podía creer que no hubiera buscado ahí, era su culpa por desesperado. De más está decir que Jaime me llenó de improperios imposibles de reproducir aquí (y que, a decir verdad, yo ignoraba que mi primo supiera).
Colgué el teléfono con una sonrisa pérfida en la cara. ¿Qué pasa?, mi madre quiso saber por qué estaba tan contento. Es que Jaime ya encontró su muñeco, me peiné con la mano. Ah, qué bien, mi mamá se fue con una mirada dudosa. Yo suspiré, frotándome las manos, tramando la broma del año próximo.