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REVISTA

DIVISIÓN DE SUDAMÉRICA

Unasur se juega su futuro en cumbre en Bariloche
Diferencias ideológicas frustran el tan ansiado sueño de integración en la región.
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DIVISIÓN DE SUDAMÉRICA

El 9 de diciembre del 2004 nació en las pampas de Ayacucho (Perú) el proyecto político y económico más ambicioso que se haya gestado en América Latina: la Comunidad Sudamericana de Naciones.

 

En aquellos días reinaba el optimismo y la esperanza de que por fin, tras casi dos siglos de vida republicana, los países de la región habían hecho realidad los sueños de los liberadores de borrar las fronteras y formar una sola nación americana.

 

La Unión Europea era nuestra inspiración. Tras siglos de encarnizadas guerras y diferencias culturales habían formado un sólido bloque de 27 naciones prósperas en lo económico y sólidas en lo político.

 

¿Por qué nosotros no podíamos seguir sus pasos? Los líderes de aquellos días nos recordaban nuestras ventajas. A diferencia del Viejo Continente compartimos -la mayoría- una herencia homogénea: el castellano como lengua y el catolicismo como religión.

 

Por si fuera poco, nuestra historia se complementaba perfectamente y no arrastrábamos guerras y odios viscerales entre nosotros como en algún momento ocasionó el fascismo y el nazismo en Europa.

 

En mayo del 2008, tras varios intentos fallidos, el acta fundacional dio pasos concretos y en Brasilia se acordaron sus primeros organismos: el Parlamento Sudamericano, el Consejo Energético, la Secretaría General y el Consejo de Defensa.

 

La Unasur, según palabras del presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, daría paso al "mayor espacio de concertación e integración del mundo".

 

"Crearemos una identidad y una ciudadanía sudamericanas respetuosas de la paz, el desarrollo y la democracia", dijo. Y lo que es más, entre sus principios rectores estará el "irrestricto respeto a la soberanía, integridad e inviolabilidad territorial de los Estados'".

 

Ha pasado poco más de un año de esas declaraciones y la Unasur no logra despegar. Por el contrario, se encuentra sumida en una fuerte crisis de identidad y representatividad al punto que algunos empiezan a cuestionar su existencia.

 

Esta crisis tiene sus raíces en los distintos conflictos que han hecho de América del Sur una región inestable que lejos de guardar la paz entre hermanos, la hace vulnerable a un conflicto militar. Repasemos algunos de ellos.

 

EL PROBLEMA LIMÍTROFE

 

Perú, Chile y Bolivia son las estrellas de este apartado. Bolivia, que no tiene relaciones diplomáticas con Chile desde 1978 continúa en su larga lucha por lograr una salida soberna al océano Pacífico que perdió en el siglo XIX.

 

El gobierno boliviano de Evo Morales ha logrado un acercamiento importante con los chilenos al punto que Santiago ha aceptado, por primera vez, la discusión de una salida al mar, pero ello ha resentido la histórica relación entre La Paz y Lima.

 

Mientras, Chile y Perú están enfrascados en el tema de la delimitación marítima, los chilenos dicen que ya hay un tratado que fija las fronteras definitivas, pero los peruanos señalan que son simples acuerdos pesqueros.

 

Perú ha llevado su demanda a la Corte Internacional de Justicia de la Haya y se espera que en cinco o seis años se dicte sentencia. Hasta que llegue esa fecha, las relaciones entre ambos países se mantendrán tensas y poco ayudarán a la confianza en la región.

 

EL PROBLEMA IDEOLÓGICO

 

América del Sur ha sido el escenario principal del resurgimiento de la izquierda política que se creía muerta en la década de los noventa y que se nutrió de las desigualdades sociales del neoliberalismo.

 

Es en la región donde nacen dos tipos de izquierda. Una, populista, demagoga, autoritaria, revolucionaria, y fundacional que tiene en su liderazgo al presidente venezolano Hugo Chávez. La otra, moderada, respetuosa de las instituciones y sin afanes de reformas constitucionales, está liderada por el presidente brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva.

 

Ambas conviven en paz, aunque la segunda vive apagando los incendios que provoca la primera. Por su naturaleza, los gobiernos izquierdistas radicales intentan expandir su influencia a más países. Ahí tenemos a Venezuela, Ecuador y Bolivia que luchan por convencer  sobre los beneficios de sus revoluciones a más naciones.

 

El problema ha surgido cuando esta acción es considerada por otros países como injerencia en asuntos internos, provocando sendas crisis regionales. Chávez, por ejemplo, apoyó al candidato nacionalista peruano Ollanta Humala en las elecciones del 2006 y llamó "ladrón de cuatro esquinas" al socialdemócrata Alan García, quien resultó ganador.

 

Aunque las relaciones entre ambos países volvieron a su cauce normal tras un tiempo prudencial y un abrazo de reconciliación forzado, no se ha recuperado el nivel de confianza de hace una década y existe malestar por la presencia de las casas de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de América (Alba) en el sur del territorio peruano.

 

Estos gobiernos radicales también ven con malos ojos la existencia de proyectos muy distintos a los suyos y, peor aún, que abracen ideas neoliberales como es el caso de Colombia y Perú.

 

Ciertamente hay diferencias en los discursos económicos y en la aplicación de programas ideológicos. Mientras Ecuador, Venezuela y Bolivia apuestan por una economía estatizante y nacionalista, Colombia y Perú prefieren una economía abierta, de apoyo a la inversión privada extranjera.

 

Así, la firma o negociación de acuerdos de libre comercio con Estados Unidos o la Unión Europea provocaron un terremoto en la Comunidad Andina de Naciones, el bloque económico más antiguo de la región. Venezuela salió de la CAN y Bolivia ha condenado insistentemente la apuesta "capitalista" de sus socios peruanos y colombianos.

 

EL PROBLEMA DEL TERRORISMO

 

Éste punto se focaliza en Colombia que lleva más de 40 años de lucha contra los movimientos subversivos como las FARC y el ELN. Bogotá ha denunciado que Ecuador y Venezuela, por simpatías ideológicas, apoyan a los terroristas aunque estos siempre lo han negado.

 

Sin embargo, en marzo del 2008, el Ejército colombiano ingresó a territorio ecuatoriano y bombardeó un campamento donde murió el números dos de las FARC "Raúl Reyes" y otros rebeldes.

 

En el operativo se incautaron computadoras en las que se encontraron cientos de correos electrónicos y otros documentos que revelaron la cooperación económica y armamentista de Quito y Caracas con los guerrilleros.

 

El bombardeo fue una violación a la soberanía del territorio ecuatoriano y demostró la aplicación de la política de "ataque preventivo" -al estilo Bush- que el presidente colombiano Álvaro Uribe no ha dudado en aprobar si con eso se asesta un golpe mortal a la guerrilla.

 

Desde esa fecha las relaciones entre Quito y Bogotá están rotas, mientras Caracas ya ha tomado la costumbre de congelarlas en varias oportunidades con las consabidas pérdidas de cientos de millones de dólares.

 

El último incidente de gravedad fue el anuncio de que Colombia está por aprobar un acuerdo para la utilización de siete de sus bases por parte de militares estadounidenses en su plan para combatir a la guerrilla y al narcotráfico.

 

El presidente Hugo Chávez ve el acuerdo como una grave amenaza para la región y su revolución e incluso ha alertado de "vientos de guerra" por los afanes imperialistas de Estados Unidos. Para protegerse ha anunciado la compra de armamento a Rusia, que incluiría tres batallones de tanques que irían directo a la frontera colombiana.

 

El acuerdo entre Bogotá y Washington también ha desatado preocupación en otros países de la región y se espera que se limen asperezas este viernes 28 en una cumbre excepcional de Unasur en Bariloche (Argentina).

 

Algunos han señalado que debemos tener en cuenta esta fecha porque allí se firmará el acta de defunción de un bloque que resultó demasiado bueno en el papel, pero imposible en la práctica.

 

Otros, menos pesimistas, insisten en que la integración latinoamericana no puede ser cosa de un día.

 

En efecto, si tomamos como referencia el ejemplo europeo debemos recordar que la UE fue un proyecto que se forjó por casi cuatro décadas y que incluso hoy está lejos de ser perfecto.

 

América del Sur tiene la ventaja del idioma y la cultura homogénea pero enfrenta fuertes diferencias ideológicas que, por el momento, frenan la integración total. Lo recomendable sería que Brasil refuerce su liderazgo en Unasur no sólo por ser la más grande economía de la región, sino también porque goza del prestigio de la moderación.

 

En la medida que Lula opaque la figura de Chávez, y logre una exitosa mediación entre Ecuador y Colombia, la Unasur saldrá adelante.

 

Otros de los retos del bloque sudamericano sería resolver el tema económico. Hemos visto que hay diferentes puntos de vista sobre la manera de enfrentar la pobreza. Europa también pasó algo similar. Mitterrand, un reconocido izquierdista y presidente francés, discrepaba con el conservador líder alemán Helmut Kohl.

 

Sin embargo, ambos idearon la manera de salvar sus divergencias políticas y económicas: trabajar por mejor infraestructura y mayor intercambio comercial. América del Sur tiene mucho trabajo por hacer en ambos rubros.

 

La mayoría de los 12 países de la Unasur tienen más intercambios comerciales con Estados Unidos, China o Europa que entre ellos mismos. Resulta increíble que solo el 4% de las exportaciones del Mercosur van a la CAN.

 

Y en materia de infraestructura el único proyecto de importancia que se conoce es la carretera interoceánica que unirá puertos del Pacífico con el Atlántico y que construyen Brasil, Bolivia y Perú.

 

Ahora, ¿el tema de las bases estadounidenses pondría en grave peligro la existencia de la Unasur? No, si el bloque respeta su propia acta fundacional que señala como uno de sus principios rectores el respeto de la soberanía.

 

Soberanía que le impide a Colombia atacar territorio ecuatoriano con el pretexto de golpear a las FARC y la misma soberanía que le da derecho a firmar acuerdos militares con quien desee.

 

Veremos si en Bariloche llegan a las mismas conclusiones.
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