
En el Museo Metropolitano de Lima (28 de Julio con Wilson) se realizó un coloquio sobre la obra del escritor Felipe Buendía, a manera de homenaje a los 10 años de su muerte. Lo organizó su hijo, el escritor Bruno Buendía Sialer, conjuntamente con la Municipalidad de Lima. El conversatorio, que duró dos días, estuvo organizado en mesas con destacados intelectuales peruanos como Miguel Marticorena, el sociólogo Eduardo Arroyo Laguna, Ismael Pinto, el psicoanalista Max Hernández, el crítico y poeta Manuel Velásquez Rojas, el novelista Carlos Thorne, el curador y pintor Roberto Villegas, el director del grupo Cuatro Tablas, Mario Delgado; el actor Víctor Prada Palma y el semiólogo Santiago López Maguiña. Otra mesa fue formada por el poeta Armando Arteaga y, desde Estados Unidos, envió su ponencia el poeta Fredy Ronkalla. En las intervenciones se puso de manifiesto el carácter eminentemente limeñista de Felipe Buendía, quien combinó el surrealismo con la post modernidad, a lo largo de una docena de libros, algunos de los cuales lograron premios nacionales e internacionales. El historiador Pablo Macera dijo, mediante el envío de su ponencia, que Buendía era “el ácrata de los años 50, continuando la línea del surrealista Moro.” En el conversatorio se expuso la línea de literatura fantástica que Buendía puso en práctica desde los años 50, con la edición de los tres tomos de la obra “Antología de la literatura fantástica”, y que luego publicó mediante dos títulos “Cuentos de laboratorio” (1976) y “El claustro encantado” (1984). También se habló profusamente sobre la crónica limense que llevó a cabo a través los 25 años de periodismo que realizó en distintos diarios del país, y que fuera editado en dos títulos “La ciudad de los balcones en el aire” (1985) que le valió la medalla cívica de Lima, y “Amor a Lima” (1994) editado por la Biblioteca Nacional del Perú. Se llevó cabo una lectura de “Cuando el sol se apaga”, obra de teatro cuya primera versión se denominó Felipillo, siendo justamente el historiador Macera quien aludiera que la primera versión de Felipillo fue escrita en verso. Buendía también realizó actividades en Galerías Boza en la década de los 60, luego de sus viajes a París, que transformara el surrealismo que siempre cultivó en un acercamiento al existencialismo de la época beatnik, practicando mediante la pintura con una visión de Lima surrealista, y realizando distintos documentales como fueron “Los techos de Lima”, “Gatomancia”, “Los puentes de Lima” y “Las carcochas”, o en cortos exhibidos en Lima y en Italia, donde produjeron encontradas situaciones. Tanto así que la agregaduría cultural prefirió que éstas no fueran vistas, a pesar de ser auspiciadas por un instituto de arte cinematográfico. Posteriormente vinieron los viajes a Brasil, donde afianzó su vocación por la pintura con su particular visión de la ciudad, la narración y la realización de documentales. Luego viajó a España y Francia, donde estudió pintura. De allí en adelante, y sin dejar el periodismo, a través de las columnas La conspiración del silencio, Diario de un escritor marginal y Por el hemisferio sur, Buendía se volvió un polemista feroz de los mitos históricos y literarios que estudiaba, mientras abrazó una forma de limeñismo rindiéndose, en sus propias palabras, del surrealismo de Breton al limeñismo de Pinglo. Buendía se hundió en dos bohemias, la bohemia negra de los años 50, y la bohemia blanca de los años 80. Esta última fue más solitaria, auto marginal, y lo llevaría a la relación editorial con su hijo Bruno. Los últimos avatares creativos fueron muy breves. En esta etapa escribió tres libros, que no llegaron a publicarse porque sus originales desaparecieron misteriosamente de su estudio. Ellos son: En el confín del verano, novela; Parusia Eidética y Tacora es mejor que París (vida y obra de Víctor Humareda). Viajero impenitente, no logró establecer más que en Lima una forma de existencia. Por eso es que en sus últimos años de vida se dedicó a la pintura limense y a pasearla por todo el mundo. Exposiciones en Hartford (Texas), Nueva York, Brasil y Lima, hicieron de esta pintura una característica de su obra al pintar principalmente Lima de noche, generalmente en los últimos años de mediano formato y mostrando la balconería, antes blasonera y ahora derruida con la caída de la ciudad. Buendía es testigo de la decadencia de la Lima que vio desde niño, hasta el año 2002 en que fallece. Sin embargo, en las conversaciones con amigos e intelectuales, ya previeron (con Manuel Scorza) la llegada de las comunidades campesinas a Lima. No se sorprendió de la llegada de la cultura del inmigrante, denominada en determinado momento “cultura chicha”. Ante esto no tuvo reparos en seguir viviendo en Lima, inclusive en medio de la guerra interna. Fue testigo de la misma en tanto ejercía el periodismo. Su obra combinaba la erudición con la cultura de la calle, dando así respuesta a una Lima que se fue ante el limbo de intelectuales que no querían que Lima se vaya. No creyó en la nostalgia de Lima. Sabía que tenía que pasar. Sin embargo, supo entender que su obra, o él mismo como personaje que logró ser, fue como un fantasma que recorre la ciudad.