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Domingo 29 de noviembre 2020   |   Contáctenos
REVISTA

LA HUELLA DEL ADIÓS

Michael y Alberto
En la muerte todos los hombres se tiñen de negro, y en el esplendor de la vida, cosa curiosa, ese color no goza de la mejor aceptación. ¡Qué importa! Estamos de luto y la muerte vuelve a visitarnos.
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LA HUELLA DEL ADIÓS

Han partido dos grandes y este humilde columnista no quiere pasar por alto la oportunidad para destacar la figura política del luchador Alberto Andrade Carmona, y en la música, el controvertido rey del pop, Michael Jackson. Dos personajes de colección que pasaron gentilmente por mi vida.

 

Andrade Carmona, que alguna vez estudió secundaria en las aulas celestes de mi colegio Guadalupe, siempre estuvo en la vertiente de los que nunca pregonan ese recurso literario que reza Lima la Horrible; no, él siempre nadó contra la corriente y pensó que nuestra capital era una ciudad de exportación.

 

Fue un salmón populista que le demostró a todas las razas que un parque es mucho más que césped y bancas para sentarse, hacía falta un toque de cultura y mucho de música para que tu bienestar pueda hacer su elección ideal.

 

Recuerdo el parque Kennedy al compás del grupo Frágil y su Avenida Larco. Era un campo de batalla para la mendicidad y el gris lucía su congoja. Entonces yo vivía en el Rímac y adolescente, no conocía nada de Miraflores, mi distrito de nacimiento.

 

Preguntando llegué a la calle Shell y crucé un parque lúgubre, sin color, impropio para una ciudad de gente pudiente. Pasó el tiempo y mi vida de universitario me regaló otro viaje por ese Miraflores de su alcalde Alberto Andrade Carmona, un gordito bonachón, con bigote de gracia pero con un firme temperamento para manejar el gasto público y poner en jaque a los corruptos.

 

Caminaba esa tarde y aún no me daba cuenta que el mismo parque que había visitado siete años antes, ahora parecía otro. Hasta mi curiosidad se posó en unos mimos que artísticamente encandilaban a su público. Y me llamó la atención ese anfiteatro con el escenario abajo donde después del atentado de Tarata tuve la ocasión de leer mis poemas en una velada cultural.

 

Un parque que crea puestos de trabajo, también murmuré. Me distraje más de media hora con música criolla. Seguí caminando y todo en orden, todo en paz. Nadie se miraba los relojes ni los bolsillos y el contorno citadino empezaba a lucir charlas amenas y tertulias de café, mientras ellas, se excitaban con el shopping en las pequeñas tiendas comerciales.

 

Después voté por Alberto Andrade para la alcaldía Lima. Marqué el corazoncito. Y por fin, la avenida Nicolás de Piérola llamada La Colmena, se libró de tantos ambulantes que también mataron al Hotel Crillón, las agencias de viaje y aquellos restaurantes de lujo.

 

Lo mismo pasó en el infierno llamado avenida Abancay y la calle Capón: Andrade no solo tumbó a la informalidad también tuvo que cortar gigantes cabezas de corrupción para cumplir sus objetivos. Toda una guerra al caos.

 

Con su gestión, Lima se vestía de gala y criollismo. ¡Qué felicidad sentía cuando caminaba por el Centro! Quizá no me puedan comprender muy bien mis lectores que recién cumplen 25 años. Era todo un suceso el cambio.

 

Nunca fui del Partido Popular Cristiano (PPC), menos de Somos Perú, el partido que fundó Andrade Carmona, pero nuestro país vio nacer a un hombre que amaba su tierra y que se jugó la vida por transformar la capital. Sin duda, lo logró. Su muerte solo sirve para resaltar sus obras.

 

En el año 2000, quiso ser presidente y la dupla Fujimori-Montesinos lo castigó mediáticamente sin piedad y lo calificó como un ?pituco sin sensibilidad social?. Infamia que lo rezagó, pero nunca lo amilanó políticamente.

 

OTRO GRANDE

 

Si creen que exagero, pregunten a los que saben y me darán la razón. Pregunten a los abuelos, a sus padres y ellos también le contarán que en los ochentas un fenómeno musical de nombre Michael Jackson nacía en el corazón de sus fanáticos para nunca ser olvidado e inscribirse en la historia de la música y el arte. Y si era música, por supuesto, tenía que ser negro.

 

Me acuerdo que de niño bailaba como Michael y con los tres pasos que hacía deleitaba a mi familia. Ellos se reían con mis pasos infantiles adornados de inocentes movimientos sexuales que solo el rey del pop dibujaba con sabiduría para la gente mayor. Todos bailaban. Todos éramos Michael Jackson.

 

Con el tiempo se hizo adolescente, y nosotros seguimos su rastro con I wanna rock with you y todavía con el dulce niño de seis años cantando I?ll be there con sus hermanos. Posteriormente, llegó Beat it con ese video de una bronca callejera, y para nosotros, los de barrio, las imágenes ?cayeron a pelo? y fuimos más héroes que nunca en nuestro callejón rimense de cinco caños.

 

Sí, el autor de Thriller marcó nuestra generación y se encargó de vestirnos, de endulzarnos y, especialmente, de enseñarnos a bailar. Ahora comprendo por qué muchos usan calcetines blancos con pantalones oscuros sin ser artistas. Confieso que yo también lo hacía, pero un comentario de una amiga que leía a Frida Holler me borró para siempre esta tendencia que roza con la huachafería en el buen vestir.

 

Después llegó 1985, y, junto con Lionel Richie el astro lanza Usa for Africa y la canción We are the World se convierte en un himno mundial con la voz de todas las estrellas del rock. Allí, vi por primera vez a Bob Dylan, me esforzaba por imitar la voz de Bruce Springteen y gozaba la locura de Cindy Lauper.

 

A finales de los ochentas yo ya no era el mismo, mi país se hundía en sangre y Michael todavía brillaba como el sol. Eran tiempos violentos.

 

En 1993 sus besos con Lisa Marie Presley se veían falsos. A ella los ojos le brillaban de publicidad y dinero, y él buscaba demostrar que las acusaciones de pedofilia eran puras patrañas.

 

En el Perú, la población electoral aplaudía una incipiente dictadura y definitivamente, yo ya no eran tan feliz como a inicios de los ochentas cuando Michael Joseph Jackson nos regalaba su paso lunar, movía la pelvis sin perder masculinidad y se agarraba la cintura para luego peinarse sin dejar de bailar.

 

Debo admitir que al ídolo le perdí el rastro después de su divorcio de la Presley en 1996. Me dediqué al periodismo y comencé a ver el país de otra manera. Hice lo mismo con el rock que tanto me conmovió en un una primera etapa. Creo que el encanto empezó a romperse con la aparición de Internet. No lo sé.

 

Me quedo con su pasado, con sus fotos cuando tenía seis años. Siempre negro. Ese pequeño que nunca pudo jugar como los pobres. Ese inocente que hablaba con un ratón en las noches de insomnio, y que una vez, descubrió que una ratonera mató a su confidente. Hay que observar su desgracia y comprender al niño antes de juzgar al adulto.

 

Debo terminar... A don Alberto lo vi muchas veces, le hice preguntas como reportero; a Michael lo seguía distante, desde mi pasión. ¡Qué más daba! Era un rey.

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