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Lunes 25 de enero 2021   |   Contáctenos
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EL NOBEL INMERECIDO DE OBAMA

Presidente de EE UU gana galardón por la paz
En ocho meses que lleva en la Casa Blanca ha abogado por el diálogo y la cooperación internacional pero sin ningún logro concreto.
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EL NOBEL INMERECIDO DE OBAMA

Barack Obama ha recibido un nuevo galardón, una muestra más que confirma su popularidad a nivel mundial: El premio Nobel de la Paz 2009. Sin embargo, esta vez y por primera vez, en realidad, el resultado no ha sido el esperado.

Las voces de felicitación, que surgieron apenas conocida la noticia, han sido acalladas por otras muchas más que muestran decepción, molestia y burla por una condecoración que parece demasiado para el presidente estadounidense.

No es que Obama no lo merezca, dicen sus críticos, pero hubiera sido mejor que mostrara resultados concretos en el “utópico” objetivo de lograr la paz mundial, algo que no ha hecho en los ocho meses y medio que lleva en la Casa Blanca.

Durante este corto tiempo, el mandatario estadounidense ha preferido concentrarse en explicar al mundo la nueva visión de la política exterior estadounidense que apela al multilateralismo –siempre y cuando no vaya contra la seguridad nacional– y al diálogo para resolver conflictos internacionales.

De esta forma, la Casa Blanca no descarta hablar con regímenes considerados enemigos acérrimos durante la administración del presidente Bush hijo, Irán, Corea del Norte y Cuba. Y todos sin previas condiciones como fue la regla en el ochenio republicano.

Obama, junto a su secretaria de Estado, Hillary Clinton, se ha dedicado este año a recomponer alianzas históricas como la de EE UU y Europa, resquebrajadas desde el 2003 por la invasión norteamericana a Iraq.

También ha apostado por una mejor relación con América Latina que vaya más del plano económico y que incluyan programas concretos de lucha contra la pobreza, el narcotráfico y el crimen organizado. La idea es, según Obama, que EE UU no mire nunca más a la región como su “patio trasero”.

Y en un gesto sin precedentes, el gobernante estadounidense tendió la mano al mundo musulmán con el que Washington ha tenido una relación difícil tras los ataques terroristas del 11-S y la posterior lucha contra el terrorismo islámico.

Obama también ha hablado de sus planes para un mundo más seguro. Por ello, ha presidido recientemente, por primera vez en la historia de la ONU, una sesión del Consejo de Seguridad para aprobar una resolución que pide el fin de las armas nucleares.

Sobre el destino del planeta, Obama ha reconocido la responsabilidad de EE UU en el calentamiento global y se ha comprometido a buscar un acuerdo que reemplace al Protocolo de Kyoto de manera efectiva y realista. “EE UU nunca más arrastrará los pies en este tema”, dijo a principios de año.

CONTROVERSIAS PASADAS

Todas buenas intenciones y palabras humildes que uno ansiaba escuchar de la voz del líder del país más poderoso del mundo, pero que conforme han pasado los meses no han tomado forma concreta.

De allí que surge la pregunta de si es válido premiar a alguien con el máximo galardón de la paz mundial por las cosas que promete y no por sus acciones y resultados. Ello, por lo menos, reduce aún más el prestigio del Instituto Nobel noruego, que a los largo de su historia ha provocado controversias por la designación de algunos ganadores.

Tomemos solo algunos ejemplos. En 1906 le fue concedido el premio Nobel de la Paz al presidente estadounidense Theodore Roosevelt por su papel para terminar la guerra ruso-japonesa y por sus esfuerzos para establecer el Tribunal de Arbitraje de La Haya.

El instituto pareció obviar el “pequeño” detalle de la responsabilidad de Roosevelt en la guerra contra España y la disolución a sangre y fuego de una revuelta en Filipinas que dejó miles de muertos.

Otro Nobel controversial fue dado a Henry Kissinger –ex secretario de Estado del gobierno de Nixon- por su papel pacificador en Vietnam en 1973 y responsable de unos bombardeos masivos en Laos y Camboya, que podrían calificarse sin ambigüedades como crímenes de lesa humanidad.

Y, por último, el galardón otorgado a Yaser Arafat en 1994 por su trabajo para lograr los históricos Acuerdos de Oslo junto a los israelíes Shimon Peres e Isaac Rabin y que dieron la ilusión de una paz definitiva en Medio Oriente.

Arafat no fue solo el más grande líder del pueblo palestino sino que sus manos estaban manchadas de sangre por la responsabilidad de decenas de ataques terroristas que mataron a cientos de ciudadanos israelíes a través del envío de sus hombres-bomba.

LA DIFICIL DECISIÓN DE LA GUERRA

Muchos aquellos que a los que se cuestionaron la obtención del Nobel argumentaron que en ocasiones sumamente difíciles es necesario el uso de la guerra o la amenaza de esta, para lograr la paz. Obama no escaparía de esta regla.

Su gobierno enfrenta una serie de retos diplomáticos que pondrán a prueba su capacidad de persuasión y liderazgo. Los casos más urgentes son los programas nucleares de Irán y Corea del Norte.

Hasta ahora, el presidente estadounidense ha dado muestras de querer negociar y dar una serie de beneficios económicos si ambos países renuncian a sus programas atómicos, pero ni Teherán ni Pyongyang parecen querer lo mismo.

¿Cuánto tiempo más dará Obama a la diplomacia? Él ha asegurado querer la paz, pero no ha descartado el uso de la fuerza para impedir que ambos países obtengan armamento atómico que ponga en peligro la estabilidad del continente asiático y sus aliados.

En el caso iraní, ni siquiera el gobierno de Bush habló de guerra pues era consciente del poderío militar de los Guardianes de la Revolución que cuentan con misiles de corto y mediano alcance. Irán ha advertido que si EE UU ataca su país se iniciará la “madre de todas las guerras”. Iraq fue solo un ensayo.

¿Cuánto podría afectar la concesión del Nobel en una futura decisión de ir a la guerra?, es la pregunta que se hacen muchos en Washington. Obama lo pensaría dos veces antes de verse identificado con una política agresiva similar a la de Bush. Ahí radica la gran desventaja del premio: le quita maniobrabilidad en el manejo de la política exterior.

Por lo menos en Europa se sentirían defraudados pues el Nobel de la Paz de Obama representa una condena implícita a la ex administración republicana.

Otros temas que son un desafío para el nuevo Nobel de la Paz son la guerra en Iraq y Afganistán. En el primer caso, la situación parece haberse estabilizado con la disminución de los ataques terroristas en el último año y la consolidación del proceso político tras las elecciones legislativas del 2008.

Iraq ya no es no el problema central de la política exterior norteamericana y más aun se espera una retirada total de las tropas estadounidenses a fines del 2012. Obama, sin embargo, tiene el reto de dejar un país fuerte y estable capaz de combatir a los extremistas islámicos.

Fuera de la Casa Blanca existe confianza del desempeño del gobierno iraquí, pero miembros cercanos al presidente han dicho que Obama guarda muchas reservas sobre la capacidad de Bagdad para combatir a los terroristas. “Habrá que tener fe”, dicen.

Respecto a Afganistán, las cosas están color de hormiga. La guerra ha cumplido ocho años y está en su peor momento. Las milicias talibanes se han cuadruplicado y han ganado presencia en el sur y centro del país.

El Pentágono dice que si la Casa Blanca no aumenta las tropas es muy probable que la guerra se pierda, reafirmado el dicho popular de que “no ha habido pueblo en la historia que someta a los afganos”.

Obama lo que menos quiere es repetir el fiasco de Vietnam y por eso deberá tomar medidas difíciles más cercanas a las que tomaría un general de guerra que a un pacifista.

Cuando ello ocurra, cuando EE UU lance una poderosa ofensiva militar en la frontera afgano-paquistaní matando a miles de inocentes, entre ellos niños y ancianos, entonces en Oslo se preguntaran si no fue un error el Nobel de la Paz para Obama.

El presidente estadounidense en el fondo lo sabe. No lo merecía. El peso es muy grande y él no está dispuesto a cargarlo.

OTRO DATO

Entre los personajes más conocidos que fueron ignorados por el premio Nobel de la Paz figuran Gandhi, el mayor pacifista del siglo XX, y el papa Juan Pablo II, personaje clave para el fin de la Guerra Fría.

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