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Jueves 24 de septiembre 2020   |   Contáctenos
REVISTA

CREACIONES MANOLO

El rey de los ternos
En el presente artículo comprenderán que el esfuerzo para sacar adelante la fortaleza de una empresa depende de los valores de una buena familia. Hay que seguir el rastro de los Barreto Erazo: son 30 años de éxito y el arte del buen vestir se proyecta a seguir creciendo como el comercio del algodón peruano a nivel mundial.
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CREACIONES MANOLO

No me pregunten por qué, pero mientras escribo las líneas de esta nota evoco la imagen de una antigua vitrola. Y en primera pienso en don Manuel Barreto Espinoza, un hombre “mil oficios” que se graduó de todo sin estudiar nada, pero pulsó el botón de la fortuna cuando decidió invertir en la confección de pantalones de vestir.

Después vinieron los sacos, las telas, las corbatas las pelusas incómodas, la plancha y los viajes que su esposa, Victoria Erazo, negociaba semanalmente a Huaral para dejar los pedidos. Eran los principios de los años ochenta y las manos faltaban. El material y las máquinas también.

Ya estaban los pequeños Carlos, Teodoro y Miguel, pero ellos solo tenían ojos para la pelota y los estudios primarios. Llegaban exhaustos del colegio para hacer las tareas escolares, pero luego venían las órdenes de la señora Victoria.

“Mamá nos hacía trabajar, era muy exigente, por eso mi hermano Carlos limpiaba el taller, Teodoro quitaba las pelusas de la prendas y yo planchaba en ocasiones”, recuerda Miguel.

La única angustia era que los Barreto estaban todavía muy lejos de la tecnología y aunque estaban instalados en la avenida Humboldt 1516, en pleno corazón de Gamarra, todavía este lugar no era el emporio que hoy conocemos. Las ventas costaban un Perú y mucho sudor comercial.

Miguel expresa que había sábados o domingos en que “Pepe” o el “Mono”, viejos amigos del barrio de la Victoria, tocaban la puerta para jugar, pero mamá ya tenía las órdenes bien precisas y todos tenían instalada en la mente esa frase pedagógica que reza: “Menos charla y más trabajo”.

“¡Qué importa!”, se decían y luego de dejar ternos y pantalones listos para la entrega, y, mientras venían los papás, los pequeños improvisaban en su sala una cancha de fulbito. Hasta ahora recuerdan los relojes de pared, los finos jarrones y los vidrios rotos que ocasionaron esos olímpicos partiditos de la infancia.

Creaciones Manolo agarró vuelo y todos metían la mano en el negocio. No había peros ni prioridades escolares: había que trabajar. Más adelante, alquilaron un departamento en La Victoria, pasaron a Santa Anita y la vida fue sacudiendo a los hijos Barreto Erazo. Habían logrado la unidad familiar en el negocio, en la familia, pero también terminaron sus estudios secundarios en el colegio Guadalupe y empezaron a conocer el futuro, la sociedad, las mujeres y todo lo que un adolescente quiere conocer en esos años maravillosos.

Así, Carlos y Teodoro dejaron de estudiar y “metieron la pata” y asumieron sus roles de padres, y aunque se daban tiempo para las demandas laborales, ya no era lo mismo. “Cada uno siguió sus preferencias pero cuando tienes un hijo la vida cambia, por eso, mis hermanos asumieron la responsabilidad de ser padres desde muy temprano”, afirma Miguel.

Y es que el segundo de los Barreto Erazo, culminó sus estudios de Tecnología Médica y Laboratorio Patológico y se graduó fiel a sus objetivos, y hasta se da tiempo para atender las gerencia de ventas de Creaciones Manolo, mientras por las mañanas se da íntegro a sus labores de la Sanidad del Ministerio de Defensa.

“Nosotros hemos mantenido la unidad. Mis hermanos aún siguen vinculados a la empresa y ayudan. Hasta el menor, Jhon Barreto, que se acaba de graduar de ingeniero de sistemas aporta con su especialidad”, expresa Miguel sonriente, quien ya lleva más de cinco años al lado de Iris Sánchez, su compañera.

MOMENTOS BRAVOS

La compañía emplea cerca de 15 trabajadores directos y temporales y se esfuerza por crear en sus clientes la fidelidad en las compras, pues apenas encuentran a alguien que busca ternos, empiezan a mirarlo como si fuera el hombre más elegante del mundo.

No todo es color de rosa, hubo momentos de tensión. En la época del shock de Fujimori no se vendía nada. Llegó un momento en que los vendedores iban solamente a almorzar. “Tuvimos que tocar puerta por puerta y hasta a los vecinos alrededor le vendieron un saco, un pantalón abaratando los costos, porque algo se tenía que ganar”, afirma.

¿Te sientes realizado?, sale esa pregunta de mis labios sabiendo que es muy difícil responderla. De pronto, el próspero empresario me mira, medita y contesta en afirmativo, pero sus gestos dejan traducir que todavía le falta lo que quizá sus hermanos ya conocen con experiencia.

Sabe que su departamento en Salamanca necesita la voz de un niño y sabe también que su linda Iris, hace tiempo que lo mira con pupilas y parte de matrimonio religioso. Intento indagar más y su sonrisa me dice que la felicidad ronda sus entrañas y que la vida es muy hermosa cuando se trabaja en unidad. Al final la aguja de la vitrola trae un bolero y veo una pareja bailando en amor.

Tengo que terminar pues los pedidos vienen y van y nuestro entrevistado se va raudo a Gamarra porque es lunes y las ventas salen como pan caliente cuando uno menos lo espera.

ANÉCDOTA

Era una temporada de alta demanda. La empresa necesitaba personal para que confeccionara sacos. Los Barreto pusieron un anuncio en los clasificados: Se necesita “saqueros”. Buen sueldo.

El tiempo apremiaba y tuvieron que seleccionar a tres que llegaron rápidamente a la empresa. ¿Ustedes pueden hacer sacos con rapidez?, preguntaron muy entusiastas. Algunos hasta dijeron sus récords: 50 sacos en un par de horas.

¿Y las máquinas?, preguntaron los esforzados postulantes. Allí estaba la máquina Juki lista para ser usada. De improviso, Miguel les volvió preguntar si de verdad podían hacer sacos en tan poco tiempo y se le ocurrió mostrar uno: “Así, miren”. Entonces los candidatos al puesto gritaron al unísono: ¡Ah no, nosotros hacemos sacos de arroz! Y empezaron a salir un tanto decepcionados mientras los Barreto no sabían si reír a carcajadas o llenarse de rabia por la curiosa anécdota.

OTRO DATO

Ubícalos en Av. Gamarra 764. Tiendas 207-A y 209-A 2do piso.
Teléfonos: 5820495 y 995957965

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