
El escritor peruano Eneas Marrull acaba de presentar en Lima su primera novela “El diablo en mi cama”, lo cual hace recordar que la tradición literaria del pacto con el demonio tiene su punto culminante en Occidente, donde se le celebra en el Fausto de Goethe, y más cerca en el Doctor Fausto de Mann. La tradición es muy antigua y fundamentalmente europea, sin embargo, el satanismo se prolonga ahora en el cine, el teatro y la TV, hasta llegar al vampirismo y derivados. Y ni hablar de la exquisitez del erotismo satánico que ha llegado a experimentar modos y voyeurs en las vanguardias más refinadas.
Pero para explicar el diablo de Eneas Marrull quizá debemos remitirnos al film de Bryan Singer, The Usual Suspects, donde se afirma que "La mejor jugada del diablo fue convencer al mundo de que no existía".
Pero existe, según lo devela Marrull, en acontecimientos que se precipitan uno tras otro en las páginas de “El diablo en mi cama”. Este es un demonio mediatizado por nuestras bondades, temores y vacilaciones cotidianas. Hasta el amor es susceptible de satanizarse, y esto a su vez Satán lo goza, esté donde éste. Generalmente está, dentro de nosotros, sea llamado Tánatos, sea tentación, confusión o simple aburrimiento.
Y qué mejor persona que una mujer para ser poseída por el diablo. La mujer como protagonista suele estar emparentada con las Musas. En este contexto nos acercamos a la gran erótica diablesca, satánica y placentera que en el Perú existe. Entre nosotros la tradición literaria del diablo, de la diabla, es generalmente sexual y funciona a la perfección en la literatura peruana. La Musa satánica, o mujer que lo inspira todo, tiene un pedestal, sino véase Meredi de Felipe Buendía que ganó, algo diabólicamente, un premio como narración en Tenerife (España). O véase también el diablo de pura cepa en el coloquialismo extraordinario de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma.
Eneas Marrull, dueño de una vasta cultura, opta por el coloquialismo gracioso, si cabe el término, para escribir “El diablo en mi cama” en tono de suspense picaresco, algo que se anuncia en la contracarátula de manera, cuándo no, sinuosa.
Allí el sugerido personaje principal es el diablo-mujer, que encaminará toda la obra. Sin embargo, el personaje principal se nos antoja más bien Carlos, el sempiterno creador de trabajos literarios o periodísticos, arropado en un cuarto/cuartucho a donde llega Lili, en la más culta acepción de lo que es la diosa satánica Lilith, para desarrollar una trama que es básicamente una erótica y una afectiva.
El humor y hasta el dialogo frío de personajes, son permanentemente burlados por el escritor, y puestos en la picota de su estilo desde el comienzo, como puede verse con los adoctorados profesores, y sabiondos chantajistas del sexo en que la trama de la novela comienza a moverse. El encabalgamiento literario de la misma es directo: ella/Lili/Lilith, se le aparece a Carlos, y le presenta una problemática angustiosa, pero de manera no tan inocente. Y para resolver el misterio el narrador debe dormir con el diablo, corporizado en deliciosas carnes femeninas. Así va descubriendo la presencia demoníaca y posteriormente la historia personal oculta de la diosa-ninfa-amiga-enemiga, a la cual no puede sacarle el diablo del cuerpo ni elevándola a la gloria del orgasmo.
Es en este desarrollo narrativo que se muestra una Lima, y un lenguaje de estirpe limeña, y que es jacarandoso, maravillosamente pícaro y hasta puede llegar a la cumbre del cinismo, y de remate de frase, con poesía de calle o de gran poesía costumbrista peruana.
Y es en el suspense del eje Lili/Carlos/Lilith donde se da a cabo la aparición sucesiva y casi teatral de diferentes personajes, que en la novela son secundarios, pero a la vez rodean la relación discotequera/provinciana/cuarto/intriga de barrio/chismoseo y envidia de mujeres, que secundan la conflictiva relación que se presenta siempre en la cama, entre aproximaciones y desencuentros culposos.
Tal dilema, en apariencia ético en el autor, está tan presente como supuesto novelesco, que es uno de los ejes de la novela misma. Más aún cuando en detalles de penetración o no, y sus considerandos, Carlos ve o siente parte del demonio Lilith, que es posiblemente como presiente a la mujer, muy peruana, cuando sus partes se metamorfosean en la intimidad, apareciendo la mujer transformada en la bestia animal que nos va a demostrar que el diablo ha tomado la cama del autor… ¿en busca de algún pacto literario?
Personajes diabólicos/femeninos que son siempre extrañamente peruanos, limenses y provincianos (esto último es de vital importancia) hacen aparecer los dinerillos, los mariconcitos amigos filósofos, las insinuaciones, las intrigas de las esquinas, y los chantajes sexuales que perpetran profesores con sus alumnas. Y esto es lo que está presente en la pacata y ahora nueva rica o pitubobre Lima, a la que Eneas Marrull ha logrado reflejar en la doble y triple moral de una juventud acriollada, dactilado por la sensualidad de la yema de sus dedos entre temores y distancias, olfateando al diablo y creando el suspense en la novela, que terminará de manera fresca y nada altanera.
¿Qué busca este libro, qué quiere esta novela? ¿Acaso ingresar en la tradición de literatura diabólica? Los guiños culturales y hasta eruditos que Marrull utiliza para endiosar a una muchacha que, de otro modo, sería cualquier vecina, se presentan envueltos dentro de la cotidianeidad permanente del vocabulario limeñista, que el narrador presenta y que resulta delicioso en sus arcaísmos de una Lima chismosa y amoral. Las iglesias y sus sacerdotes, como sus monjas, no son preocupación de Marrull, no los necesita en este caso, lo que puede presagiar otra novela más bien, donde parece el autor se sentiría más a gusto, dado que la intriga de la mujer/diablo ha tenido en este libro una gran etapa que se cierra dejando la sensación de ser una primera parte. Es innegable para cualquier lector avisado que ha quedado mucha tinta en el tintero. ¿Volverá a aparecer Lili/Lilith? En todo caso ¿volverá a aparecer Eneas Marrull en la intensidad de sus experiencias, sentenciando las frases simples con esos giros que hacen de su estilo crónica novelada y al fin novela y buena literatura?
El desopilante desenlace del proceso judicial contra Lili —la diabla convertida en inocente víctima— es risiblemente kafkiano, al presentar el cinismo que el placer de un Muffat en Nana confesaría ante sus semejantes socialmente. ¿Lili no es acaso una jovencita aperricholada en la Lima de hoy, donde sus orgasmos están descritos con una espontaneidad que atrapa? Podría ser esta Lili, una Perricholi chiquilla/chibola dentro del citadinismo de su moral de esquina, y que puede dar aún más esplendor en una intención posterior, en un autor que se maneja bien con personajes femeninos que lo obsesionan. Porque Eneas Marrull no es juez ni parte, sino que está integrado en la cama que comparte con Lili, y en la pasión con que presenta su vocación hacia ella y en ella.
Esta es una novela que ha ser leída y gozada. La Lili que Marrull presenta es la figura actual, contemporánea, de cualquier esquina del mundo endiosado en la super información interneteada. Porque para dedicarse a las mujeres pareciera, se receta, se necesita, tan solo esperarlas, excusadamente, con la intención de la gloria literaria a la que se le pega siempre el esquinazo de la cáustica burla que esta gloria permite. Marrull se ocupa de esto. Leves caprichos perricholescos, el dominio de la mujer por el placer que da en la erótica, que el libro presenta con una simpleza que apabulla, las posesiones demoniacas que harían palidecer de envidia a los escritores, como Ira Levin y la saga de La profecía, llenarían de gusto verde al tradicionista Palma en la Lima que jamás pensó poder ver y gozar. Finalmente cabe destacar el episodio de la locura en el Larco Herrera, otro de los kafkianismos de travieso diablo cojuelo que Marrull presenta, lo ingresan —mal que le pese— dentro de los novelistas peruanos de su generación. Bruno Buendía Sialer