
CONMEMORANDO EL 45 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEL PARLAMENTO LATINOAMERICANO
1964 - 7 de diciembre – 2009 1. APROXIMÁNDONOS A LA VIDA Y OBRA DE ANDRÉS TOWNSEND EZCURRA, fundador del parlamento latinoamericano – Hugo Vallenas Málaga 2. CRÓNICA DE LA CONVOCATORIA Y REALIZACIÓN DE LA ASAMBLEA CONSTITUTIVA DEL PARLAMENTO LATINOAMERICANO – Reportaje de la revista Presente 3. DISCURSO DEL SENADOR LUIS ALBERTO SÁNCHEZ EN LA SESIÓN INAUGURAL DE LA ASAMBLEA CONSTITUTIVA DEL PARLAMENTO LATINOAMERICANO – 7 de diciembre de 1964------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ Andrés Townsend Ezcurra dando la bienvenida a las delegaciones presentes en la fundación del Parlamento Latinoamericano el 7 de diciembre de 1964. Detrás, dirigiendo el debate, Luis Alberto Sánchez. 1. APROXIMÁNDONOS A LA VIDA Y OBRA DE ANDRÉS TOWNSEND EZCURRA, fundador del parlamento latinoamericano – Hugo Vallenas Málaga El 7 de diciembre de 2009 se cumplen 45 años de la fundación del Parlamento Latinoamericano en la ciudad de Lima. La Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano se realizó en la sede del Congreso Nacional en Lima entre los días 6 y 11 de diciembre de 1964. El magno evento contó con la presencia de representaciones acreditadas de los parlamentos de 14 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, Panamá, Venezuela y el Perú. Las Juntas Preparatorias fueron el día 6 de diciembre y la sesión inaugural se llevó a cabo el día lunes 7 en horas de la noche. Esa misma fecha evocaba el 140º aniversario de la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, firmada en Lima por el Libertador Bolívar, el 7 de diciembre de 1824. La fundación del Parlamento Latinoamericano sigue siendo un hito fundamental de la marcha hacia la integración indoamericana. Fue obra del aprismo, inspirada en las ideas de Víctor Raúl Haya de la Torre, pero tuvo un gestor y animador indiscutible, el diputado aprista Andrés Townsend Ezcurra. Su labor protagónica en la magna reunión de diciembre de 1964 −labor destacada que también fue cumplida por el entonces senador Luis Alberto Sánchez− lo hizo merecedor del nombramiento como primer secretario general del Parlamento Latinoamericano. Es más: Townsend fue reelegido a este alto cargo en julio de 1965, en la I Asamblea Ordinaria del Parlamento Latinoamericano y siguió siendo reelegido, hasta en 13 oportunidades, ejerciendo dicha secretaría general durante 27 años, en forma ininterrumpida, hasta que declinó postular nuevamente a la secretaría general en julio de 1991. Un sitial que no ha podido emular ningún otro político latinoamericano. La gestión de Townsend hizo del Parlamento Latinoamericano una entidad de presencia política influyente y gran autoridad moral durante un difícil período de la historia de nuestro continente, plagado de crisis e irrupciones dictatoriales. Con motivo del deceso de Andrés Townsend en julio de 1994, el parlamentario uruguayo Juan Adolfo Singer, líder de la “Vanguardia Batllista” del Partido Colorado, comentó: “Escribimos bajo el peso de la congoja. La noticia del fallecimiento de Andrés Townsend Ezcurra, no por inesperada, nos conmovió. El mástil más alto de la causa integracionista de América Latina, en esta segunda mitad del siglo, se ha quebrado. La nave continúa, empero, con su rumbo, las banderas desplegadas al tope. Townsend continuará la lucha. Sembró durante toda su vida, y las raíces y los troncos y las ramas de esa siembra seguirán afirmándose, extendiéndose y creciendo. Aunque desde afuera o desde adentro algunos no rieguen esos árboles y otros quieran cortarlos, nada ni nadie podrá detener la integración y la unidad latinoamericana” (revista Patria Grande, órgano oficial del Parlamento Latinoamericano, Nº 2, Lima, noviembre de 1994, p. 27) Hoy en día, llegado el siglo XXI, la ofensiva neoliberal de los grandes poderes internacionales ha fragmentado las iniciativas unitarias y ha potenciado los acuerdos bilaterales, que reducen la posibilidad de articular un modelo común de desarrollo y defender una globalización con equidad. Leer estas páginas, que nos permiten recuperar y percibir de cerca lo que fue el esfuerzo integracionista del aprismo hace 45 años, debe ayudarnos a dar a la memoria de Andrés Townsend la valía que se merece, recuperar sus ideas y propuestas y debe permitirnos reafirmar el anhelo unitario continental, más allá de las rencillas cainitas avivadas por intereses económicos contrarios a la integración. Breve perfil biográfico Andrés Townsend Ezcurra (Chiclayo, 23 de marzo de 1915-Lima, 31 de julio de 1994), de profesión abogado, graduado en la Universidad de La Plata en 1942, tuvo como verdadera vocación la investigación histórica, el periodismo y la política parlamentaria. Como documenta en su libro Por la libertad de los pueblos. Misión en Naciones Unidas (Lima, 1962), se inició en las políticas de Estado de alto nivel formando parte, con rango de embajador, de la delegación peruana a las Naciones Unidas, presidida por Víctor Andrés Belaúnde, entre los años 1956-1960 y 1962. Durante la XI Asamblea de la ONU (setiembre a noviembre de 1956), Townsend participó en el debate y redacción de importantes documentos como el ‘Pacto de derechos económicos, sociales y culturales’, que incorporó el derecho de huelga por su iniciativa. ATE fue diputado electo por Lambayeque en 1962, pero fue privado del cargo por el golpe militar del general Ricardo Pérez Godoy. Fue otra vez diputado lambayecano en 1963, llegando a ser elegido presidente de su Cámara en 1968, poco antes del golpe militar del general Juan Velasco Alvarado. Luego fue Constituyente y destacado integrante de la Comisión Principal encargada de redactar la Constitución entre 1978 y 1979. Fue autor, entre otros artículos, del Artículo 100 de la Carta Magna de 1979, que dice a la letra: “El Perú promueve la integración económica, política, social y cultural de los pueblos de América Latina, con miras a la formación de una comunidad latinoamericana de naciones”. . Townsend, orgulloso chiclayano, se consideraba un “huerequeque a tiempo completo”, embebido de las costumbres y el sentir de sus más arraigados paisanos. El quehacer político internacional nunca apartó a Townsend de la preocupación por su tierra natal, La Santa Tierra, como reza uno de sus libros, dedicado a Lambayeque (publicado en forma póstuma en 1997). Fue por iniciativa de ATE que se dio la ley que permitió la construcción del reservorio de Tinajones (Ley 14971 de 1964) y la que otorgó “primera prioridad” al proyecto hidroenergético de Olmos (Ley 23257 de 1980). Desde que leyera por primera vez la revista Amauta en 1927, descubriendo a Víctor Raúl Haya de la Torre, siguió un mismo camino signado por dos vías convergentes: la democracia y la unidad de América Latina, y encontró, simultáneamente, a Bolívar y a Haya de la Torre como los paradigmas definitivos de su vocación. Fue también un hombre de hogar, firmemente vinculado a su familia, a su esposa Anel y a sus hijas Elena, Andrea, Josefina y Anel. El ideólogo de la integración continental La claridad de ideas de Andrés Townsend sobre los temas relacionados con la integración se basa en que fue autor del primer estudio –y también el más exhaustivo y quizás el definitivo– del pensamiento del Libertador Bolívar en cuanto a la estructuración de un derrotero institucional para nuestras democracias que ampare la meta de la integración. Sobre los fundamentos doctrinales de la integración y en particular sobre el pensamiento unionista bolivariano, Townsend nos ha legado una admirable bibliografía, cuya obra cimera es Bolívar, alfarero de repúblicas. (Ediciones Libera, Buenos Aires, 1973). Este trabajo fue premiado en el concurso internacional de homenaje al Libertador Bolívar convocado por la OEA en 1972, pero todavía no es debidamente apreciado en nuestro país, no obstante ser una fuente de consulta imprescindible sobre el tema en muchos países de América Latina. ATE también desarrolló aspectos importantes de este tema en sus obras: El Perú en la integración jurídica de América Latina. Vidaurre en Panamá (Editorial Minerva, Lima, 1975); en Las ideas de Bolívar en la integración de los pueblos latinoamericanos. Obra premiada por la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú (Editorial Jurídica, Lima, 1975). Desde otros ángulos, el tema está también presente en otro libro laureado: Fundación de la República. Tomo primero. Documentos y estudios en torno a la Asamblea Nacional Constituyente de Centroamérica. (Ministerio de Educación Pública, Guatemala, 1958). Andrés Townsend contrasta los viejos ideales unionistas con los problemas contemporáneos en otra obra fundamental: Patria Grande. Pueblo, parlamento e integración. (Editorial Desa, Lima 1991). Contra lo que pueda suponerse, ATE no se limita a elogiar y describir el ideario bolivariano. Va al grano a señalar limitaciones reales y limitaciones dictadas por la época –como la “presidencia vitalicia” defendida por Bolívar para Bolivia y Perú– pero también es audaz al señalar que mucho de lo que hoy es América Latina no está todavía a la altura de los tópicos más vigentes y valiosos del pensamiento unionista y republicanista del genial Libertador. Townsend resume como bases esenciales bolivarianas de la combinación entre libertad e integración las siguientes (ver Parte I de Alfarero de repúblicas; pp. 25 a 67 de la edición de 1973): la abolición de la esclavitud y la igualdad ante la ley de la población analfabeta y/o aborigen; soberanía popular; rechazo de la dictadura militar y de cualquier otro tipo; clara división de poderes; la existencia de un “poder moral” fiscalizador; la libertad religiosa; el gobierno central y unificado en cada república; la educación pública gratuita vinculada a los derechos ciudadanos y al trabajo; la libertad de opinión, reunión y prensa; la justicia social, que incluye la reforma agraria. Estos fundamentos –indica Townsend– quedaron frustrados por la excesiva verticalidad y el débil fundamento económico del ideal bolivariano; y su plena realización está pendiente. Y concluye con una apreciación comprensiva de la amargura de Bolívar al ver su obra interrumpida: “Lucidez dolorosa y postrera del Libertador que se asomaba así a la verdad de una emancipación que resultaba preferentemente a favor de la clase latifundista, ‘mantuana’ y de ricos criollos, en cuyas filas había nacido y de cuyas miserias su personal grandeza lo libraba” (ver Andrés Townsend: Bolívar, alfarero de repúblicas. Buenos Aires, 1973; p. 63). ATE también subraya el audaz proyecto que significó el ideal unionista bolivariano en un contexto radicalmente adverso. Dice Townsend: “Insistimos en una observación ya formulada: la América española que conoció Bolívar, y que pretendió federar, era un espacio mayor que el hoy poseído por las repúblicas de idioma hispano. Los Estados Unidos Mexicanos habían heredado el Virreinato de la Nueva España, cuyas avanzadas cubrían, por el Pacífico, hasta más al norte de San Francisco y por el este llegaban hasta la Luisiana y el Mississipi. Si se agruparan políticamente las actuales repúblicas darían nacimiento a una federación de 20 millones de kilómetros cuadrados. La que quiso lograr Bolívar abarcaba, por lo menos, 4 millones más. […] Es indudable que Bolívar presintió, anticipándose a realidades de mediados del siglo XX, que sólo grandes masas continentales, políticamente unidas y económicamente coordinadas, tenían posibilidades de supervivir en un mundo de ‘colosos’ y ‘gigantes’. El Libertador fue de los primeros –si no el primero entre los políticos de su tiempo– en reconocer la era, que se define en este siglo, de los pueblosâÂÂcontinente. La anticipación bolivariana resalta con mayor originalidad e interés si se la coloca en el cuadro de la época. Bolívar fue contemporáneo de los movimientos orientados a fundar los EstadosâÂÂNación, no los EstadosâÂÂContinente. La invasión napoleónica despertó la conciencia nacional de Alemania, encendiendo una chispa de unionismo federal germánico que sólo culminará con la fundación del imperio alemán en 1871. En paralelo proceso, iniciado mucho después de la muerte de Bolívar, nace Italia como reino unificado. Los nacionalismos de Europa oriental luchaban por obtener la independencia de los germanos y los húngaros del imperio austríaco, y los Balcanes nacen como un complicado mosaico de nacionalismos encontrados y menores, de cuyo choque brotará la Primera Guerra Mundial. La tendencia recibe un nombre típico: balcanización. Semejante impulso a subdividir y a dar carácter de Estados independientes a territorios de exiguas dimensiones contradice exactamente lo que Bolívar postulaba para América Latina. […] En una América que tendía, irresistiblemente, a la fragmentación, el Libertador resultaba honrosamente anacrónico. […] De haber nacido, en Panamá, una Federación como la que soñaba Bolívar, las fuerzas de dinámica histórica en el mundo del siglo XX hubieran sido: Gran Bretaña y sus aliados liberales; la Santa Alianza, progresivamente rota por sus desacuerdos interiores y el fermento nacionalista; Estados Unidos del Norte y la Federaci6n Latinoamericana” (ver Andrés Townsend: Bolívar, alfarero de repúblicas. Buenos Aires, 1973; pp. 170-172). Creación y desarrollo del Parlamento Latinoamericano La orientación política dirigida a la fundación de un Parlamento Latinoamericano tiene cuatro fuentes muy claras: los artículos publicados por Haya de la Torre desde 1959 en La Tribuna y diversos diarios del continente, invitando a los países de América Latina a emular el ejemplo unionista de Europa; los artículos de Antenor Orrego alertando sobre la necesidad de mirar el futuro inmediato en términos de “pueblos continentes”; los artículos de Luis Alberto Sánchez para su columna “Cuaderno de Bitácora” y para los Cuadernos publicados por el Congreso por la Libertad de la Cultura, invocando a la unidad continental para enfrentar los retos políticos y culturales de la llamada “Guerra Fría”; y finalmente los artículos de Andrés Townsend en La Tribuna y la revista Presente, proponiendo derroteros prácticos para hacer realidad las propuestas de Haya de la Torre. La iniciativa concreta dirigida a la creación del Parlamento Latinoamericano surgió del VI Congreso Nacional del Partido Aprista Peruano. Los documentos originales partidarios relacionados con este tema pueden consultarse en el libro Haya de la Torre y la unidad de América Latina (compilador Mario Peláez Bazán; editor Enrique Delgado Valenzuela, Lima, 1977). Allí podemos comprobar que el VI Congreso del PAP, que se realizó en Trujillo del 24 al 25 de febrero de 1962, aprobó el siguiente acuerdo: “Propondremos la convocatoria por parte del Congreso del Perú de un Parlamento Latinoamericano, para discutir los problemas de la unidad de América Latina, de su Mercado Común y la acción conjunta en defensa de la democracia y la justicia social.- Trujillo, 25 de febrero de 1962”. La propuesta ya era motivo de consultas entre distintos líderes políticos del continente. Fue sustentada en el VI Congreso por Andrés Townsend como una propuesta política viable, que quedaba al partido formalizar y poner en práctica. Sobre esta base, la Célula Parlamentaria Aprista y el grupo parlamentario de la Unión Nacional Odriísta presentaron en forma conjunta la siguiente moción de orden del día el 2 de junio de 1964: “La Cámara de Diputados del Perú acuerda: Invitar a los Parlamentos de los países latinoamericanos a una primera reunión de delegados de dichos cuerpos legislativos a celebrarse en Lima, con el propósito de estudiar los problemas de la integración económica latinoamericana iniciada con el Tratado de Montevideo; la posibilidad de una coordinación política que, reforzando la posición internacional de los países de nuestra América, coopere al aceleramiento del desarrollo económico y social de nuestros pueblos y aconseje las formas eficaces como los Parlamentos de América Latina pueden contribuir a la consecución de estos elevados objetivos de solidaridad continental”. Firman la moción: Andrés Townsend Ezcurra, Andrés Echevarría Maúrtua, Víctor Freundt Rossell, Armando Villanueva del Campo y Luis F. Rodríguez Vildósola. La Moción fue aprobada unánimemente por el Senado y la Cámara de Diputados en la fecha indicada, 2 de junio de 1964. Estando esta iniciativa en curso, tuvo el respaldo del VII Congreso del PAP. El siguiente acuerdo fue decisivo para el éxito del proyecto: “El VII Congreso Nacional del PAP, considerando: Que el Parlamento peruano, por iniciativa de la Célula Parlamentaria Aprista, ha convocado a una primera reunión de Parlamentos de Indoamérica para estudiar los problemas de la integración económica y política de nuestros pueblos; que el propósito unionista continental que esta decisión del Congreso manifiesta está en perfecto acuerdo con el programa del aprismo, único partido que ha enarbolado como bandera, jamás arriada, la unidad económica y política de Indoamérica. Acuerda: 1.- Manifestar su complacencia por esta iniciativa del Parlamento nacional y ofrecer el permanente y entusiasta respaldo del Partido al Parlamento Latinoamericano, como instrumento decisivo de integración política de nuestro continente. 2.- Dirigirse a los partidos afines de Latinoamérica instándolos a dar apoyo a esta iniciativa aprista, cuya realización abrirá vastas posibilidades al desarrollo de nuestros países y a la afirmación victoriosa de sus instituciones democráticas. Lima, 2 de agosto de 1964”. Lima, 2 de agosto de 1964» La convocatoria a la creación del Parlamento Latinoamericano, más allá del aspecto contable representado por los viajes y las reuniones con otros parlamentarios, implicaba un gran esfuerzo político, que hoy resulta difícil de imaginar. Gestionar esos encuentros, debatir la convocatoria con los representantes más idóneos en cada país y finalmente lograr que la invitación sea aceptada, fue una labor titánica en la que participaron, bajo la dirección del diputado Andrés Townsend y del senador Luis Alberto Sánchez (co-presidentes del Comité Organizador de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano), todos los grupos políticos de entonces. Finalmente, entre los días 6 y 11 de diciembre de 1964, en el Salón de sesiones de la Cámara de Diputados del Perú, ciento setenta senadores y diputados, representantes de 14 países de América Latina, fundaron el Parlamento Latinoamericano. El día 6 fueron las Juntas Preparatorias. El lunes 7 fue la sesión inaugural (evocando el 140º aniversario de la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, firmada en Lima por el Libertador Bolívar, el 7 de diciembre de 1824). Las conclusiones, reunidas en la “Declaración de Lima”, votada el 11 de diciembre, definió el Parlamento Latinoamericano como una “institución democrática, de carácter permanente, representativa de todas las tendencias políticas existentes en nuestros cuerpos legislativos”. La misma Declaración señaló como misión del nuevo organismo, “promover, armonizar y canalizar el movimiento hacia la integración”. Townsend redactó el texto de la “Declaración de Lima”, que fue aprobado por el pleno del naciente Parlamento Latinoamericano con muy pocas enmiendas. Dicha “Declaración de Lima” definió principios que han gobernado la institución, desde su fundación, y que el propio ATE los resumía en siete puntos: “1º) Reconocimiento del proceso de integración de América Latina como un proceso histórico indispensable para asegurar a nuestros pueblos su libertad, su desarrollo y la presencia en el mundo de una gran comunidad de naciones.“2º) Señalamiento, a los parlamentos nacionales, que es su deber concurrir al éxito de la integración movilizando a la opinión pública y dictando las leyes necesarias para su operatividad y vigencia.“3º) Fundación de un Parlamento Latinoamericano como institución democrática pluripartidaria, encargada de promover, canalizar y armonizar el movimiento hacia la integración.“4º) Decisión de contribuir, por los procedimientos constitucionales adecuados, a la fundación de autoridades comunitarias.“5º) Ratificación de fe en la democracia, ejercida en toda su pureza y con contenido renovador y de justicia, rechazando toda forma imperialista, dictatorial u oligárquica de gobierno.“6º) Invocación a los países privados de parlamento, para que, en ellos, se restaure la democracia representativa.“7º) Simpatía y solidaridad con los pueblos recién emancipados que practiquen la democracia y con los esfuerzos, a nivel mundial, hechos en defensa de los intereses de los países en desarrollo” (ver Andrés Townsend: 27 años de lucha por la integración de América Latina. Lima, 1991; pp. 8-9). Que estos principios hayan sido acordados por representantes libremente elegidos de 14 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, Panamá, Venezuela y el Perú, es el mejor homenaje al principio de “integración con pan y libertad” que honró la historia del aprismo desde 1924 al costo del sacrificio de varias generaciones de mártires. El último acto de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano fue develar una placa recordatoria en la sede del Congreso, donde todavía podemos leer: “Representantes de los pueblos de América convocados por el Congreso del Perú establecieron en este recinto las bases del Parlamento Latinoamericano. 7 de diciembre de 1964”. Andrés Townsend tuvo una participación decisiva en la organización de los plenarios y del trabajo en comisiones, en la conducción del debate de las propuestas y en la redacción de los documentos finales. Por esta razón fue elegido secretario general del Parlamento Latinoamericano. Su discurso de agradecimiento tuvo frases memorables: “Esta designación es un honor y una responsabilidad. Del honor soy indigno, pero quiero trasladarlo, precioso y total, al Congreso del Perú. […] Declino el honor y lo traslado a quien se debe. Pero acepto la responsabilidad” (ver revista Presente, año VIII, Nº 100, Lima, marzo de 1965, p. 24). ATE condujo los asuntos del naciente organismo desde el 11 de diciembre de 1964 hasta el 18 de julio de 1965, fecha en que se inauguró, también en Lima, la Primera Asamblea Ordinaria del Parlamento Latinoamericano, que definió Estatutos, Reglamentos y pormenores administrativos. Nuevamente Townsend destacó como el organizador fundamental, siendo reelegido como secretario general. En los años que siguieron, ATE fue reelegido a la secretaria general del Parlamento Latinoamericano en todas las Asambleas Ordinarias, desde 1965 hasta 1988, declinando postular al cargo en 1991 por razones de edad y de salud. Presidió entonces un Comité Consultivo, en el que participó hasta su deceso, en 1994. Un detalle interesante que revela Townsend en su libro 27 años, es que en la IV Asamblea Plenaria del Parlamento Latinoamericano, en 1969, en Bogotá, ATE presentó su renuncia al cargo de secretario general en tanto ya no era parlamentario en ejercicio, como lo exigían los Estatutos, desde que fuera cerrado el Congreso peruano por la dictadura militar del general Velasco. El PL, en esa oportunidad, acordó enmendar los estatutos, agregando “o ex parlamentario” entre los requisitos para la secretaría general, a fin de permitir la reelección de ATE. De acuerdo a 27 años, el logro más importante de Townsend desde la secretaría general del Parlamento Latinoamericano, ha sido el logro del Tratado de Institucionalización de dicho parlamento, firmado el 16 de noviembre de 1987 por 18 países. Sin embargo, la labor de Townsend en el PL no concluyó al dejar la secretaría general. Desde el Consejo Consultivo que presidió dirigió las publicaciones de este organismo –fundando en 1993 su órgano central, la revista Patria Grande– y trabajó esforzadamente durante su último año de vida por lograr un compromiso de todos los parlamentos miembros para la firma del “Acta Constitutiva de la Comunidad Latinoamericana de Naciones con su parlamento elegido directamente por los pueblos”. El periodista laureado El periodismo fue también una faceta fundamental de la vida profesional de Andrés Townsend. Durante la etapa inicial de su primer exilio, publicó artículos en notables revistas de polémica intelectual como Claridad de Buenos Aires, dirigida por Antonio Zamora; y Tierra de Santiago de Chile, dirigida por Guillermo Brown. Pero tuvo un contacto más profundo con el quehacer periodístico a partir de 1939, cuando ingresó al plantel del diario socialista argentino La Vanguardia, dirigido por Mario Bravo. Su desempeño en este medio tuvo la colaboración de otro exiliado, Manuel Seoane, quien fuera fogueado director-fundador de La Tribuna en 1931, en Lima, y luego destacado periodista del diario argentino Crítica, dirigido por Natalio Botana. En La Vanguardia, Andrés Townsend conoció todos los aspectos del oficio periodistico y tuvo a su cargo una notable columna semanal: “20 pueblos y una nación”, donde comentaba noticias e ideas relacionadas con la integración continental. A su retorno, Townsend asumió la dirección del diario aprista La Tribuna y la ejerció durante toda su “V Época” (su tercera etapa de legalidad) –entre el 29 de setiembre de 1945 y el 3 de octubre de 1948– bajo la denominación “redactor responsable”. En manos de ATE, La Tribuna tuvo un éxito inusitado. No obstante su conocida filiación partidaria, fue un medio de prensa confiable y variado, apto para la lectura en familia, con reportajes polémicos sobre la realidad del país, encuestas sobre la eficiencia de los servicios públicos, comentarios sobre el cuidado de la salud, noticias sobre espectáculos y deportes, etc. No obstante el gran esfuerzo destinado a diseñar un diario informativamente ágil y de lectura accesible, la prioridad del director de La Tribuna era la seriedad del contenido: el buen uso del idioma, la veracidad y sobre todo el comportamiento ético. Townsend subrayó estos conceptos sobre el oficio periodístico en una valiosa entrevista para Jornada (N° 193, 19 de noviembre de 1945), diario dirigido por Luis Bedoya Reyes, entonces de 26 años (Townsend tenía 30 años de edad). Dice Townsend en esa entrevista: “Considero a la prensa la forma inmediata y directa de la docencia democrática. En nuestro siglo, misionero de la velocidad, el diario suplanta al libro y el titular llega a reemplazar al artículo. La prensa, junto a la radio y al cine, es el método más enérgico y fácil de influir en el pensamiento colectivo. De allí la importancia de una línea moral que presida su desarrollo. El periódico no puede ser un altavoz que cualquier audaz empuñe para hacerse oir. Siendo docencia, su ejercicio impone preparación, honestidad y conducta escrupulosa, igual que la más alta de las cátedras”. Durante su segundo exilio (1948-1956), ATE ejerció el periodismo en el Diario de la Mañana de Guatemala, fue coeditor de la revista Istmania, de orientación integracionista centroamericana y tuvo a su cargo, en la Escuela Centroamericana de Periodismo de Guatemala, la cátedra de Ética Periodística. En 1956, nuevamente en la brega política peruana, Andrés Townsend retornó a las páginas de La Tribuna y fue nuevamente su director hasta 1962. En La Tribuna, Townsend dio celebridad a dos columnas características: “Primer plano” y “Rostro del Día”. La primera era un tema editorial explicado en pocas líneas y la segunda, una breve semblanza de algún personaje nacional o internacional que hacía noticia. Eran columnas muy breves, que en el contexto de la densa sección de informaciones, comentarios políticos y notas editoriales, aliviaban la lectura e invitaban a la reflexión. La columna “Rostro del Día” lo consagró como periodista al obtener el Premio Nacional de Fomento a la Cultura de 1959. El jurado calificador, presidido por el doctor José León Barandiarán, rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, dio su fallo el 18 de octubre de 1960. Mientras dirigía La Tribuna, Townsend incursionó en un nuevo aspecto del quehacer periodístico: la revista noticiosa ilustrada. Fundó en 1956 Presente, de exitosa publicación hasta 1968. Townsend integró el consejo editorial con Luis Felipe Rodríguez Vildósola y Carlos Delgado Olivera. Fue director de la publicación Humberto Silva Solís. Otro aporte periodístico notable de ATE, ubicado en el plano de la pedagogía política, fue la colección de fascículos ilustrados El Partido del Pueblo. Historia gráfica del aprismo, publicada en 1978. Fue la primera vez que se puso en práctica esta modalidad de publicación en nuestro medio. Los coloridos fascículos venían acompañados de atractivos afiches, con un lenguaje destinado a los jóvenes. Toda una generación conoció de este modo los rudimentos del ideario de Bolívar, de González Prada, de José Ingenieros y, por supuesto, de Haya de la Torre. El militante indeclinable Andrés Townsend se distingue por su invariable lealtad a las ideas y la ética militante de Víctor Raúl Haya de la Torre. Abrió los ojos a la política desde el aprismo y nunca se apartó de ese camino. Como joven activista, Andrés Townsend fue testigo y partícipe del surgimiento del aprismo como un movimiento político-social de hondo alcance histórico. Estuvo cuando se cantó por primera vez La Marsellesa Aprista, en mayo de 1931, y cuando por primera vez se saludó con pañuelos blancos a Haya de la Torre. En 1934, al iniciarse la larga clandestinidad, Townsend era dirigente de la Federación Aprista Juvenil e integrante del Buró de Conjunciones que vinculaba la organización del partido. Apenas de 20 años, fue detenido y deportado a Chile en febrero de 1935. En marzo se trasladó a Buenos Aires, donde fue el principal colaborador de Manuel Seoane. Estuvo exiliado diez años, equivalentes a su etapa más crucial de formación profesional y maduración personal. Entre los exiliados apristas, ATE cumplió una función muy destacada, siempre al lado de Manuel Seoane. De la simpatía de Haya de la Torre por los progresos del joven discípulo quedan muchos testimonios, como esta carta del jefe del APRA a Luis Alberto Sánchez, de marzo de 1937, donde dice: “ATE está funcionando muy bien. Llegan cosas abundantes en recortes de Montevideo y Buenos Aires. Tiene un dinamismo y un sentido de responsabilidad que cada día me acercan más a él. Ojalá se mantenga así. Pero hasta hoy es uno de los más eficientes y comprensivos portadores de la nueva camada aprista, si no el mejor. Sobre todo comprende la necesidad de una labor incesante y hace labor aprista a firme y a fondo. Además, entiende lo que es el aprismo como obra continental y ha entrado firme en el apostolado. Hay que alentarlo porque el tipo vale” (ver: Correspondencia Haya de la Torre-Luis Alberto Sánchez; Mosca Azul editores, Lima, 1982; volumen 1, pp. 302-303). Con el paso de los años, la estimación de Haya de la Torre por Townsend se hizo mayor todavía. Por su experiencia en foros internacionales, entre ellos las Naciones Unidas, ATE era el acompañante imprescindible del jefe del aprismo en todo evento que incluya la participación de personalidades políticas de muy alto nivel. De ello surgió una estrecha amistad entre Townsend y líderes continentales como Rómulo Betancourt, de Acción Democrática de Venezuela; José Figueres Ferrer, expresidente de Costa Rica; Salvador Allende, del Partido Socialista de Chile y Dardo Cúneo del socialismo argentino. No fue casual que Haya de la Torre lo designara como su principal acompañante en el ‘Encuentro de la democracia social’, que en mayo de 1976 reunió en Caracas a representantes de partidos socialistas y democráticos de todo el mundo, como Willy Brandt, Rómulo Betancourt y Bettino Craxi. En dicho evento, Haya de la Torre remarcó que la actitud entre los partidos populares de América Latina y los socialistas europeos debía ser de “coordinación” y no de afiliación, señalando además que el aprismo era “democracia social y no socialdemocracia” (ver el artículo de Andrés Townsend: “Democracia social y socialdemocracia”, revista Oiga, Lima, 1982, incluido en el volumen compilatorio Trayectoria de un pensamiento, Lima, 1994, pp.48-51). Townsend fue el más cercano colaborador de Haya de la Torre en la Asamblea Constituyente de 1978-1979. Por su vínculo personal e intelectual con el jefe y maestro, Andrés Townsend fue el orador insustituible, a nombre del Partido Aprista, en el homenaje de cuerpo presente que la Asamblea tributó al líder fallecido. Quienes fueron testigos de esa alocución, concuerdan en que ningún otro pudo ser el orador más apropiado para tan difícil trance. Las dolidas y elocuentes palabras de Townsend todavía resuenan a los pies del monumento a Bolívar: “Aquí estamos, empobrecidos y angustiados, porque, de hoy en adelante, nos faltará tu sabiduría profética, tu arrollador impulso, tu inspiradora presencia. Te vas con tu grandeza y nos quedamos sin ella. Nuestra soledad es más grande que la tuya”. Ese recordado discurso se pronunció el 5 de agosto de 1979. Al año siguiente, 16 meses después, una lamentable secuela de apetitos electorales y de tráfico de poder partidista desfiguró la vida orgánica del aprismo y concluyó expulsando a Townsend y sus seguidores. Desde entonces, ATE dijo seguir estando en el aprismo “en la fe aunque no en la iglesia”. Nuevamente fue diputado por Lambayeque para el período 1980-1985 y finalmente senador entre 1985-1990. Su conducta política, hasta su deceso en julio de 1994, siguió invariablemente la misma trayectoria de sus años juveniles. Empero, después de 1979, Townsend no tuvo más opción que ser el abanderado de la reivindicación del aprismo “clásico”, teniendo como adversarios a quienes, dentro del propio partido, introducían un cisma intelectual entre un aprismo “juvenil”, más radical; y un aprismo “maduro”, más conservador. ATE tuvo que hacer frente a la expresión desconcertada de una generación que hacía una exégesis inmadura del libro juvenil de Haya de la Torre, El antiimperialismo y el APRA. Al respecto, Townsend rememora lo siguiente en una extensa entrevista de 1994: “Durante la crisis de 1979, el bando partidario que acaudillaba el entonces secretario de organización, Alan Gabriel Ludwig García Pérez, formuló una exigencia muy singular. En el curso del XII Congreso del partido, el mismo año de la muerte de Víctor Raúl, se presentó una moción signada por el señor García y otro compañero en la cual se definía, palabras más palabras menos, que ‘el texto único y supremo de la ideología del partido’ estaba resumido en el libro El antiimperialismo y el APRA. […] Se quería introducir en el APRA una discusión similar a aquella de los primeros tiempos de la iglesia cristiana, cuando se disputaba en torno al Credo de san Atanasio en el concilio de Nicea en el siglo IV. […] Era absurdo que el Congreso del partido se reúna y vote que el único texto válido para interpretar la doctrina aprista era El antiimperialismo y el APRA. Si hubiera sido así, quedaba entonces borrada o profundamente subestimada toda la producción intelectual de Haya de la Torre posterior a ese libro, es decir, las tres cuartas partes de sus Obras completas” (ver: entrevista con Hugo Vallenas de marzo de 1994 en Andrés Townsend: Trayectoria de un pensamiento, Lima, 1994, pp. 27-28). Townsend nunca dudó sobre la coherencia de la doctrina de Haya de la Torre ni trató de ‘rescatar’ algún aprismo más radical leído entre líneas en los textos aurorales. Nunca se acercó a reconocer como posibles aliados a los grupos comunistas, nunca apoyó a dictadores (ya se trate de Velasco o Fujimori) y –como lo hiciera Haya de la Torre– nunca bajó la cerviz ante la socialdemocracia en busca de prebendas. Su aprismo fue siempre raigal, sólido e indeclinable. Paradojalmente, “dentro de la fe aunque fuera de la iglesia”, Townsend encarna la real ortodoxia hayista, así como también la ausencia de dogmatismo y fanatismo. Ejemplifica la tolerancia, la curiosidad ante lo nuevo y la sagacidad para responder al contendor. Fue además un símbolo viviente de la caballerosidad y la pulcritud en el gesto político y en la oratoria, además de ser hombre de reconocida integridad y honestidad. Así fue el fundador del Parlamento Latinoamericano. 2. CRÓNICA DE LA CONVOCATORIA Y REALIZACIÓN DE LA ASAMBLEA CONSTITUTIVA DEL PARLAMENTO LATINOAMERICANO – Reportaje de la revista Presente [El siguiente reportaje, publicado en forma anónima en la revista Presente, describe minuciosamente la organización y los pormenores de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano, realizada en la sede del Congreso Nacional en Lima entre los días 7 y 11 de diciembre de 1964. La detallada descripción nos permite comprender la labor fundamental cumplida en dicha oportunidad por Andrés Townsend Ezcurra. Asimismo podemos tomar el pulso a un momento particular de nuestra historia: aquel en el cual el ideal de paz, y unidad continental aparecía como una realidad cercana. El informe, titulado “El Parlamento Latinoamericano: hacia la Patria Grande”, fue publicado en la revista Presente, año VIII, Nº 100, Lima, marzo de 1965, pp.14-16.- Nota de Hugo Vallenas] Hacia la Patria Grande: el Parlamento Latinoamericano Por mucho tiempo −más de un siglo− se habló de la unidad latinoamericana en términos de emoción, de retórica o de historia. Espíritus avizores lamentaron la fragmentación parcelada y feudal que padeció América Latina a raíz de su independencia. Políticos sagaces de todos los países −un Alamán en México, un Valle en Centroamérica, un Alberdi en Argentina, un Castilla en el Perú, un Vicuña Mackenna en Chile− elaboraron planes y propiciaron congresos para restaurar la perdida unidad. Todo resultó efímero y vano, porque los países latinoamericanos, rota la interna articulación que los uniera bajo la Colonia, empezaron a vivir hacia afuera, como factorías o mercados del capitalismo extranjero. Al correr de los años, del mercantilismo se pasó al imperialismo y la división de América Latina fue suceso propicio para que las grandes naciones industrializadas nos mantuvieran, a todos, en situación de dependencia. Y hasta se creó un sistema, el “Panamericanismo”, que substituyó al latinoamericanismo espontáneo y natural de nuestros pueblos, y los convirtió en asteroides obligados a girar en la órbita de un “Gran Vecino”, de habla, tradición y lengua diferentes. No estamos exentos de culpa los latinoamericanos en este proceso de subordinación. Los Estados Unidos nacieron como “Estados Desunidos”, luchando contra el imperio inglés, y celosos de sus leyes, religión y costumbres peculiares. Pero aprendieron la lección de la unidad durante su guerra de la independencia y, sofocando particularidades, fundaron en el Congreso de Filadelfia su perpetua unión. Et pluribus unum, como dice su escudo. Los latinoamericanos hicimos justamente lo contrario y después de unirnos en las campañas de la libertad llegamos al Congreso citado por Bolívar en un esfuerzo patético y fracasado de juntar lo que ya se estaba dispersando. De haber ocurrido lo contrario, otra hubiera sido la historia y acaso los términos de la actual desproporción estarían invertidos. En vez de un “coloso del norte” existiría un “coloso del sur”, con fronteras en el Mississippi, el Canadá y los oceános, obligado a fundar “Alianzas para el Progreso” con el fin de ayudar a las subdesarrolladas −y muy independientes− repúblicas de Virginia, Nueva Jersey, Pennsylvania o Connecticut. La concepción emotiva o retórica, en que se llegó a plantear las diferencias entre Estados Unidos y Latinoamérica, fue propia de una etapa de romanticismo. Corresponde a lo que en la historia de las ideas políticas europeas se llamó el “socialismo utópico”. Rodó, Ugarte y hasta Chocano y Darío fueron nuestros Saint Simon y nuestros Fourier. El primer planteamiento realista y exacto del carácter económico de esta pugna lo ofrece Haya de la Torre en su análisis del imperialismo (1924âÂÂ1928) y en su postulación de crear un sistema defensivo que trate con el imperialismo mientras este exista, y que para hacerlo era indispensable y urgente la unión política y económica de América Latina. Del campo de las denuncias inspiradas en la estética se pasó al terreno efectivo de tratar con el imperialismo en las condiciones más apropiadas para establecer un sistema conveniente de coexistencia económica. Desde 1924 se postuló con toda claridad que no era concebible ninguna posibilidad de diálogo equilibrado entre el Norte y Centro y Sudamérica sin la unión de los pueblos indoamericanos. Haya de la Torre afirmó entonces, como premisa de toda acción fecunda y de veras revolucionaria, la unidad de los pueblos latinoamericanos forjada ya no sobre una retórica tan elegante como frágil, sino sobre la sólida realidad de la economía. Un coro de censuras y de ataques recibió este planteamiento aprista. Y al propio aprismo lo tildaron de “internacionalizante” los tiranos locales y lo pusieron fuera de la ley, largos años, por el delito de proclamar como punto esencial del programa la unidad económica y política de Latinoamérica. Hoy en día América está de vuelta de semejantes posiciones. La palabra de orden más resonante y escuchada en nuestro continente es “integración”. Comenzó allí donde se forjan las sólidas bases de una acción política y social: en el campo económico. Los expertos internacionales dieron su fallo: no es concebible que América Latina gane la batalla contra el subdesarrollo en forma aislada. O América Latina se integra o perece. A poco se organizaba la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) y el Mercado Común Centroamericano. La CEPAL y el BID, con su altísima autoridad técnica, difundieron el evangelio de la integración como única fórmula salvadora. Más, a poco, era evidente que la integración económica, sobre todo en la ALALC, mostraba lentitud. Era necesario dar impulso y respaldo políticos a la integración. Todo lo que era posible decirse y hacerse en el nivel de los técnicos, los embajadores y los ministros, se había dicho o hecho. Tocaba la palabra a los pueblos. Hacia la unidad continental: crónica de una histórica reunión La historia recogerá las fechas 2 y 3 de junio de 1964 como las de la colocación de los primeros hitos en el largo, difícil camino de la integración de América Latina, en que se hallan hoy empeñados los pueblos el continente. En esos días, las cámaras legislativas del Perú dieron su amplio y unánime respaldo a sendas mociones presentadas, en nombre de la Célula Parlamentaria Aprista (CPA) por Luis Alberto Sánchez y Andrés Townsend Ezcurra, tendentes a convocar en Lima la Asamblea Constitutiva del Primer Parlamento Latinoamericano, que sentaría las bases de la integración política, económica y cultural de América Latina. En el severo marco del Palacio Legislativo se cristaliza así el inicio de una honda aspiración que en su hora agitaron prohombres de América de la talla de Bolívar, Martí, Miranda y, más recientemente, Víctor Raúl Haya de la Torre, quien inscribió con caracteres indelebles en el ideario de su gran partido el postulado irrenunciable de la unidad continental. La semilla estaba echada en fértil surco. Y el miércoles 17 de junio, Andrés Townsend, por la Radio Continente, explica al país y a América toda, los alcances de la reunión que apuntala el Congreso Nacional y la ciudadanía en pleno, que él representa. En esa entrevista, el diputado lambayecano expresa que el Parlamento Latinoamericano es un caro anhelo del Partido del Pueblo. En las cámaras legislativas se nombra las comisiones bicamerales que irán a todos los confines del continente llevando la buena nueva. A principios de agosto, Andrés Echevarría Maúrtua (Unión Nacional Odriísta), Roberto Ramírez del Villar (Partido Demócrata Cristiano) y Jorge Vásquez (Acción Popular) salen para Santiago. Llevan la misión de invitar a la cita a los cuerpos legislativos de los países hermanos de Chile, Argentina, Uruguay y Brasil. Luis Alberto Sánchez preside la embajada que viaja al norte. Con Ricardo Temoche (Célula Parlamentaria Aprista), Sandro Mariátegui (Acción Popular) y Ricardo Cáceres Cherres (Unión Nacional Odriísta), visitan Venezuela, Colombia, México y las asambleas legislativas de El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. La acogida es unánime. Hay interés en todos estos países por el llamado del Congreso peruano. Una tercera delegación viaja a Bolivia y Paraguay. Entre el 20 y el 26 de agosto retornan las delegaciones luego de un fructífero contacto con los legisladores de los países visitados. Nuestros parlamentarios informan: tarea cumplida. El éxito de la primera Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano comienza a asegurarse. Haya de la Torre, atento a los acontecimientos que hacen historia, declara en Oxford el 2 de setiembre, que “el Parlamento Latinoamericano es un paso positivo hacia la unidad continental”. Días más tarde se reafirma en Atenas en ésta su indesmayable aspiración. En Lima, los presidentes de las comisiones organizadoras del Parlamento Latinoamericano visitan al presidente Belaúnde en la Casa de Pizarro. En nombre del Congreso del Perú lo invitan a asistir a la sesión inaugural. El mandatario acepta y expresa sus buenos augurios por el éxito del evento. Están presentes los presidentes de las cámaras legislativas Ramiro Prialé y Víctor Freundt Rossell. Arturo Mor Roig, presidente de la Cámara de Diputados de la República Argentina, en una visita de cortesía al Perú, el 6 de noviembre, califica de “excepcional la reunión del Parlamento Latinoamericano”. Una semana más tarde, el cable nos trae un pronunciamiento categórico de Haya de la Torre, a la sazón en París. Allí declara a la agencia upi que “el Parlamento Continental será el primer paso de consolidación de un Mercado Común hacia los futuros Estados Unidos de América Latina”. Las palabras del ideólogo de la unidad continental son recibidas con entusiasmo por los congresistas y pueblos del Perú. El 20 de noviembre los presidentes de las Comisiones Organizadoras, doctores Sánchez y Townsend Ezcurra, ofrecen en el noveno piso de la CONACO una reunión de prensa a los órganos informativos del país y agencias noticiosas del exterior. Anuncian la conclusión de la primera etapa de la trascendental cita. Medio centenar de periodistas reportan los últimos detalles organizativos. Están presentes los representantes Martinelli Tizón, Alfredo Gonzales Reverditto y Francisco Deza Galindo. Como cuestión de fondo se sabe que el Parlamento Latinoamericano instalará sus Juntas Preparatorias el 6 de diciembre y el 7 comenzará sus trabajos. Hay enorme expectativa en el ambiente. El último día de noviembre arriban al aeropuerto internacional en Lima, Callao las primeras delegaciones. Se trata de los miembros del BID, con Felipe Herrera a la cabeza y el grupo parlamentario de Brasil. Las comisiones de adjuntos de las cámaras comienzan su trabajo. Se ha dispuesto como sede de las delegaciones los céntricos hoteles Bolívar, Crillón y Riviera. En el recinto de su cámara, Luis Alberto Sánchez solicita que la delegación peruana a la magna cita sea presidida por los presidentes de ambas ramas legislativas. Asimismo, la Comisión Organizadora acuerda que cada cámara acredite número igual de delegados por cada partido. El espíritu democrático prima en el seno de la comisión y se pone en claro que el evento está exento de todo cariz político. Los países fundadores El 6 de diciembre se inician las Juntas Preparatorias de la Primera Asamblea del Parlamento Latinoamericano, organizado y convocado por el Congreso del Perú. A propuesta de la delegación de Chile, la asamblea elige presidentes de la misma a Ramiro Prialé y Víctor Freundt Rossell, presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados del Perú, respectivamente. Luego se elige a vicepresidentes, relatores y secretarios de las delegaciones visitantes, formándose así la Mesa Directiva de la magna reunión que tendrá como objetivo sentar las bases de la integración continental. En total asisten catorce países y alrededor de veinte observadores de entidades internacionales como la OEA, CEPAL, CIAD, BID, FAO, AID, UNESCO y otras de carácter regional. Están presentes escribiendo la historia: Argentina, Brasil, Costa Rica, Colombia, Chile, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, Panamá, Venezuela y el Perú. Como es natural, la representación más numerosa es la peruana. La integran 17 senadores y 21 diputados. Están representados todos los matices políticos. Presiden la delegación peruana Ramiro Prialé y Víctor Freundt Rossell, en su calidad de presidentes de las cámaras. Los senadores titulares: Luis Alberto Sánchez (co-presidente del Comité Organizador), Carlos Carrillo Smith, Carlos Manuel Cox, David Aguilar Cornejo, Jorge Vásquez, Héctor Cornejo Chávez y Carlos Cabieses. Los suplentes: Luis Heysen, Carlos Enrique Melgar, Alfredo Gonzales Reverditto, Fernando Noriega Calmet, Juan Zea, Lorgio Vega Gamarra, Juan Lituma y Jorge Diéguez Napurí. Los diputados titulares: Andrés Townsend Ezcurra (co-presidente del Comité Organizador), Fernando León de Vivero, Andrés Echevarría Maúrtua, Raúl Martínez, Sandro Mariátegui. Ciro Alegría, Alfredo García y Roberto Ramírez del Villar. Suplentes: Ricardo Cáceres, Óscar Carbajal, Ricardo Temoche, Nicéforo Espinoza, Rodolfo Zamalloa, Matilde Pérez Palacio, Federico Hurtado, Valentín Paniagua, Ramón Abásolo, Juan Aldana Gonzales, Roger Cáceres y Genaro Ledesma. El 6 de diciembre por la noche se inicia la Junta Preparatoria. Se reúnen los presidentes de las delegaciones y el Comité Organizador. A mediodía se sirve un almuerzo de confraternidad americanista en la Granja Azul. Al son de cuecas, valses, marineras y bailecitos, los parlamentarios de América estrechan lazos de amistad. En la mañana, las delegaciones presentaron sus saludos a los presidentes de ambas ramas legislativas. La Junta Preparatoria fue provechosa en el sentido de que todos los presidentes de delegación tomaron su primer contacto y se coordinaron las primeras acciones. Los presidentes La propuesta del delegado de Chile, senador Humberto Aguirre Doolan, en el sentido de que Ramiro Prialé y Víctor Freundt Rossell, presidan la magna asamblea es recibida con entusiasmo. La propuesta es aprobada por unanimidad. Al conocer su elección, Prialé expresa su agradecimiento a los congresistas y dice con voz emocionada: “Una América unida será la respuesta exacta y cabal al mundo que actualmente nos contempla con expectativa”. La sesión solemne de instalación de la Asamblea Constitutiva del Primer Parlamento Latinoamericano se realiza el lunes en la noche. Asiste el presidente Belaúnde, quien pronuncia un discurso y promete promulgar las leyes que el Parlamento Latinoamericano recomiende. El Cuerpo Diplomático, miembros de los poderes del Estado y otras personalidades llenan las instalaciones de la Cámara de Diputados. A través de los altavoces instalados en la Plaza Bolívar, el pueblo, raíz misma del Perú, sigue las incidencias de la ceremonia. Los canales de televisión y las radioemisoras informan al país y al mundo las secuencias del trascendental acto. El lunes 7, muy temprano, se instalan las comisiones de trabajo. Son las comisiones de Integración Económica, Integración Política e Integración Cultural. A última hora se nombró dos subcomisiones: la de Integración Interparlamentaria y la Comercial. Ellas funcionan en las distintas salas del Palacio Legislativo, que se convierte así en un vasto colmenar. Todos están imbuidos de un único afán: la integración continental. En el primer plenario, que se realiza el 8 de diciembre, es invitado a usar la tribuna de honor el doctor Felipe Herrera, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo. Desde el recinto legislativo el destacado economista chileno demanda la formulación de un Tratado General de Integración que consolide las bases de la Comunidad Económica Latinoamericana. “Y se hizo justicia...” En el Plenario del 9 de diciembre, el presidente de la delegación de Guatemala, doctor Mario Fuentes Pieruccini, expresa que Víctor Raúl Haya de la Torre, eminente demócrata, es uno de los precursores y abanderados de la unidad e integración de América Latina. El representante guatemalteco condensa su pensamiento en una moción que recibe el unánime apoyo de la asamblea. En una estruendosa ovación prorrumpe el pueblo apostado en la amplitud de la Plaza Bolívar. “Y se hizo justicia”, claman viejos luchadores proletarios. No obstante, al día siguiente, la prensa cavernaria y reaccionaria trata de empañar el acto y la trascendencia del acuerdo pero, ante la avalancha de la opinión pública que da su espaldarazo a la magna cita, opta por refugiarse en su silencio. Apoyo de los trabajadores Los trabajadores quieren testimoniar su adhesión y simpatía a los ilustres parlamentarios que toman parte en el evento. Y en la sala de sesiones de la Confederación de Trabajadores del Perú se sirve un cóctel que ofrece Julio Cruzado, secretario general de la CTP, a las delegaciones visitantes. Trabajadores y legisladores exaltan la función del Primer Poder del Estado, en orden de la dación de leyes que benefician a las masas productoras. En los plenarios realizados se aprueba importantísimas resoluciones y recomendaciones. Los parlamentarios usan de la palabra para respaldar los acuerdos. Y circula, suscitando comentarios, un informe técnico especialmente preparado para el Parlamento Latinoamericano por la CEPAL. Su director ejecutivo asiste como observador a la asamblea. Es un estudio exacto, crudo, de la realidad en que viven y mueren más de 200 millones de latinoamericanos. El día 11 de diciembre, último de la magna cita, es de una actividad febril. Las comisiones apuran sus últimos dictámenes. Se trabaja intensamente. Todos pugnan por aportar en voluntad, esfuerzo y decisión al logro del éxito del certamen. La oficina de prensa del Parlamento, con el doctor Ernesto García Vela a la cabeza, cumple una labor que lo destaca cerca de los hombres de prensa que cubren las informaciones de la cita. ¡Panamá! El último plenario. El canciller Fernando Schwalb ha llegado hasta el recinto de la Cámara de Diputados para asistir a la clausura del gran certamen. La cuestión de Panamá ha motivado un encendido y emotivo discurso del doctor Máximo Carrizo, representante panameño. El Parlamento Latinoamericano brinda toda su simpatía a la Asamblea Legislativa panameña. Declaración de Lima Es en esta histórica noche que la asamblea aprueba por unanimidad la “Declaración de Lima”, en que está contenida la filosofía de la integración. El pueblo peruano le daría más tarde su total apoyo. El expresidente del Consejo Nacional de Gobierno del Uruguay, senador Héctor Paysee Reyes, agradece la hospitalidad peruana, en nombre de las delegaciones hermanas. Es un discurso brillante, emotivo, que arranca continuas ovaciones. El recinto de la Cámara de Diputados presenta un aspecto imponente y solemne. La asamblea hace un alto intermedio. De inmediato se realiza en el Salón de los Pasos Perdidos la ceremonia de colocación de la placa conmemorativa de la primera sesión del Parlamento Latinoamericano. Hablan Prialé y el representante uruguayo Feviot. Ambos expresan la inquebrantable voluntad de los pueblos de América Latina de ir hacia el encuentro de la historia, para forjar su unidad continental. El pueblo sigue los menores incidentes. A lo largo de la semana de sesiones, el pueblo siempre estuvo presente en la Plaza del Congreso para testimoniar su apoyo incondicional a la labor del Parlamento. Townsend secretario general La Asamblea eligió, en su última sesión al doctor Andrés Townsend Ezcurra, secretario general del Parlamento Latinoamericano. Como secretario general alterno, al senador David Aguilar Cornejo. Y como subsecretarios regionales a los delegados Juan José Morales Marenco (Nicaragua), Diego Uribe Vargas (Colombia), Humberto Aguirre Doolan (Chile), Rubén Blanco (Argentina) y Aurelio Vianna (Brasil). En elocuentes términos Townsend Ezcurra, del Perú, agradeció su designación. Las galerías prorrumpieron en sonoros aplausos y los pañuelos blancos se agitaron como nunca en la Plaza Bolívar. Gracias a la Célula Parlamentaria Aprista y la cooperación amplia de los demás sectores políticos, fue posible la realización del más importante evento de 1964 en América Latina: el Primer Parlamento Latinoamericano. Los parlamentarios salieron de Palacio Legislativo pasadas las 3 de la mañana. Una masa humana que se apretujaba en la Plaza Bolívar y que había aguardado ocho horas sin desmayo, prorrumpió en estentóreos vivas al Parlamento nacional, al Parlamento Latinoamericano, a Víctor Raúl, a la unidad continental; Paysee, Uribe y otros parlamentarios fueron levantados en hombros. Se improvisó una manifestación increíble: al filo de las 4 de la madrugada, hora en que en el Aula Magna del Partido del Pueblo se realizaba un mitin hermoso. En olor de multitud Así concluyó, “en olor de multitud”, con la resurrección del patriotismo continental de la Independencia, pero con claro sentido de las realidades económicas de la hora, la primera Asamblea del Parlamento Latinoamericano, paso inicial y decisivo de la integración de nuestros pueblos. 3. DISCURSO DEL SENADOR LUIS ALBERTO SÁNCHEZ EN LA SESIÓN INAUGURAL DE LA ASAMBLEA CONSTITUTIVA DEL PARLAMENTO LATINOAMERICANO – 7 de diciembre de 1964 [La sesión inaugural de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano, realizada el 7 de diciembre de 1964 en la sede del Congreso Nacional, en Lima, fue iniciada formalmente con el discurso de orden de Ramiro Prialé, presidente de la Cámara de Senadores del Perú, quien junto con Víctor Freundt Rossell, presidente de la respectiva Cámara de Diputados, fueron elegidos por unanimidad presidentes de la magna asamblea. Luego tuvo el uso de la palabra un representante del Comité Organizador de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano. Este Comité Organizador tenía dos presidentes: Luis Alberto Sánchez representando a los senadores peruanos y Andrés Townsend Ezcurra representando a los diputados. Por mutuo acuerdo de ambos tuvo el uso de la palabra LAS. El discurso magistral, ofrecido por Sánchez en forma espontánea, fue motivo de prolongados aplausos. La siguiente es la versión taquigráfica publicada en una edición especial de la revista Presente, año VIII, Nº 100, Lima, marzo de 1965, pp.14-16.- Nota de Hugo Vallenas ] Señor presidente de la Asamblea Constitutiva del Parlamento Latinoamericano, señores presidentes de los poderes públicos, señor vicepresidente de la nación argentina, señores ministros, señores embajadores, señores expresidentes de las cámaras, señores observadores, señoras y señores: Cuando después de varias décadas de trabajo constante y de esperanza a veces desarbolada, un sector del Parlamento peruano presentó en el mes de junio la moción por la cual se incitaba a constituir al más breve plazo posible un Parlamento Latinoamericano, hubo un parpadear de escepticismo, pero, al mismo tiempo, hay que confesarlo, un apoyo unánime de todos los sectores partidarios que conforman el Parlamento nacional. De junio a agosto, en que salimos en comisión a exponer esta idea a los Parlamentos amigos y a invitar a sus componentes a concurrir a esta cita, fue creciendo la esperanza. En setiembre parecía ya un hecho y en diciembre, con velocidad vertiginosa, casi antihistórica, estamos reunidos poniendo los cimientos al Parlamento Latinoamericano. Desde luego era y es la culminación de un viejísimo anhelo, un anhelo que tiene largo, larguísimo abolengo. No es del caso citar antecedentes históricos, pero quedan siempre inscritos en el aire de esta sala, y es aire que dura renovado siempre y siempre permanente, nombres que ilustran la historia americana. Quedan allí Vizcardo, Miranda, Egaña, el gran Bolívar, Belgrano, Valle, Morazán, todos cuantos se esforzaron por crear una patria americana, que comprendieron que después de los vaivenes de los primeros años de la Independencia era absolutamente necesario reeditar la hazaña de ésta, uniendo lo que se había dividido por las armas. Pero, sin remontarme a época tan lejana, quisiera repetir en dos o tres párrafos, algo que evoqué hace escasamente un mes en este mismo recinto, con ocasión de conmemorarse el primer centenario del Congreso Americano de Lima de 1864. Recordé entonces algo que cada cual tiene el derecho de recordar, porque forma parte de su acervo íntimo e intransferible, con el cual uno vive y con el cual uno muere y si ha de durar, dura por ello. Recordaba una escena de hace treintitrés años cuando, pensando en esto mismo que hoy estamos organizando, turba de jóvenes recibíamos a un político con las banderas de todos los países latinoamericanos en alto y por ello fuimos llamados internacionalistas y recibimos cercenamientos y golpes. Eso no importa ya, sabemos que la herejía de entonces es el dogma de hoy. Así se hacen las religiones, así se hace la política, así se hace la mística y así se hacen las naciones. Por ese entonces, épocas duras para la democracia en toda América circulaban acuñados por las peripecias del instante lemas amargos y hubimos de ceñirnos a ellos. Recuerdo uno que tiene íntima relación con lo que está ocurriendo hoy y aquí. Decíamos −porque eran los días terribles del big stick−: “Tenemos un solo y grande enemigo. Formemos una sola y grande unión”. El “grande enemigo” de 1924 era el imperialismo, la “gran unión” era la de América Latina. Las cosas han variado un poco, tenemos siempre grandes y poderosos enemigos al frente, no ya uno, varios imperialismos; pero, a consecuencia de ello y de nuestra indecisión para tomar nuestro puesto en la lucha por sobrevivir y sobrepujarnos, olvidamos que, como consecuencia de esta pugna, el gran fantasma que se presentaba entre nosotros era el subdesarrollo. De suerte que hoy, ampliando un poco aquello, para hacer más viva y más dinámica la acción y la doctrina de este Parlamento, bien pudiéramos repetir, sin rectificarlo mucho, pero añadiéndole un ingrediente más: “Tenemos un solo y gran enemigo: el subdesarrollo”. Formemos una sola y grande unión, no hay otro medio de vencer al imperialismo que uniéndonos, y no hay otra manera de evitar el subdesarrollo, que uniéndonos también, porque imperialismo y subdesarrollo vienen juntos y porque uniéndonos podemos desterrar ambos, es decir, hacer la gran patria americana que es la independencia de cada uno de nosotros. Tenemos el gran ejemplo de la Independencia. ¿Qué fue la Independencia? La Independencia que muchos hoy vituperan, diciendo que si bien se alcanzó la emancipación política, ¿qué ganamos con ello, si continúa el vasallaje económico? Tenemos de la Independencia una gran lección. ¿Cómo se consiguió? Olvidando, todos y cada uno de nuestros pueblos, las diferencias que los separaban. Eran colonia, cierto, miembros de una sola patria, con excepción de las que no pertenecían a España; pero cada uno de nosotros tenía ya en lo más íntimo una marca nacional. Pues bien, nos olvidamos de eso. No pusimos reparo a que hombres de distinto origen, que podríamos llamar de otra patria, viniesen a cooperar en cada una de las obras redentoras. Hicimos la unión y nació la Independencia, y esta hora es la de una nueva independencia que se llama integración, para la cual no hay otro camino que unirnos. La única solución posible: unirnos, y el que no se una perecerá. Tenemos un solo y grande enemigo: el subdesarrollo. Formemos otra vez una sola y grande unión, para salvarnos de él. Se ha dicho frente a este problema −y prefiero hablar lenguaje parlamentario, con cierta claridad política hasta donde dan mis medios expresivos para poder ser claro− “que la unión de América Latina es un juego dialéctico, que mientras haya imperialismo no habrá unión”, lo ha dicho un eminente político de un país americano. ¿Por qué no examinamos esta aseveración? Mientras haya imperialismo no habrá unión de América Latina ¿y por qué no la revertimos y decimos: mientras no haya unión de América Latina habrá imperialismo? Y éste es el círculo cerrado, ésta es la petición de principio, no llegar a la unión porque hay imperialismo; pero mientras no tengamos unión habrá imperialismo. No estoy haciendo un ataque político ni económico, estoy expresando realidades y nada más que realidades, y creo que todos estamos convencidos en este momento de que la doctrina de la integración no es un movimiento político, no es una política de oportunidad, sino que es realmente un credo y una doctrina nuevos. He escuchado de labios de economistas, que están lejos de las utopías políticas, de los ideales docentes, palabras muy claras a este respecto, y uno de los capitanes del movimiento económico de este continente ha dicho que el subdesarrollo está íntimamente ligado a la falta de integración y que con el lenguaje económico y con las perspectivas financieras, la única forma de salvarse de este riesgo, de esta terrible coyuntura que padecemos, es unificarnos.