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REVISTA

11-S: antes y después del trauma

A nueve años de los ataques terroristas a Estados Unidos
Dos guerras, dos presidentes, dos visiones distintas a la hora de afrontar el extremismo islámico.
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11-S: antes y después del trauma

A inicios de la primera década del siglo XXI, una rama de los historiadores había concluido que Estados Unidos había alcanzado la cima de su poder. Un dominio que se había iniciado tras la Segunda Guerra Mundial, pero que se reforzó con la victoria sobre el comunismo y el fin de la Guerra Fría a fines de los ochenta.

Lo que quedaba entonces, según estos expertos, era que Washington se posicionara como el paladín de la libertad y la democracia. La Primera Guerra del Golfo (1990) y la operación militar de la OTAN en Kosovo (1999) dieron la impresión de que Estados Unidos era siempre el héroe que luchaba contra sátrapas como Saddam Hussein y Slobodan Milosevic.

El gobierno de Bill Clinton (1992-2000) trajo prosperidad económica y posicionó a Estados Unidos como el “velador” de la paz mundial, con el peso que ello conllevaba.

Cuando George W. Bush ganó las polémicas elecciones del 2000 contra Al Gore, con un discurso sobre el “conservadurismo compasivo”, los estadounidenses querían que EE. UU. se concentrara más en sí mismo que en los demás. Ellos votaron por una política aislacionista y la Casa Blanca les dio en el gusto.

Fue bajo este panorama que llegaron los ataques del 11 de setiembre del 2001, que dejaron sorprendidos a los estadounidenses. “¿Por qué a nosotros?, ¿qué hemos hecho de malo?”, se decía la opinión pública atónita por el grado de odio de los extremistas islámicos.

Según encuestas de la época, tres de cuatro estadounidenses no conocían a Osama Bin Laden, ni había oído hablar nunca de Al Qaeda. El Islam era una religión más y el Medio Oriente una zona rica que les proveía de petróleo.

UNA POLÍTICA ERRADA

En cambio los musulmanes, sean extremistas o moderados, políticos o terroristas, sabían muy bien el papel de EE. UU. en su historia. Sabían de su sed desmesurada de crudo que los había llevado a aliarse con regímenes opresivos como las monarquías del golfo Pérsico. De su apoyo a Israel, enemigo jurado del mundo árabe. De su presencia militar en tierras santas.

Los musulmanes no se preguntaron por qué sucedió el 11-S; ellos lo vieron más como la consecuencia –justa o no, ahí está el eterno debate– de una política errada hacia su propio mundo.

A los pocos meses de asumido el poder y con el golpe de los ataques terroristas en Nueva York y Washington, Bush cambió de discurso. Esta vez ya no sería aislacionista, pero tampoco un internacionalista al estilo Clinton.

Él iría a la guerra, con o sin el apoyo de sus aliados. “Están conmigo o contra mí”, dijo el presidente en un discurso en el Congreso cuando habló por primera vez de una guerra contra el terrorismo mundial. Un conflicto que no sería con fuerzas convencionales en algún espacio geográfico determinado. Al Qaeda y sus células dormidas o activas, había que recordarlo, estaban presentes en más de 20 países.

Bush inició la invasión de Afganistán y sacó del poder a los talibanes que albergaban campamentos de entrenamiento de Al Qaeda, pero Bin Laden escapó. Al principio la Casa Blanca hablaba de la importancia de la campaña afgana para la guerra antiterrorista, pero poco a poco el gobierno republicano fue perdiendo su interés y pasó a concentrarse en otro escenario peligroso: Iraq.

Se ha hablado mucho sobre las verdaderas intenciones de Bush con el régimen de Saddam Hussein. La versión oficial era que Bagdad era un peligro para la paz mundial por su programa de armas de destrucción masiva y sus conexiones con Al Qaeda.

Pero otros hablaron sobre una venganza personal del mandatario contra Saddam que intentó matar a su padre –el ex presidente George H. Bush– en una visita a Kuwait en 1993. Además, que EE. UU. quería el control de las segundas reservas de petróleo en el mundo, etc.

En realidad, nadie ha sabido por qué se fue a la guerra en el 2003 pero se calcula que en siete años el costo económico superó el billón de dólares, cifra muy superior a los 5,600 millones de dólares que gastó EE. UU. durante las operaciones en Vietnam.

Ni qué decir del costo humano: más de 3,000 mil soldados estadounidenses y un cuarto de millón de iraquíes muertos en operaciones militares o ataques terroristas.

En todos estos años se hablaba de un atolladero iraquí, pero la exitosa estrategia militar del general David Petraeus ha permitido mejorar la seguridad al punto que el gobierno del actual presidente norteamericano, Barack Obama, ha iniciado el repliegue militar hasta acabar con la invasión a finales del 2011.

Iraq, con todos sus problemas, se deshizo de Saddam Hussein y ahora puede jactarse de ser una de las más jóvenes democracias en el mundo árabe, con elecciones libres y separación de poderes. Una buena noticia en medio del trauma que se inició con el 11-S.

MIEDO Y DESEPERANZA

Estos días, en pleno noveno aniversario de los ataques terroristas, el ambiente que se vive en EE. UU. es de miedo y desesperanza por la amenaza terrorista que nunca acaba.

Osama Bin Laden sigue vivo y burlándose del cerco del Ejército “más poderoso” del mundo en la frontera afgano-paquistaní. Sus huestes todavía buscan convertirse en mártires y ya van más de cuatro ocasiones en las que se frustran asaltos u detonaciones en aviones comerciales.

Los niveles de seguridad son cada vez más asfixiantes en los aeropuertos al punto que ya se están instalando escáneres que pueden ver más allá de las ropas. La paranoia es total.

La guerra en Afganistán está en un punto muerto y no hay indicios de mejoras para un país que ha sido calificado como un “Estado fallido”.

El pueblo estadounidense votó por el cambio y eligió como presidente a Obama, de raíces negras y musulmanas, que prefiere una política de colaboración internacional para frenar la amenaza terrorista. Todavía es muy pronto para saber si dará resultados o si la “guerra preventiva” de Bush era el camino correcto.

Mientras, en EE. UU., la ignorancia ha desaparecido. Ahora, casi todos tienen una opinión sobre el mudo musulmán y el Islam, al que pueden asociar con una religión de paz o el sostén de un modo de vida extremista, retrógrado y peligroso.

Por ello, el anuncio de la posible construcción de una mezquita cerca de la “zona cero”, donde se levantaban las Torres Gemelas, ha desatado la polémica en el país. Unos a favor, por el bien de la libertad de expresión y credo, y otros en contra, por considerarlo un ultraje y una provocación a la memoria de las víctimas del 11-S.

La amenaza de un pastor de quemar el Corán también encendió las alarmas. ¿Será que EE. UU. ha formado un odio visceral hacia el islamismo en estos años post 11-S?,

Algunos creen firmemente que así es. Que mientras se sigan viendo bombas, mientras se sigan restringiendo las libertades personales en aras de la seguridad, mientras se siga gastando dinero en guerras sin sentido, nadie podrá convencerles que Alá es un Dios magnánimo y pacífico. En cierta forma, Osama Bin Laden también mató a los musulmanes.

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