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Jueves 03 de diciembre 2020   |   Contáctenos
REVISTA

Hosni Mubarak en su ocaso

El último faraón de Egipto
Problemas de salud aumentan los temores de la posible muerte del rais y los problemas de su sucesión.
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Hosni Mubarak en su ocaso

Quien haya visitado Egipto alguna vez puede dar fe de que en ese país árabe, cuna de una milenaria civilización, la gente vive con pesimismo y cierto aire de resignación ante su mundo político.

Allí no existe, como en los países democráticos, la esperanza del cambio que representa –aunque sea en forma momentánea– la realización de elecciones libres. “Siempre las mismas caras, siempre los mismos políticos”, se repiten los cairotas en sus viejos cafés desvencijados por el abrasador sol del Medio Oriente. 

Y no es para menos. Desde 1981 los egipcios no han conocido a otro líder que no sea Hosni Mubarak, quien ese año llegó a la presidencia tras el asesinato a tiros de Anwar el-Sadat, considerado un “traidor” por haber firmado la paz con los israelíes. 

En aquellos días, los egipcios vieron la llegada de Mubarak con optimismo, pues pese a su falta de carisma, el rais garantizaba la continuidad de un pensamiento nacionalista árabe, aunque más moderado y sin el apasionamiento del mítico Nasser.

Sin embargo, nadie pudo prever que durara tanto y hasta se pensó que viviría para siempre, una especie de ser inmortal que alimenta la campaña oficial del tipo mesiánica.

Hoy con 83 años a cuestas, los rumores sobre su delicado estado de salud son la comidilla del pueblo egipcio, pero también de los gobiernos en Occidente que se consideran sus aliados más cercanos.

En marzo pasado fue hospitalizado en Alemania para someterse a una operación de vesícula biliar, en la que le extirparon unos pólipos. Durante las seis semanas que estuvo convaleciente delegó el poder al primer ministro Ahmed Nasif.

La situación era inédita pues, según las leyes –que el mismo mandatario se ha encargado de maquinar para que nadie le haga sombra–, no existe en Egipto el cargo de vicepresidente.    

En las últimas semanas a Mubarak se le ha visto más delgado, demacrado y cansado y la alarma general se encendió cuando el diario estadounidense The Washington Times reveló, según fuentes secretas en Medio Oriente, que el rais sufría de cáncer terminal al esófago y que le daban entre 12 y 18 meses de vida.

La oficina presidencial ha desmentido categóricamente estas informaciones, pero nadie en El Cairo, Luxor y Taba, entre otras ciudades egipcias, duda de que haya algo de verdad en los rumores.

La posible muerte de Mubarak, de la que está prohibido hablarse y escribirse en la prensa sin correr el riesgo de ir a prisión, ha puesto a la población egipcia ante la poco común posición de enfrentar una sucesión presidencial, en la que no está claro su rol –nadie sabe si participará o los dejarán marginados– y cuyos efectos internos y externos pueden cambiar la historia del Medio Oriente.

GARANTE DE ESTABILIDAD

Y es que Mubarak es un “viejo mal conocido” con el que se ha aprendido a lidiar y que es garante de cierta estabilidad. No por algo en sus casi 30 años de gobierno, Egipto se ha abstenido de participar en algún conflicto militar, y aun así no ha rebajado su liderazgo en el mundo árabe musulmán.

El rais también ha logrado contener la aparición y expansión de grupos extremistas islámicos –en aumento en la región– que hoy más que ayer tienen un mensaje anti Occidental y pro religioso que simpatizan con organizaciones terroristas como Al Qaeda y la Yihad Islámica.

Fue en la década de los noventa que estos grupos lanzaron una fuerte ofensiva contra cientos de turistas extranjeros. Basta recordar la matanza de 1997 en Luxor, cuando un comando de disidentes de la Gamaa Islamiya mató a 57 turistas.

La fuerzas de seguridad y los servicios secretos mantienen un férreo cerco –a base de desapariciones, torturas y arrestos denunciados por organizaciones de derechos humanos– contra grupos integristas que, pese a sus éxitos, no han podido evitar atentados como los registrados en los balnearios de Taba, Sharm el Sheij y Dahab.

PAGAR UN ALTO PRECIO

Pero mantener el férreo control interno del país ha costado un elevado precio: cero democracia y violación sistemática de los derechos humanos. Los egipcios no conocen lo que es ir a elecciones libres, no hay un Poder Judicial independiente, y la libertad de prensa es una utopía.

La “tibia” oposición, compuesta por izquierdistas, liberales e islamistas, denuncia constantes intentos de intimidación por parte del Estado. En El Cairo es común que la Policía arremeta contra manifestantes que piden cambios en el régimen.

Los militantes de la Hermandad Musulmana, que ocupa alrededor del 20% de los escaños en el Parlamento, corren cada hora el riesgo de ser encarcelados.

Mientras, el estado de excepción, que fue decretado a raíz del asesinato de Sadat y que, a juicio de defensores de los derechos humanos, restringe la libertad de expresión y posibilita fallos jurídicos dudosos, aún sigue vigente.

Además, 29 años de poder del oficialista Partido Nacional Democrático (PND) ha dado paso a una enorme élite corrupta que controla, junto a altos cargos en las Fuerzas Armadas, la vida económica del país.

El despegue financiero de los últimos años –incentivado en parte por importantes reformas liberales– no ha podido, sin embargo, bajar los elevados niveles de pobreza del país del Nilo. Según informes de las Naciones Unidas, cerca del 40% de los 83 millones de egipcios viven con menos de dos dólares diarios.

Los egipcios, sin duda, no tienen buenos motivos para ser felices por su rais y si de ellos hubiera dependido hace rato que lo hubieran depuesto. Pero la sobrevivencia de Mubarak puede explicarse por su importancia en el contexto internacional.

Su gobierno moderado y laico ha sido una garantía para la presencia norteamericana en la región frente a sus archienemigos de Irán e Iraq –en la época de Saddam Hussein–.

Mubarak también ha ayudado a Washington en sus planes de paz y ha funcionado como un importante mediador entre el mundo árabe más recalcitrante e Israel. Según fuentes diplomáticas israelíes, no se podría concebir un acuerdo final con los palestinos sin la participación de El Cairo.

Es quizá por ello que tanto los servicios secretos israelíes y norteamericanos han velado por la seguridad de Mubarak en todos estos años y al que han alertado en seis ocasiones de intentos de asesinato.

POSIBLES SUCESORES

Hoy, el gran temor de Washington y Jerusalén es que la avanzada edad de Mubarak pueda lograr lo que ningún terrorista pudo: su muerte. Entonces, ¿quién podrá suceder al rais?, ¿podrá Egipto virar hacia el caos tras la muerte del octogenario líder?, son las grandes preguntas en los círculos diplomáticos internacionales.

Se hablan de muchos nombres para sucederlo. Por ejemplo, Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos egipcios, gran amigo y aliado de Mubarak. Pero sus 74 años, lo ponen como un candidato transitorio y no definitivo.

Está también Mohamed el-Baradei, ex director del Organismo Internacional de Energía Atómica y Premio Nobel de la Paz. Un candidato interesante y respetado en el exterior, pero sin las mañas y el temple para controlar al PND y a las poderosas Fuerzas Armadas.

Quizá el que mejor chance tenga sea Gamal Mubarak, el hijo menor de Hosni y quien ingreso al PND en el 2002. Un tecnócrata educado en las mejores universidades de Europa y Estados Unidos, pero cuyo carácter débil puede ser un problema en la ruda política egipcia.

Él ha descartado que vaya a presentarse en las elecciones presidenciales del 2011 y confía en que su padre continúe en el cargo. Un hecho lejano a la realidad y que pone en la cuerda floja el destino de una nación que todavía no se imagina la vida sin su último faraón.

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