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Domingo 29 de noviembre 2020   |   Contáctenos
REVISTA

EL DELITO DE SER MIGRANTE (PARTE I)

Peruanos en Argentina
Los peruanos que radican en Buenos Aires, Rosario, Tucumán y otras ciudades argentinas viven expuestos al racismo, al menosprecio y a la condición de ser inmigrantes "peruchos" así sus papeles tengan el sello de legalidad ciudadana.
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EL DELITO DE SER MIGRANTE (PARTE I)

Las recientes noticias nos anuncian nuevas muertes que se suman en la lista de los que alguna vez se atrevieron a dejar nuestro país porque nunca pensaron que iban a decir: “Tengo el orgullo de ser peruano y no soy feliz viviendo en esta porción de terreno llamada Perú”.

Dicen que gritó el gol del “Charapa” Hernán Rengifo y luego lo mataron. Que un paraguayo lo siguió y sin pausa lo acribilló con un par de balazos. Carlos Castro Llatas estaba con su hermano, pero igual lo silenciaron por la espalda y no pudo enterarse por qué el árbitro boliviano René Ortubé no cobró ese bendito penal al final del partido. Otro peruano muerto en la distancia.

Y hace horas leemos que seis compatriotas de una misma familia perecieron en un accidente de tránsito atroz. Dicen que llevaban a emergencia a la abuela de la familia Jiménez. Dos policías samaritanos ayudaron pero la desgracia rebasó su generosidad. Y la muerte nuevamente le recordó a la prensa que hace poco el Grupo Néctar, de Jhonny Orozco, falleció en situaciones muy similares. Sin cariño.

Como dicen los que se van: “No es sencillo abandonar tu país, pero no queda otra”, y lloran en el aeropuerto; y siguen llorando en tierras gauchas mientras con la mirada perdida mirando sus zapatos ilegales. Pocos saben que Carlos Castro Llatas solo dejó un cuartito alquilado donde a las justas cabían sus sueños del día. Dicen que era un seductor y que ocasionalmente le enviaba algunos mangos a su pobre madre que ya sabe lo que es perder a un hijo por segunda vez. Qué dilema.

Conozco Buenos Aires. Un francés me dijo que París era casi igual. Tan grande que te pierdes sin cruzar la avenida 9 de julio que pregonan es la más grande del mundo. Estuve en el barrio 11, la Plaza Miserere allá por los noventas y sentía a los peruanos, los respiraba. Contemplé sus pupilas desempleadas y aprendí que los porteños tienen a  tres sujetos que les joden la sociedad y las buenas costumbres: los “paraguas” (paraguayos), los “bolitas” (bolivianos) y los peruanos o peruchos.

Que los “bolitas” son capaces de trabajar hasta por un peso. Que los paraguas, igual, pero que son muy violentos y a los peruanos nadie les quiere dar trabajo porque se aprovechan de tu nobleza. “Putamadre”, se lee en los labios de nuestros amigos, se huele su angustia y la palabra “trucho” (falso) brilla hasta en los zapatos de cuero, las hamburguesas o los “panchos” de los vendedores. Así olían las cosas en los tiempos de Carlos Saúl Menem.

Estamos en un nuevo siglo y las cosas no son lo mismo pero siguen igual como diría el trovador cubano Silvio Rodríguez. Recuerdo que otro amigo se fue a la ciudad bonaerense de San Nicolás, al norte de Buenos Aires. Allí conoció al doctor Sergio Condori, un médico peruano que emigró hacia Argentina en el primer periodo de Alan García. Yo también lo conocí. Era curioso ver como un puneño de color cobrizo casi apache entonaba su acento argentino.

Buena gente el doctor Condori. Tenían un auto Peugeot guinda del año. Sus colegas le decían negro “de cariño”. Su esposa una enfermera de ojos azules y cuatro trigueños de ojos azules como hijos. Linda su familia. Mi amigo me comentó que la esposa se encargó de abrirle los ojos y decirle que en su trabajo todas sus colegas hasta ahora le preguntan ¿Por qué te has casado con el negro? Y ella harta de decirles: “Porque lo amo”. Y así soportaba la discriminación y después comentaba que aquí los blancos no soportan a los morochos (blancos con pelo negro) y mucho menos a los negros (trigueños) -y negros como los conocemos nosotros ya sería un ofensa, un insulto a la especie allá en la patria de Cristina Kirchner.

Repito, no es fácil defender tu peruanidad en Argentina. Algunos hasta se olvidan que el Perú existe. Vienen transformados diciendo que ganan muy bien. Que allá te valoran como trabajador. Que trabajan por horas. Que comes carne, huevos, queso y tomas vino a cada rato.

Cuando vuelven a su realidad de inmigrantes, nunca dicen que viven en un cuarto de un metro cuadrado por el cual pagan la mitad de su sueldo. Tampoco hablan que algunos son “ambulantes” y venden maní en las calles y tienen que estar corriendo de la policía porque allá no se puede vender en las aceras. Qué te van a decir que viven en las Villas Miseria donde el gobierno tiene que pagar agua, luz y hasta teléfono, no pues, cómo enfatizar que fuimos a Argentina para perder.

El falso orgullo, el temor a decir que allá han ido para fracasar se borra cuando por lo menos puedes comer un buena parrillada (asado le dicen los ches) aunque sea de tercera clase. Carne es carne, mastican, mientras peruanos desinforman a otros peruanos que no entienden que pasa con el mentado desarrollo ahora que hemos vencido a la pobreza en unos dígitos según cifras oficiales.

Hay un elemento que refuerza este reportaje. Para los argentinos nosotros somos ciudadanos de tercera clase. Ellos están más cerca de Italia, Francia y nunca se dicen tercermundistas: ¡Andá a lavar, che! Cuando un peruano les gana puede incomodar pero les hiere que les gane un brasilero, un uruguayo, un chileno y hasta un colombiano.

El resto es silencio, indiferencia. Total, es como si un pigmeo te mete un puñete en la rodilla. El orgullo porteño (los nacidos en la Capital Federal, Buenos Aires. El bonaerense es sinónimo de provinciano) rebasa el concepto de autoestima, por eso, ellos tiran las medallas de plata porque no han nacido para perder.

Así en estas circunstancias y en condiciones laborales muy complejas los peruanos sobreviven aislados con el acento nacional perdido para siempre. Tampoco es para lamentarse, pero desafortunadamente la mayoría de los que salen rumbo al país del tango se comportan de la misma forma que lo puede hacer un angustiado vendedor informal del Complejo Comercial de Gamarra.

Creyendo que las leyes argentinas son iguales a las peruanas. Con el sambenito de que aquí yo también puedo hacer lo que me venga en gana. No me desperuanizo pero puedo dar fe que ante ataques desmedidos a tu sociedad lo menor que uno puede esperar es la discriminación.

Sentir que un grupo de compatriotas no han canalizado el concepto de peruanidad en sus venas. Aquellos que están más cerca de la barbarie que de la república. Los que se mean en imperio de la ley. Los que arrojan desperdicios a la razón a la comodidad.

Cuando estuve allá tuve que decir con furia que nuestras Líneas de Nazca no estaba construidas por los extraterrestres. Que no todos los peruanos orinan en la calle y que hay una gran mayoría que sabe valorarse como persona y ciudadano: “Peruano raro”, murmuraban.

Y allí me acordaba del anestesiólogo Sergio Condori, feliz de haber estudiado medicina en la Universidad de Rosario y los otros médicos nacionales que trabajan en los hospitales y clínicas del norte de Argentina: “Son buenos médicos los peruanos”. Y los argentinos justicialistas me enseñaban que en política el peronismo se nutrió de las bases del aprismo de Victor Raúl Haya de la Torre, y otros hasta se reían porque Juan Domingo Perón y el fundador de APRA se parecen muchísimo según las fotos.

Es duro vivir en otro país, sin embargo, es mucho más doloroso comprobar que la modernidad y la educación aún no se insertan en la mentalidad de muchos que nacieron para ser inferiores aquí, en Argentina y hasta en la misma China. Sin duda, un tema más para nuestra incipiente y peculiar democracia.

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