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REVISTA

EL TEMPLO DE LOS ADORADORES DEL MAR

Huaca Pucllana
Dispuesta a desenmarañar los secretos que encierran cada una de sus bien logradas construcciones, la Huaca Pucllana se ha convertido en el único vestigio arquitectónico ?vivo? de un distrito que no se caracteriza, precisamente, por la calma que reina en los alrededores de un lugar sagrado como este... Acompáñenos a disfrutar de sus encantos…
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EL TEMPLO DE LOS ADORADORES DEL MAR

Rodeada de modernas edificacio­nes y urbanizaciones que fueron cobrando protagonismo de a po­cos, la imponente imagen de la Huaca Pu­cllana se alza como testimonio de un pasa­do que, lejos de convertirse en fiel testigo y compañera de la modernización de un distrito como Miraflores, sirve para corro­borar que, a pesar de que nuestra capital fue creciendo, algunas huacas permane­cen en pie para confirmar la grandeza de las antiguas culturas del Perú.

 

Es que a pesar de haber cobrado fama por haber sido un centro ceremonial de la Cultura Lima, que se desarrolló en la cos­ta central del Perú entre los años 200–700 d.C., la edificación de la Juliana –como era conocida en un principio– fue contempo­ránea a la existencia de culturas como la Moche en la costa norte y la Nazca, al sur de la capital, al igual que de otras culturas de la sierra como la Cajamarca en la sierra norte y Tiahuanaco en el altiplano.

 

Estudios llevados a cabo por el equipo, encargado de su puesta en valor, revelan que esta huaca absorbió a las poblacio­nes aledañas compuestas por agricultores y pescadores, quienes fueron dotados así de un centro de interacción comunal, que aprovechaba los excedentes producidos por ellos mismos a fin de usarlos en ritos religiosos. Una forma de mantenerlos co­hesionados, una costumbre que resultaba idónea para tal fin.

 

Será quizás por ello que, al llegar al si­tio, un halo mágico parece posarse sobre los visitantes y los impulsa, como a noso­tros, a recorrer cada uno de los rincones del lugar, para evocar no solo las épocas en que se lucía como un imponente Cen­tro Ceremonial de la Cultura Lima, sino también para apreciar cómo, después de largos años de abandono y destrucción, los trabajos de recuperación han logrado cambiarle la cara, poniendo en valor tan magníficas construcciones.

 

EL OTRORA ?CERRITO?

Según nos cuenta la Dra. Isabel Flores Espinoza, directora del Proyecto Arqueoló­gico "Investigación y Puesta en Valor de la Huaca Pucllana", los trabajos se iniciaron hace 27 años. Hasta ese entonces, el mo­numento era expuesto al maltrato e indife­rencia de la sociedad. Esto, a pesar de las muchas referencias escritas y orales que se tenían sobre este mítico lugar.

 

Y es que por ese entonces, nos cuenta, a pesar de estar registrada en varios textos técnicos que solo los arqueólogos maneja­ban y podían descifrar, Pucllana no pasaba de ser para los vecinos de Lima y visitantes de otras regiones, un ?cerro? o promonto­rio de tierra, en el que se había acumulado gran cantidad de basura y desmonte de las zonas aledañas, que año tras año fueron cercando el lugar, al punto de dejarla redu­cida a su mínima expresión.

 

Después de largos años de abandono y destrucción, los trabajos de recuperación han logrado cambiarle la cara, poniendo en valor tan magníficas construcciones.

Así, de una extensión mayor a las 15 hec­táreas, que le permitía llegar probablemente muy cerca de la Bajada Balta, donde –afir­ma la arqueóloga– Alfred Kroeber, antropó­logo norteamericano, encontró en 1925 un cementerio de la época que se relacionaría con los constructores del asentamiento, el área de esta huaca quedó reducida al lugar que hoy en día conocemos. Conservando, eso sí la belleza particular de sus edifica­ciones en base a sólidos adobitos y pisos muy bien elaborados con barro.

 

A título de anécdota, Isabel Flores y cada uno de los guías del lugar no se cansan de contar a los visitantes, que al iniciar las primeras excavaciones –primero en 1967, después en 1982– los vecinos no repara­ban en agradecer a quienes participaban de los trabajos porque "por fin limpiarían el cerro de tierra que ensuciaba la ropa lavada de las azoteas". Y porque "por fin –creían– iban a aplanar el cerro que no les dejaba captar bien la señal de la televisión".

 

Por ello, recuerda cavilando, con mucho cariño, las mañanas en que algunos vecinos, lejos de observar atónitos el maravilloso paisaje que se descubría día a día al recuperar lo que hoy es la Huaca Pucllana, se identificaban con los estudian­tes de arqueología y los arqueólogos que por ese entonces dirigían las tareas de campo. Se acerca­ban a ellos y les invitaban bebidas, todo un cambio de mentalidad.

 

"Después de un trabajo sostenido, realizado con mucho esfuerzo y con el apoyo de la comuni­dad, fuimos transformando la idea del ?cerrito? en lo que los vecinos hoy llaman con orgullo ?nuestra Huaca Pucllana?. Todos estos años de trabajo se ven gratificados cuando personas de toda edad y condición social son convocadas nuevamente por el centro ceremonial que alguna vez, hace más de 1300 años, hizo lo propio con los antiguos comar­canos de la zona. Por eso Pucllana es importante para la construcción de una identidad histórica y es nuevamente patrimonio reconocido por nacio­nales y extranjeros", sostiene.

 

CONSTRUCCIONES QUE PERDURAN

Como patrimonio, la Pucllana seguirá siendo reconocida debido a su grandeza que se refleja en aquella arquitectura monumental, hecha sobre la base de adobes pequeños y forjados a partir de continuos adosamientos y remodelaciones, reali­zados durante los tres siglos que tuvo vigencia y que permanecen de pie para corroborar su exis­tencia y participación en la historia de Lima y del Perú.

 

En la actualidad, la zona arqueológica está dividida en dos sectores bien definidos, ambos enlucidos y pintados con ocre de color amarillo, donde se trataron –según muestran las evidencias arquitectónicas– asuntos públicos y de gobierno, actividades de intercambio, almacenaje, ceremo­nias y asambleas, que dan muestra de la vitalidad y dinamismo de aquella sociedad.

 

En uno de los sectores, una estructura piramidal, aterrada, de 23 metros de alto, constituye el centro ceremonial. Ahí se realizaban rituales y cultos reli­giosos de acceso restringido que eran presididos por sacerdotes provenientes de Lima, realizados con el fin de rendir culto religioso en honor a sus dioses. Mientras que en el otro, en el área de las plazas, se ubicaba el sector administrativo, donde se intercambiaban productos y otras actividades sociales y estuvo conformado por recintos interco­nectados, con banquetas, patios y pasadizos.

 

CIRCUITO TURÍSTICO

De igual forma, en las otras dos áreas que for­man parte del circuito turístico, es decir, en el Par­que de Flora y Fauna Nativa y en la Casa del Arte­sano, el visitante puede disfrutar de otros atractivos que enriquecerán su visita en uno de los lugares que aún encierra los secretos de la Lima de anta­ño. Todo esto, como dijimos, dentro de la propia ciudad.

 

Así, mientras en el Parque de Flora y Fauna Nativa, se ex­hiben especies como llamas, alpacas, patos Joke, cuyes y el famoso perro peruano sin pelo, como muestra viva de los animales domesticados en el antiguo Perú, también el visitante, ávido de cono­cimiento ancestral, podrá encontrar algunas plan­tas aborígenes como el molle, la tara, la lúcuma, la guayaba, el pacae y el palto.

 

En la Casa del Artesano, re­sultará gratificante ob­servar a artistas popula­res res que, en una especie de turismo vivencial, con­feccionan artículos propios de distintas localidades del Perú. En esa forma, resultará fácil encontrar a Emiliano Orellana con sus cerámicas, a Irma Ra­mos en su cestería, a Sonia Seguil con sus mates burilados, a María Vásquez ocupada en sus tejidos en lana, a Verinia Ayasta con los tejidos en fibra vegetal y artesanía amazónica. Y a Bertha Balbín ofreciendo sus alimentos nativos.

 

Todos y cada uno de ellos con un solo objetivo: lograr que el visitante se familiarice con el trabajo artesanal que realizan, y puedan conocer y revalo­rar la tecnología tradicional, estimulando la crea­tividad en ellos. Pues al verlos obrar, se llevaran consigo una idea de lo que un día fue la Pucllana, la que gracias al esfuerzo de recuperación y pues­ta en valor, genera en aquellos que con su trabajo se convierten en los herederos de los que allí un día moraron.

 

DE PUCLLAY A PUCLLANA

Aunque en un principio, esta huaca ostentaba el nombre de Juliana, hoy es conoci­da como Pucllana, nombre usado por los indí­genas del siglo XVI. Apelativo tam­bién proporcionado por el Curaca Pedro Chumpi Charnan. Este es un vocablo quechua que se deriva del verbo ?Pucllay? que significa jugar, por lo que en su acepción más cercana significaría ?lugar de juegos?. Un lúdico espacio mágico.

 

Un significado que no estaría tan lejano de la realidad, puesto que dicho ?lugar de juegos? pro­bablemente tenga relación con los juegos y ri­tuales relacionados a ceremonias religiosas que se llevaban a cabo por los antepasados en este antiguo e imponente adoratorio localizado hoy en pleno corazón de Miraflores.

 

Un culto religioso que tenía como objeto de cul­to a la divinidad marina, simbolizada, según los di­seños encontrados, por las olas del mar o un tibu­rón bicéfalo muy estilizado que era representado en la cerámica y los textiles junto a peces y aves. Motivo por el que Pucllana fue reconocido como el templo de los adoradores del mar, es decir de gentes que, estando ligadas a la actividad pesque­ra, encontraba en la simbología de su actividad, la razón de su devoción.

 

Como complemento, la gigantesca pirámide de Huaca Pucllana fue construida en honor a estas divinidades. En ella, se cuenta, luego que cada vez que un ciclo de tiempo determinado se vencía, se realizaban ceremonias complejas que incluían sa­crificios humanos de mujeres y niños, en medio de grandes festines y ruptura de grandes vasijas con las representaciones sagradas de origen marino arriba descritas.

 

De ahí que la mayoría de elementos sacros identificados en el lugar nos remitan hacia as­pectos femeninos del cosmos, como el culto marino en un mundo en que el mar era femenino, los sacrificios de mujeres escogidas, la pintura amarilla vinculada a la luna, así como la presen­cia de elementos marinos en la cerámica y los textiles con una ausencia total de productos del valle en estas figuras. Todo pues ligado al mar.

 

¿EL FIN DE LA HISTORIA?

Pero, tal como sucedió con otros lugares precolombinos, hacia el año 650 d.C. la his­toria en Pucllana cambió radicalmente. ¿La razón? Provenientes del sur, de Ayacucho, arribaron los Wari, quienes en su afán ex­pansionista de formar un poderoso imperio, como sería el Tahuantinsuyo Inca 600 años después, generaron terribles cambios en la vida de los habitantes de Lima y también en los que servían a Pucllana.

 

A partir de ese entonces, esta huaca se transformó en el cementerio de sus nuevos colonizadores, quienes al construir profun­das tumbas destruyeron la arquitectura ori­ginal. El lugar no se volvería a usar como centro ceremonial ni para actividades administrativas. Con ello y repitiendo lo sucedido con otros cen­tros ceremoniales diseminados en Lima, Pucllana también fue abandonada. Pero con la esperanza de recuperar la fama de antaño, tal como sucede en la actualidad.

 

Con ello, lejos de la vida nocturna que carac­teriza a Miraflores, este distrito también encierra entre sus muchos atractivos una muestra viviente del pasado de Lima y del Perú. Un sitio dispuesto a inundar con su antiguo y sacro halo a cada uno de sus visitantes. Solo es cuestión de ir y dar una visita a este singular y mágico lugar…

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COMENTARIOS
1 comentarios      
tube la oportunidad de visitar la huaca pucllana grasias a untrabajo del instituto y debo decir q quede maravillada!!!!!!!!!! es muy muy muy wOnita!
24 de agosto 2011
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