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Mario Vargas Llosa: Premio Nobel de Literatura 2010

El hombre más feliz del mundo
El jueves 7 de octubre, el mundo conoció la noticia de que Mario Vargas Llosa había ganado el Premio Nobel de Literatura 2010. Aunque haya declarado que para él fue una sorpresa, para sus cientos de miles de lectores en más de 30 lenguas solo ha sido el reconocimiento a un talento extraordinario.
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Mario Vargas Llosa: Premio Nobel de Literatura 2010

Es un poco más de las cinco de la mañana en Nueva York. A esa hora, el escritor ya camina por su departamento en el piso 46 de un edificio rodeado de rascacielos. Se dirige a la sala y relee unas páginas de El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, que le servirá para preparar su próxima clase en la Universidad de Princeton, donde es profesor invitado desde hace unos meses.

De acuerdo con su naturaleza metódica, tiene el día muy bien organizado. Dejar su clase lista para la universidad, salir a caminar una hora por el Central Park, leer los diarios, tomar desayuno, ducharse y enrumbar a la Biblioteca Pública de Nueva York, donde escribirá su Piedra de Toque para El País, de España, página quincenal que en el Perú reproduce El Comercio.

Está sumergido en el universo del cubano cuando Patricia, su esposa, se aparece en medio de la sala con el teléfono en la mano. El escritor piensa que, a esa hora, solo pueden ser malas noticias. Se lleva el auricular al oído y escucha una voz que le habla en inglés. El sonido no es bueno, pero alcanza a entender dos palabras: Swedish Academy. La comunicación se corta.

Cuando el teléfono vuelve a sonar, el escritor coge el aparato. No hay interferencias. Las palabras llegan fuertes y claras. La noticia lo deja perplejo. La persona que le habla se presenta como secretario de la Academia Sueca y le dice que ha ganado el Premio Nobel de Literatura y que la noticia se hará pública exactamente en 14 minutos.

Luego del inicial estupor, el escritor y su esposa deliberan sobre si deben avisar a sus hijos en ese momento o esperar a que la información sea corroborada en los medios. El escritor recuerda que, hace un par de décadas, unas personas le jugaron una mala broma a Alberto Moravia por teléfono, diciéndole que pertenecían a la Academia Sueca y anunciándole que había ganado el Nobel. El italiano tuvo el mal tino de llamar a la prensa y a sus amigos inmediatamente. El escritor no quiere cometer el mismo error. Se sienta en la sala y aguarda con impaciencia.

Mientras tanto, piensa. Piensa en su infancia en Cochabamba, en su madre y en lo mucho que le habría alegrado la noticia. Piensa en su tío Lucho, la primera persona que lo alentó, cuando todavía era un adolescente, a seguir su vocación contra viento y marea.

Piensa en sus amigos de adolescencia, Lucho Loayza y Abelardo Oquendo. Piensa en el concurso de cuentos que ganó en 1957, con solo 21 años, y que lo llevó a su soñada París. Piensa en sus primeros y difíciles años en Francia primero y luego en España, cuando ya había tomado la decisión inflexible de únicamente realizar trabajos que le dejasen tiempo libre para escribir.

Y, sin duda, piensa en el Perú, ese país endemoniado y apasionante que lo emociona, lo enfurece, lo entristece, lo divierte, lo asombra, pero que jamás lo ha dejado indiferente a lo largo de varias décadas en que ha tratado de entenderlo, desentrañarlo y contribuir a mejorarlo.

El Perú, ese país por el que se jugó una y otra vez, como cuando aceptara en 1983 el encargo del entonces presidente Fernando Belaunde de encabezar la comisión Uchuraccay que investigó el asesinato de ocho periodistas en las alturas de Huanta.

O cuando, hace unos meses, accedió al pedido de Alan García de presidir la comisión del Lugar de la Memoria, cargo al que renunció cuando descubriera una incongruencia entre la construcción de este museo y la promulgación de un decreto ley que abría una rendija por la que podrían haber salido de las cárceles una serie de militares acusados de violaciones a los derechos humanos.

El Perú, ese país por el que se jugó una y otra vez, al punto de que, hace más de 20 años, estuvo dispuesto a suspender durante un lustro una vocación literaria exitosa que ya le había dado importantes satisfacciones, todo por impedir que el Perú se jodiese todavía más, si era posible, en medio de la locura terrorista, la hiperinflación galopante y, además, el aislamiento financiero internacional.  

Veinte años después de que la mayoría de peruanos le negase la posibilidad de ser presidente, la historia le concede un honor mucho mayor que gobernar este país de congresistas mediocres y ministros adulones, donde, para hacer política, la estupidez, la improvisación, la hipocresía, los insultos, las mentiras y las conversaciones debajo de la mesa importan más que la inteligencia, las ideas y la honestidad intelectual y moral.

Faltan pocos minutos para que se cumplan los 14 señalados por el secretario de la Academia Sueca. Patricia convence al escritor de llamar a sus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana, en Washington, Santo Domingo y Lima, respectivamente. Ella sabe que no es ninguna broma. La intuición se lo dice. Lo ha visto trabajar durante 40 años con una disciplina espartana.

La emoción desborda a la familia. Nadie lo dice, pero es la noticia que esperaban hace tiempo. Unos minutos después, la buena nueva es confirmada en todo el mundo y el departamento en Nueva York se convierte en un “loquerío”, donde las llamadas y las visitas llegan con la misma sorpresa que un Nobel de Literatura en una mañana apacible.

Mario Vargas Llosa se ha convertido en el hombre más feliz del mundo. Aunque no lo diga, se percibe en su voz emocionada, en sus ojos enardecidos durante la conferencia de prensa en el Instituto Cervantes en Nueva York. No necesitaba el Premio Nobel para ser considerado un enorme escritor, periodista y ensayista. Pero vaya que lo ha hecho feliz. Se lo merecía largamente.

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COMENTARIOS
1 comentarios      
Que buen texto de un peruano hacia otro. Que talento!!! dejeme invitarle un lomo saltado, para celebrar el nobel peruano.
14 de octubre 2010
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