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Martes 26 de enero 2021   |   Contáctenos
REVISTA

Papas con ají

La calle tiene lo suyo
La complejidad de alguno de nuestros platos, la originalidad en sus diversas presentaciones, la exquisitez de los productos que los componen, parecen contraponerse a la sencillez, nacida del buen hambre. Sin embargo, ello no excluye a las formas simples de comer al paso; en el Perú, lo sabemos, por ello les contamos nuestra historia de hoy.
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Papas con ají

Es muy probable que la simplicidad de este alimento venido del ande peruano, haya encontrado en el ají a su mejor aliado, y por este motivo, también afirmamos que juntos han sido capaces de convertirse en un bocadillo con identidad muy nuestra. Sin embargo, la generosidad que derrochan nuestros creativos cocineros decidió aumentarle otro elemento más, y complementar con ello la dosis perfecta de calorías, proteínas y gustos satisfechos.

Un sencillo plato consistente en papa amarilla partida por la mitad, un poco de ese cotidiano ají casero, con rocoto, que enerva los sentidos y luego los atrofia hasta envolverlos en una vorágine de gustos y sensaciones; mas una porción de huevo duro, clara y yema en un solo bocado; mientras se intentan mezclas que permiten saciar todos los antojos…

Una forma de comer para llenar el estómago, se volvió en una costumbre arraigada en nuestra serranía, y que por esas transiciones, que experimentan las sociedades, llegó a la gran capital acompañada, en sus inicios, de mantas y polleras y se instaló, años después, en la dinámica del fast food, de la comida al paso

Papas, huevo y ají, sin mayores recovecos que sus propias identidades, tomaron posesión de las calles limeñas y conquistaron el gusto de propios y extraños, aunque las ataviadas formas de las apariencias, le nieguen el lugar que se merece.

Habría que hacer un estudio sociológico para poder determinar con exactitud los parámetros que nos impone la sociedad o nosotros mismos, de comer con desenfado un plato como el que mencionamos.

Es cierto que los alimentos expuestos en la calle pueden ser catalogados en el rubro de riesgosos para nuestra salud, mas nos resistimos a medir con la misma vara una porción de anticuchos o esa mezcla perfecta de arroz con leche y mazamorra que encontramos en cualquier esquina y que no dudamos en comprar y disfrutar. 

Quizás, ¿haya mejor recepción en los comensales, por el hecho de que estos sean criollos o mestizos? No lo sabemos, sin embargo mas allá de las respuestas, tengo la certeza, que a más de uno se le pudo haber antojado probar este platillo, pero –por las formas- dejó sus ansias en ascuas, esperando por cualquier paliativo que logre mermar el deseo inicial.

LA HISTORIA DE SONIA

Probablemente este nombre represente a los miles de hombres y mujeres que han escogido alimentar a las mayorías, a partir de su creatividad. Quizás el trabajo de Sonia sea la mejor forma de rendirle culto a nuestra papita amarilla, tubérculo generoso y bendito, bastión de nuestra gastronomía. 

La historia de Sonia, es sencilla como el plato que sirve cada día detrás del Congreso de la República. Desde las 10 de la mañana, hasta cerca de las 8 de la noche, su presencia es sinónimo de satisfacción frente a las debilidades del estómago.

Una porción de papa amarilla humeante -porque ahí mismo las hierve- que al partirse por la mitad despide la esencia de nuestra tierra, un huevo duro blanco y amarillo intenso, sorprendido por el rocoto molido y nos convencemos que de allí a la gloria no hay más que un paso. 

...Y todo el que pasa cerca quiere ser partícipe del banquete, algunos de saco y corbata, tomando el pequeño plato descartable y devorando con la mirada más rápido que con la boca, cada bocado placentero. Otros participan con la curiosidad pasando muy cerca, intentando acercarse, pero relamiendo tímidamente el antojo trunco del prejuicio. 

La papa y su textura, parecen ser el mayor atractivo del potaje en mención; sin embargo, todos los elementos juegan a favor de que un plato vendido, se multiplique y pronto sean dos o tres y muchos más…  Sonia vende innumerables raciones diarias, a dos soles o dos soles cincuenta, dependiendo, si el comensal desea aumentar en algo la porción del plato. 

Cuatro hijos por alimentar, pero que definitivamente, ya no pasan hambre. La creatividad de esta joven de 28 años, le dio en la yema del gusto a cada uno de sus clientes. Si por esas coincidencias del destino, una de estas tardes, usted se anima a pasar por allí, no dude en acercarse y sea uno de los convidados de lo que la madre tierra le encargó a Sonia. 

Sin prejuicios ni poses esquivas participe del banquete más sencillo de nuestra carta y sea testigo de lo que la gastronomía peruana sigue haciendo, aun en los espacios más humildes de nuestra gran ciudad.

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