
Los alemanes celebran este domingo con fiestas populares en todo el país el 20º aniversario de la reunificación, un suceso histórico cuyo costo económico sigue pesando sobre los contribuyentes. Los actos oficiales centrales, sin gran pompa, se realizan este año en la ciudad-Estado de Bremen, encabezados por la canciller Angela Merkel y el presidente federal Christian Wulff.
Pese al enorme orgullo nacional por lo alcanzado en estas dos décadas, y más allá de los discursos apologéticos o críticos que ambos pronuncian hoy, la población se apresta con gran recelo a recibir uno de los mayores períodos de austeridad de su historia de postguerra. A casi nadie le va bien en el país. Muchos han perdido sus trabajos y reciben ayudas estatales mínimas (Hartz-IV), otros cumplen tareas que nunca hubieran imaginado hacer, otros se han visto obligados a jubilarse anticipadamente. Sin embargo tienen que arreglárselas como puedan y seguir adelante. Aquí no hay milagros. A gran parte de la población le resulta todo cuesta arriba, a sólo unos pocos les es ahora todo más fácil. Pero sin duda a todos, sin excepción, la reunificación les ha representado un giro de 180 grados en sus vidas, en contra o no de su voluntad. Ya hay dos generaciones de jóvenes que sólo conocen lo que fue la división alemana por los relatos de sus padres y abuelos. Unificar el este y el oeste de Alemania ha demandado hasta ahora un sacrificio pecuniario adicional y solidario de los contribuyentes de 200.000 millones de euros (la mayor parte aportada por los habitantes de la parte occidental)...
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