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Viernes 24 de junio 2022   |   Contáctenos
REVISTA

COMO CAÍDA DEL CIELO

Palacala
A pocas horas de nuestra capital y tras una larga caminata que requiere mucho más que esfuerzo, una imponente caída de agua nos muestra todo lo que Lima nos puede ofrecer si optamos por conocer el sinnúmero de riquezas naturales que lejos del smog y el bullicio se esconden…
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COMO CAÍDA DEL CIELO

Si lo suyo es la caminata y la pasión por la aventura, Palacala es el destino perfecto que saciará su espíritu de trotamundos. Para llegar a este paradisíaco lugar, basta con emprender camino hacia la Carretera Central y después de pasar por poblados como Ricardo Palma y San Bartolomé, un inmenso cartel que anunciará su llegada a San Jerónimo de Surco, le servirá como punto de partida hacia tan impresionante caída de agua.

Ubicado exactamente a la altura del kilómetro 67 de esta importante vía que une a nuestra capital con el centro del país, este centro poblado conocido también como ‘Paraje de las mil flores’, se caracteriza por sus viviendas con techos a dos aguas, la mayoría pintadas en tonos pasteles, como para no opacar aquel verdor que se mantiene perenne casi todo el año en el lugar.
 
Cerca a la plazuela principal de San Jerónimo de Surco, un módulo turístico se convierte en obligado punto de parada antes de comenzar el ascenso –previo pago de un sol que servirá para darle mantenimiento al circuito– hacia las cataratas, que se ubican a 2 mil 600 metros sobre el nivel del mar, a cinco kilómetros del pueblo, a la margen izquierda del río Rímac, muy cerca de la quebrada de Matala.
 
CAMINO AL CIELO
 
Provistos de suficiente líquido para resistir la larga caminata, comenzamos nuestro ascenso en búsqueda de una de las más impresionantes caídas de agua que guarda entre sus confines nuestra capital, lejos del bullicio y del smog al que estamos acostumbrados en nuestro día a día.
 
Tomamos camino en dirección hacia la quebrada de Matala, donde tiernas vacas e intrépidos burros se han encargado de dejar su huella, colaborando con la señalización del camino que deben seguir los visitantes. Coloridas chacras, donde se ofertan frescas tunas, mandarinas y melocotones, es lo primero que dejamos atrás.
 
Superada la primera parte del recorrido, llegamos al Mirador, lugar hecho sobre la base de esteras y palos, y desde donde se divisa gran parte del recorrido dejado atrás. Desde ahí se puede apreciar un moderno puente que conduce hacia el caserío de Linday y las cascadas de Songos, rodeados siempre de ese verdor que resulta casi imposible disfrutar en la urbe limeña.
 
Luego de sucesivas piedras con flechas indicando el camino a seguir, una angosta trocha nos conduce hacia una pequeña capilla que sirve de refugio para quien se siente derrotado por el sol o simplemente pasa a ser la locación ideal para la foto del recuerdo.
 
Hermosas dalias, flores conocidas como arrocitos, o inmensos árboles como el manzano, permiten divisar a los lejos la Fortaleza de Huacapune, pero pequeñas casas guarecidas por fieles guardianes, nos tardarán en llamar su atención, sobre todo porque les permitirá agenciarse de algo comer y beber si es que el hambre y la sed comenzaron a hacer mella en su espíritu aventurero.
 
MÁS QUE AGUA
 
Con más de dos horas de camino a cuestas, y habiendo pasado el anexo de Huaquicha por la quebrada de Matala, la cascada de Pacchón se asoma como para decirnos que su belleza dista de la magnificencia de Palacala, pero igual no deja de confundir a los visitantes.
 
Dejando atrás la espumante caída de agua de Pacchón, un buen lugar para refrescarse; taras, huarangos y otros árboles colaboran con la estética de la trocha y anuncian la llegada al puente Palacala, que se erige sobre las aguas de un pequeño riachuelo, que se encarga de anunciar nuestra cercanía a las cataratas.

Después de cuatro intensas horas de camino, accediendo por un camino de herradura y senderos con desnivel pronunciado, divisamos enormes lajas de piedra que anuncian nuestro arribo a Palacala, a más de 3,000 metros sobre el nivel del mar.

Con su nombre escrito en inmensas letras amarillas en las inmensas rocas que están a su alrededor, la impresionante caída de agua no tarda en llamar la atención de grandes y pequeños, quienes se turnan para perennizar en una fotografía su llegada al lugar, como una especie de premio a la constancia después de varias horas de intensa caminata.
 
Sin dejar de ser tocados por el agua que es arrastrada por los intensos vientos que reinan en la zona, dejamos atrás la altura de Palacala y la espuma blanca que se forma en su base. En un descenso que nos tomó menos tiempo que el que requerimos para ir cuesta arriba, decenas de señoras ofertan lo mejor de la comida típica de San Jerónimo de Surco, como cuy frito, patasca, pachamanca (Gener@cción, Edición 70) o choclos sancochados.

Con las fuerzas repuestas después de deleitarnos con uno de esos suculentos platillos, emprendimos retorno hacia Lima, pero con la promesa de volver a las alturas de Palacala, esta vez con un nuevo reto en nuestras espaldas: Aminorar el tiempo de subida hacia esta caída del cielo…

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