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Sábado 26 de septiembre 2020   |   Contáctenos
REVISTA

Ebelin Ortiz y los tamales de su abuela

Actriz y candidata dice: "Es la hora de las minorías olvidadas"
"Petronila es una mulata liberta, que trabaja cuidando la virginidad de una damisela blanca, que debe casarse con un viejo. Su trabajo es digno, pues con ese dinero desea comprar la libertad de su hijo, que vive en el norte"... una historia de ficción, encarnada por una mujer, que tiene bien puestos los pies sobre la tierra, una mujer con una historia real.
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Ebelin Ortiz y los tamales de su abuela

Nace en Miraflores, pero es en Lince donde crece y ve pasar su vida, con la compañía de su madre, sus abuelos y su hermano. Una niña como todas, juguetona e inquieta, amante de la música y el baile. Solía llegar en las mañanas al colegio entonando alguna salsa clásica como Ligia Elena, sorprendiendo los gustos musicales de sus amigas, que en plena adolescencia disfrutaban de grupos como Hombres G e Indochina.

Los sones de las canciones de Rubén Blades, anunciaban su presencia… Poco tiempo después, la música criolla, esa que se cultivaba en casa y en el seno de un hogar matriarcal, cautivaría sus preferencias. Quienes hemos crecido viendo los programas infantiles de Yola Polastri, recordamos a una morena de delgada figura y sonrisa amplia, moviéndose al ritmo de El Tamalito, tema que coronaba sus presentaciones en el espacio infantil más popular de los años ochenta.

Las ilusiones infantiles, las presentaciones en televisión, las inquietudes de la adolescencia, iban cimentando y madurando su carácter. “Vivir en Lince, entre el bullicio, la criollada, los anticuchos al paso, la pelota en las pistas, los amigos, las puertas abiertas de las casas vecinas y la música a todo volumen, hicieron de mí una mujer de barrio”. Toda esta experiencia de Ebelin Ortiz fue siempre arbitrada por la presencia de la abuela, pues su madre trabajaba y realizaba actividades proselitistas a favor de las minorías negras, que por aquellos años buscaban reivindicar una condición absurdamente discriminada.

“Crecí respirando activismo, mi madre primero, luego mi hermano. Ambos en sus actividades inspiraban en mí, ese deseo de lucha por una discriminación injusta y absurda. En esa época, yo cantaba en peñas, siempre acompañada de mis abuelos. La música criolla era mi pasión, sin embargo, ya tenía la inquietud de convertirme en actriz y tuve que decidir. Era consciente de que el trabajo nocturno haría desmedro en mi físico y no quería correr el riesgo de dañar lo que finalmente me iba a servir como trampolín para mi carrera actoral”.

UN HOGAR MATRIARCAL

“Recuerdo con profundo cariño, la convocatoria que hacía mi abuela, el día que destinaba a hacer tamales; en la cocina había movimiento total, todos teníamos nuestras funciones”. Ebelin sonríe con complacencia, pues disfrutó de la presencia de su abuela hasta sus últimos días. Sus recuerdos encuentran eco en los míos, “los tamales de la abuela son únicos”, comento, y ella asiente mientras intenta explicarme que se encargaba de limpiar los granos de maíz, antes de hacerlos pasar por el molino, tarea destinada a la matriarca de la casa.

Su madre, por su parte, molía el ají y seleccionaba las hojas de plátano, tarea fundamental para preparar el suculento tamal chinchano. “He comido hasta tamales de garbanzos, exquisitos y de una preparación similar a los que conocemos”. Me gusta mucho la cocina chinchana, aunque no me considero una privilegiada en estos menesteres. Mi madre hace una carapulcra deliciosa, con papa fresca, como se estila en Chincha.

Aunque no le gusta cocinar y no tiene mucho tiempo para ello, Ebelin guarda bajo la manga dos recetas que no tienen pierde. “Si se trata de engreír el estómago de alguien especial, considero que con un ají de gallina o un arroz con pollo, hechos a mi estilo, cumplo con creces esas expectativas”. “No creo haber heredado la sazón de mi abuela, pero tampoco lo hago tan mal”, dice con esa sonrisa franca que conocemos de ella.

Nuestra conversación fluye, en una dinámica de confianza, como si la conociera de hace muchos años. Su rostro está en la televisión desde que era una adolescente. Hoy con 40 años recién cumplidos, Ebelin se siente segura de lo que desea para su vida; sus proyectos, sus aspiraciones e incluso sus ilusiones, giran en torno a su experiencia que se ha forjado en el hecho de ser actriz, de luchar contra la discriminación por ser mujer, por tener origen afro y por lidiar en el competitivo mundo de la televisión.

“Muchos piensan que porque somos figuras públicas, no tenemos el derecho de ser considerados una voz en el Parlamento. Desde los cinco años, percibí en mi familia el activismo político y social; y hace solo unos meses después de haber participado en una reunión en donde asistí invitada por un amigo, en el que el presidente Toledo se reunió con hombres y mujeres independientes, recibí una sorpresiva llamada, mientras disfrutaba de un día de playa… lo que vendría después cambió mi vida, y con ello también mis prioridades”.

UNA INUSUAL INVITACIÓN

Antes de citar a Ebelin, sabíamos de sus gustos por la cocina regional, pero quisimos cambiar su tradición chinchana y proponerle comida del norte, es por ello que decidimos llevarla a Los Piuranos, un restaurante que en esta época del año, muy cercana a la Semana Santa, presenta los viernes, sábados y domingos a la hora de almuerzo, la tradicional Malarrabia: un suculento plato compuesto por pescado sudado, frijoles, arroz y plátano majado con queso de cabra. Antes del plato de fondo, un cebiche bien norteño, con zarandaja incluida, abrió nuestros apetitos.

Nuestro anfitrión, Daniel Kianmann, no tuvo mejor propuesta para invitarnos a contrarrestar el calor aún presente en nuestras tardes limeñas, que presentarnos una jarra de delicioso tamarindo frozen, una especialidad de la casa, con el sabor de Piura en cada sorbo. Gracias a esta atención, la tarde se prolongó, permitiéndonos conocer a la actriz, a la mujer y a quien desea ser una voz de propuestas en el Congreso de la República.

“Lo que vino después de la llamada que recibí en enero pasado, mientras estaba en la playa, cambió mi visión de la vida. Sentí que se me hacía un valioso encargo; esa misma tarde fui en compañía de mi hermano –quien se ha convertido en mi mejor aliado para este proyecto- y conversé con el presidente Toledo; necesité algo de tiempo para decidirlo, caminamos muchas cuadras casi sin darnos cuenta y me hice consciente de que esa lucha que había visto durante mi niñez y adolescencia, por fin podría materializarse y ser mi bastión para llegar al Congreso, si así lo decidieran los electores”.

“Reuní a mi familia y les expuse la propuesta, aún sorprendida por la inusual invitación. Mi bolsillo no estaba preparado para asumir los gastos de la campaña, pero no faltaron los amigos, las personas cercanas y la familia, que se pusieron a trabajar en ello. La papelería, la propaganda y otras formas de difusión la están asumiendo otras personas, yo no he gastado en esto”.

Luego de hacer recaer la responsabilidad de la propaganda en otras personas, Ebelin se centró en lo realmente importante para ella: su propuesta. “Sabía que en mí, podrían verse representadas varias minorías que podrían hacer una importante mayoría”.

“Estoy convencida de que el Estado debe trabajar en el individuo, y para ello deben darse las condiciones a fin de rescatar a los jóvenes, a los niños y a las familias”. Ebelin, considera necesario mostrar una cultura abierta a las mayorías, convertir los espacios olvidados en centros culturales, donde hombres y mujeres encuentren cine, teatro, literatura, fotografía, arte, cultura viva, pero al alcance de todos.

“Los independientes, los descendientes afro, las mujeres, los artistas, son el sector al que quiero representar. Incluso ahora, a partir de mi candidatura, estoy más expuesta a la discriminación, y no soy la única. Es la hora de las minorías olvidadas. Mi madre, Gloria González, es activista hasta hoy, y sé lo que ello implica, para mí no es nueva esta condición de mujer luchadora, fuerte, de trabajo; no me da miedo, así lo aprendí de las mujeres de mi familia”.

Una mujer extraída de la ficción, un personaje de la Perricholi, de la Lima Virreinal; una niña cantante, inquieta y de agradable presencia; una figura pública, actriz de teatro, de televisión, conductora de algún programa matutino; una activista a la que le preocupa las minorías; la postulante que va con el número 14 en la lista de Perú Posible para el Congreso de la República, encarna ahora su mejor papel.

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