(*) Por Oscar Maúrtua de Romaña
No hay dudas respecto a que el vacío dejado por Hugo Chávez es enorme. Cabeza visible del ALBA y promotor del llamado Socialismo del Siglo XXI, el ex presidente venezolano fue un actor continental y del escenario político internacional. Siguiendo los postulados de Maquiavelo, podemos decir que Chávez tuvo las dos virtudes básicas de un político: instinto y voluntad de poder. Sin instinto no se puede aprovechar la oportunidad, el regalo que la fortuna proporciona en dosis variables pero que solo unos pocos saben utilizar cuando se recibe. Sin voluntad de poder no se puede dar un golpe militar, sobrevivir a otro, ganar cuatro elecciones, un referéndum revocatorio y otro de reforma constitucional, para terminar políticamente invencible en la cama, abatido solo por la enfermedad y no por el enemigo. La historia nos muestra que el liderazgo mesiánico no se hereda, pero nunca se olvida. Tras el luto que embarga a la sociedad venezolana, ahora se abren diversas interrogantes sobre el futuro político del país.
¿Qué va a pasar ahora?
El canciller Elías Jaua, dió una primera respuesta. Nicolás Maduro asumirá la presidencia. Si bien es una confirmación del deseo de Chávez en su testamento político, la oposición venezolana cuestiona la constitucionalidad de este acto.
Justo antes de iniciarse los funerales de Estado, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de Venezuela, emitió una sentencia a la medida de los deseos del oficialismo, para que el vicepresidente Nicolás Maduro reemplace de inmediato al mandatario desaparecido y ejerza de candidato presidencial al mismo tiempo.
Según la Sala Constitucional del TSJ, ante la falta del presidente, “el Vicepresidente Ejecutivo deviene Presidente Encargado y cesa en el ejercicio de su cargo anterior” y “ejerce todas las atribuciones constitucionales y legales como Jefe del Estado, Jefe de Gobierno y Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana”.
Para su fallo, el tribunal se basó en su propia decisión del pasado 9 de enero, que permitía esperar a que Chávez, como presidente reelecto en los comicios del 7 de octubre de 2012, se recuperara para jurar su nuevo mandato del periodo 2013-2019. La sentencia además ratificaba en sus cargos a las autoridades en funciones del Ejecutivo en ese momento, bajo la tesis de la “continuidad administrativa”.
El líder de la oposición Henrique Capriles calificó esta decisión como “espuria” y “fraudulenta”. Además dirigiéndose a los jueces del Tribunal Supremo dijo: “Ustedes no son el pueblo, ustedes no deciden quién es el presidente. Es increíble que ustedes nombren a un presidente y comandante en jefe”. Esta reacción puede justificarse en el hecho de que la Constitución Venezolana en su artículo 233, dispone que, en caso de falta absoluta del presidente, el vicepresidente completará el período, solo si ocurriera en los dos últimos años del mandato presidencial.
Si la falta absoluta ocurriera antes de la toma de posesión del presidente electo, el presidente de la Asamblea Nacional (Diosdado Cabello) debería encargarse de la primera magistratura y convocar elecciones universales en un plazo de 30 días. Chávez, reelecto el pasado 7 de octubre, no alcanzó a jurar su nuevo período el 10 de enero pasado. Por lo tanto, correspondería que el presidente del Parlamento asuma el cargo transitoriamente y convoque a elecciones.
Fuera de una discusión jurídica, la maniobra tiene un claro propósito político. Colocar a Maduro en la presidencia ayuda a consolidar su liderazgo, aún en discusión entre las facciones y grupos de base del oficialismo, y además le permite disponer de los recursos del Estado en la prevista campaña electoral.
La historia electoral reciente de Venezuela, muestran que el chavismo no conoce otra forma de postulación que no sea la de presidente candidato, salvo en las elecciones de 1998, las primeras que ganó Chávez. Toda la estructura del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) está acostumbrada a trabajar con un candidato que es al mismo tiempo presidente.
Existen dos puntos posibles de fricción que tendrá que abordar Maduro: los sectores más radicales del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y cierto sector del ejército que va a pedir su cuota de poder en el futuro régimen. Dentro del PSUV existen grupos, muy pequeños, pero muy radicales que han advertido que solo reconocen el liderazgo de Chávez. Entre ellos están el Movimiento Tupamaro y el Partido Comunista. SI bien su fuerza política es reducida, las disidencias que pudieran surgir van a ser aprovechadas por la oposición.
La otra tarea pendiente, para el presidente-candidato va a ser conseguir la lealtad de las Fuerzas Armadas. En cualquier escenario, el respaldo militar parece imprescindible. No tanto por su poder de fuego, sino por el control logístico y administrativo que mantienen sobre funciones vitales del Estado. En el actual gabinete, los militares ocupan tres carteras.
Además, los militares han tenido un rol fundamental en la estructura estatal de asistencia social, principalmente en las llamadas Misiones. De esta forma, empleando un término de Michael Foucault, las Fuerzas Armadas constituyen en Venezuela un cuerpo biopolítico.
(*)Ex Canciller y Director de la Escuela de Relaciones Internacionales y Gobierno de la UTP.
“LA MUERTE DE CHAVEZ Y SUS REPERCUSIONES EN VENEZUELA Y AMÉRICA LATINA”
(Segunda Parte)
(*) Por Oscar Maúrtua de Romaña
En el corto, plazo, parece previsible que los militares, siguiendo el pedido expreso de Chávez en su última declaración pública, den su apoyo a Maduro. A largo plazo, Diosdado Cabello (ex teniente) puede aprovechar el hecho de que la mayoría de los oficiales del Ejército forman parte de su misma promoción, la de 1987.
Henrique Capriles ya aceptó postular en las elecciones presidenciales a celebrarse el 14 de abril próximo. La empresa no va ser nada fácil para el líder de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). La oleada emocional que está produciendo la muerte de Chávez y el endoso que este hizo, como su último deseo, a la candidatura de Maduro, auguran un triunfo para el actual vicepresidente, respaldado por los recursos del aparato estatal y el poder mediático del gobierno.
Así, Capriles y su equipo no solo deben aceptar el desafío de enfrentar a un martír recién consagrado. Además, deben persuadir a sus partidarios de que todavía vale la pena acudir a las urnas, a pesar de que participen en un juego cuyo resultado parece cantado de antemano. De no lograr esa convicción por su base electoral, Capriles podría obtener una votación magra que podrían comprometer sus aspiraciones políticas y tal vez cualquier opción opositora en un futuro.
La desaparición de Chávez deja también un significativo vacío, más allá de las fronteras de su país. El caudillo trabajó incansablemente para convertir a Venezuela en un actor internacional, aunque en ocasiones fuese a costa de formalizar alianzas con cualquier gobierno que se opusiera abiertamente a EE UU: la Libia de Gadafi, Corea del Norte, Irán o Siria. Pero lo fundamental de su acción exterior se dedicó a forjar lazos con los regímenes izquierdistas latinoamericanos —Cuba sobre todo— a cambio de petróleo barato del país con las mayores reservas del mundo. Si ese crudo a precio de amigo va a seguir fluyendo sin la decisiva presencia ideológica de Chávez es ahora un tema incierto.
Nicaragua, Bolivia y Ecuador pierden con su muerte a su más estrecho aliado y potente altavoz. Es cierto también, como han recordado diversos analistas que entre 2004 y 2007, cuando la Argentina de Néstor Kirchner no conseguía acceder a los mercados financieros internacionales, Venezuela le compró bonos por valor de unos 4.000 millones de euros. Pero en la actualidad, ningún país como Cuba depende tanto de Caracas. Los más de 100.000 barriles diarios a cambio del trabajo en Venezuela de decenas de miles de profesionales cubanos y la multitud de proyectos de cooperación han supuesto en los últimos años un auténtico soporte vital del régimen comunista.
Tras 14 años en el poder, Chávez no ha dejado el país con una democracia más fuerte ni una economía más próspera. A pesar de sus constantes recordatorios de que por fin había logrado que los pobres, tanto tiempo excluidos, vivieran con autonomía, y aunque en su presidencia se produjo el aumento más largo y desmesurado de los ingresos por petróleo en toda la historia de Venezuela. Los indicadores de alarma son del dominio público. El déficit fiscal es del 20% del PIB, unos 70.000 millones de dólares. El tipo de cambio oficial de poco más de 6 bolívares por dólar, se triplica en el mercado negro. La inflación, por varios años, ha sido la más alta de la región. El desabasto (originado por el desmantelamiento de la planta productiva, el éxodo de la clase media profesional y la crónica falta de inversión) se ha convertido en pan de todos los días. Hay una aguda carestía de divisas.
Uno de los grandes interrogantes que han surgido es si su proyecto político sobrevivirá a su carismático liderazgo como el peronismo argentino perdurará tras Perón. O si, como el velasquismo peruano, con el que el chavismo tiene más cosas en común, acabará debilitándose con el tiempo. El mexicano Enrique Krause sostiene que “la corriente de pensamiento y el proyecto mismo de Chávez, que podrá llamarse chavismo, va a seguir vivo tanto en Venezuela como en América Latina”.
Lo cierto, es que Latinoamerica permanece polarizada y sin un previsible líder del Alba que reemplace a Chávez ó lo quiera hacer, tras tres quinquenios de populismo que sedujo al pueblo venezolano.
(*)Ex Canciller y Director de la Escuela de Relaciones Internacionales y Gobierno de la UTP.