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Lunes 25 de enero 2021   |   Contáctenos
REVISTA

ADIÓS A BACHELET Y A LA CONCERTACIÓN

Legado de 20 años de gobierno en Chile
La desigualdad y los remanentes autoritarios son los grandes problemas que el oficialismo no pudo combatir.
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ADIÓS A BACHELET Y A LA CONCERTACIÓN

De no mediar inconvenientes o algún milagro electoral –por parte de Eduardo Frei, algo que no se descarta–, el multimillonario Sebastián Piñera, se convertirá el domingo 17 de enero en el nuevo presidente de Chile.

Una elección histórica pues el dueño de la aerolínea LAN se convertirá en el quinto presidente desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet, pero el primer derechista en llegar democráticamente al poder en 50 años.

Un mérito que se debe no solo al carisma de Piñera y lo esperanzador de su mensaje de cambio, sino también al desgaste de 20 años de gobiernos de la Concertación, que tenían cansados a los chilenos.

En el Palacio de La Moneda y otras instituciones públicas ya comenzaron a hacer maletas, en medio de lágrimas pero también de reproches entre quienes buscan las causas de este terremoto político.

¿Qué pasó?, ¿cuándo dejamos de ser los héroes y pasamos a convertirnos en los villanos?, ¿fue Bachelet nuestra perdición?, ¿no valen nada nuestras obras?, son algunas de las preguntas que se hacen dentro de la mermada familia concertacionista.

Hoy, dos décadas después del triunfo del ‘NO’ para continuar la dictadura de Pinochet y la consecuente llegada a la presidencia de Patricio Aylwin, es hora de revisar las luces y sombras de una coalición de partidos que cambió para siempre la historia chilena.

RICOS PERO DESIGUALES

No hay que ser mezquinos, pero Chile ha sido tal vez el país más exitoso en América Latina en los últimos 30 años. Fue el primero que entendió los beneficios de una economía de mercado, liberal, con énfasis en las inversiones y el ajuste fiscal.

Fue en la época de Pinochet en la que se sentaron las bases del modelo económico, pero fue con la llegada de la democracia en los noventa que comenzó a surgir lo que se conoce como el “modelo chileno”.

Por ejemplo, en 1990 el nivel de pobreza se ubicaba en 38.6%, mientras hoy se ha reducido en 13.7%, un logro que ha sido considerado como ejemplo de políticas públicas por parte de organizaciones internacionales.

El secreto ha estado en dejar a la empresa privada la creación de empleos, aumentar las exportaciones gracias a tratados de libre comercio –con Estados Unidos y Europa entre los principales– y dejar al Estado el control de sectores estratégicos, como el cobre, y el protagonismo en programas de asistencia social.

Para el sociólogo Augusto Varas, presidente de la Fundación Equitas, las dos décadas de gobiernos concertacionistas “han dejado establecido como una impronta en la sociedad chilena que la educación, la salud y vivienda constituyen derechos sociales”.

Vargas también resalta la construcción, en especial en el último gobierno de Michelle Bachelet, de un sistema de protección social para los más vulnerables, junto con la creación de un nuevo espacio para la mujer en la vida política y pública.

La presidenta ha inaugurado miles de salas cunas y jardines infantiles, así como hospedajes para ancianos desamparados, que le han hecho ganarse el favor de la población.

Pero estas políticas asistencialistas, no han podido tapar el gran problema de Chile y que, sin dudas, es la gran deuda de la Concertación con la historia: la desigualdad.

La distribución del ingreso entre ricos y pobres se ha mantenido casi tan desigual como hace dos décadas. Según estadísticas oficiales, la quinta parte más rica del país controla más del 50% del ingreso nacional, mientras la quinta parte más pobre solo recibe el 5%.

“Chile está entre los 15 países con peor distribución de ingreso a nivel mundial, una vergüenza que opaca el legado concertacionista”, señaló por su parte el sociólogo Manuel Garretón.  

Para algunos políticos, sobre todo aquellos pertenecientes a la extrema izquierda, la respuesta a esta desigualdad se encuentra en el fracaso del modelo neoliberal heredado del pinochetismo y piden el fin del sistema.

Sin embargo, otros más optimistas creen que se deben buscar reformas ingeniosas para salir del estancamiento y no destruir todo lo bueno que se ha ganado en los últimos años. “Chile puede hacerlo a su manera, ya lo ha hecho antes, es solo cuestión de imaginación y ganas”, aseguran.

Este ingenio chileno fue puesto a prueba en la reciente crisis económica mundial que afectó severamente al país, pero no lo hundió. El PBI se contrajo entre 1.5% y 2% en el 2009 y las proyecciones para el 2010 apuntan a un crecimiento de 4.5% a 5.5%.

La economía está tomando un buen rumbo gracias a la política de incentivos fiscales a los sectores productivos y al sector financiero por US$ 4,000 millones, además de subsidios y bonos en efectivo para los sectores de menores ingresos.

“El modelo camina bien y así lo mantendremos”, aseguró un optimista ministro de Hacienda chileno, Andrés Velasco, quien goza de un fuerte respaldo popular y al que se le llama el arquitecto de la recuperación.

¿QUÉ PASÓ CON EL SUEÑO?

A comienzos de los noventa, cuando la Concertación de Partidos por la Democracia –que aglutinaba a la Democracia Cristiana (DC), al Partido Socialista (PS), al Partido por la Democracia (PPD) y al Partido Radical Socialdemócrata (PRSD)– llegó al poder, todo era esperanza e ilusión.

Habían culminado 17 años de la más cruel y abyecta dictadura, y la población estaba lista para darle la oportunidad de resarcirse a políticos que en el pasado habían cometido errores. Ya sea en el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, o complotando contra este –la DC, por ejemplo–.

Los jóvenes rebeldes del setenta eran ya unos políticos maduros que habían aprendido de los errores de la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la URSS, por  lo que dejaron atrás las poses reivindicativas y colectivistas.

Atrás quedó también el temor a un nuevo gobierno socialista. Lagos y Bachelet demostraron que, pese a su admiración por Allende, ellos no eran de la vieja escuela y se mostraron pragmáticos y abiertos a un mundo globalizado.

Sin embargo, a 20 años de la llegada de la Concertación, se ha perdido la magia, o como dice Mario Vargas Llosa, el bloque oficialista “ha perdido el dinamismo y la energía” que necesita Chile para ser un país del primer mundo.

La vieja guardia concertacionista se resiste a jubilarse y dejar el camino a nuevos líderes, con nuevas ideas. Por el contrario, han pasado a tener una actitud patriarcal que determina qué es bueno y qué es malo en Chile.

“Creo que no hay que tener miedo a la alternancia. Yo al menos me cansé del monopolio, me cansé de la superioridad moral de la Concertación”, declaró al diario La Tercera el reconocido escritor chileno Jorge Edwards.

El ganador del premio Cervantes 1999, quien dice haber tenido en toda su vida un “sentimiento de izquierda”, considera que la derecha chilena se ha renovado más que la izquierda o centro izquierda.

“Veo a la centroderecha completamente distanciada de lo que fue la represión (de Pinochet), pero no veo al Partido Comunista ni a un sector de la izquierda chilena igualmente distanciados de los fueron los socialistas reales”, dijo Edwards, quien mostró su apoyo a Piñera.

Quizá la última bocanada de aire fresco dentro del oficialismo fue Bachelet, quien por ser mujer e hija de un militar que murió por oponerse a Pinochet, dio la última gran victoria a la Concertación.

Hoy, ella se va del gobierno con más del 80% del apoyo popular, un récord que no ha visto otro presidente en la historia chilena, pero su éxito es puro y completamente personal, no partidista.

Es más, el bloque oficialista pasa por una grave crisis interna y corre el riesgo de desintegrarse, debido a la irrupción de Marco Enríquez-Ominami, quien se presentó como candidato independiente en las primera vuelta presidencial llegando a captar más del 20% de los votos.

MEO, como le dicen en Chile, fue un militante socialista que quiso participar en las elecciones primarias para elegir al candidato presidencial de la Concertación, pero fue dejado de lado por la vieja guardia, que en su lugar eligió como su abanderado al ex presidente Eduardo Frei (1994-2000).

La candidatura, entonces de Frei, recuerda a la población hasta qué punto la Concertación ha fracasado en su intento por renovar la política chilena. La gente quiere un cambio, y este parece provenir de Piñera.  

OTROS LOGROS Y OTRAS DEUDAS

Para culminar habría que mencionar las otras dos grandes deudas que deja el gobierno de Bachelet, y por ende, los años de la Concertación: el poco avance en materia de derechos humanos y la frustrada reforma del sistema electoral y político.

En el primero, habría que recordar que Pinochet nunca pisó la prisión por la responsabilidad de más de 3,000 muertos y/o desaparecidos durante su gobierno. Poco antes de morir estaba siendo investigado por corrupción, pero murió antes de ser condenado.

Además, cientos de militares todavía no han sido investigados por sus crímenes mientras los familiares de las víctimas reclaman una justicia que tarda y nunca llega.

El gobierno se ha mantenido a prudente distancia para respetar la independencia de los poderes del Estado, pero existe en algunos sectores la desazón de que se pudo haber hecho más por esclarecer la verdad en estos 20 años.

Con Piñera en el gobierno –que tiene como socios a sectores pinochetistas– esta verdad tomaría más tiempo en ser esclarecida. “El dictador ha muerto, pasemos la pagina”, aseguran.

En el caso de la reforma electoral el sistema binominal, diseñado en la dictadura, fue un hueso duro de roer. Este propicia o favorece la construcción de dos grandes bloques –la centro-izquierdista Concertación de Partidos y la derechista Alianza por Chile– que da estabilidad al país.

Sin embargo, el sistema binominal favorece siempre a la primera minoría, que en los últimos años ha sido la derecha, y excluye al resto de los partidos independientes.

Tras 20 años de gobiernos concertacionistas, Chile es hoy un país más próspero y rico, con una democracia fortalecida pero, paradójicamente, con remanentes autoritarios que hacen más lento su camino hacia el primer mundo.

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