Viernes 01 de agosto 2014   |   Contáctenos
REVISTA

LOMAS DEL LÚCUMO

Un tesoro verde al descubierto
El valle del río Lurín y las Lomas de Lúcumo, se han convertido en el lugar ideal para alejarnos del bullicio, de la contaminación y de la vida agitada, y todo a pocos minutos de Lima.
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LOMAS DEL LÚCUMO

Recorrer escasos 35 kilómetros hacia el sur, en menos de 40 minutos, es suficiente para desconectarnos del trajín de la semana y refugiarnos en el último valle verde de nuestra capital, pero es necesario levantarse muy temprano si queremos deleitarnos al máximo con la riqueza natural, histórica y ecológica que nos ofrece el lugar.

La ruta a seguir nos obliga a pasar por la Panamericana Sur, la que poco a poco nos aleja del color gris que caracteriza a Lima. A la altura de la Refinería de Conchán tomamos el desvío Lurín–Pachacámac. El Fundo Mamacona, el Santuario Arqueológico de Pachacámac –convertido por años en el principal atractivo del lugar– y las famosas chicharronerías del Puente Lurín, se convierten en el punto inicial de nuestro contacto con la naturaleza.

DESCUBRIENDO EL VALLE

Dejando atrás el Tambo Turístico de Picapiedra, uno de los dos que existen en el valle, el verdor se vuelve una constante. Inmensas parcelas agrícolas con una rica variedad de flora y fauna nos abren camino a las lomas, a ese tesoro verde que recorre los centros poblados de Picapiedra, Guayabo y Quebrada Verde que, dueños de su propia riqueza histórica y natural, nos invitan a descubrir los encantos del lugar y su gente.

Esa misma gente que por más de dos generaciones se ha preocupado por conservar tan valioso recurso, porque como dicen los lugareños “sin lomas, no hay ganadería artesanal”, la que precisamente se ha convertido en una de las principales actividades económicas de Quebrada Verde, donde un grupo de jóvenes mujeres ha creado una microempresa dedicada a la elaboración artesanal de yogurt natural, en asociación con algunos productores de fresa de Manchay.

Pero antes de adentrarnos a las lomas, resulta casi imposible no detenerse en el Guayabo y apreciar su curiosa iglesia, que fue construida hace siete años en las faldas de un cerro y cuyas formaciones rocosas de formas y leyendas peculiares, sirven de marco ideal para cobijar a Jesús y su madre.

LA RIQUEZA DE LAS LOMAS

El Puente Quebrada Verde se convierte en la puerta de ingreso al circuito de las Lomas del Lúcumo. Aquí, Jacinto Mendoza, convertido en un experto guía, nos da la bienvenida y nos explica que las lomas son formaciones vegetales que se crean producto de las neblinas en los cerros de pendiente suave y en las quebradas orientadas hacia el mar.

Durante la temporada húmeda, de junio a noviembre, las lomas reverdecen por lo que se convierten en un verdadero paraíso para los visitantes. Al iniciar el recorrido, que consta de dos rutas que recorren los seis kilómetros del ecosistema de las lomas, se aprecia un inmenso caparazón de caracol, una especie de tributo al lugar por resultar propicio para la crianza de tan 'exquisito' animal.

Metros más arriba, una pequeña formación rocosa semejante a la cabeza de un toro y el Refugio de Pastores -a donde llegaban los pobladores de Santo Domingo de los Olleros, Langa y Lahuaytambo- se complementan con la inigualable belleza de la Flor de Amancaes, cuyo vibrante color amarillo se posa sobre nuestros ojos, y aunque tan hermosas flores viven entre tres y cinco días, están estrechamente ligadas a la conservación de las lomas costeras, de ahí que su presencia nos acompañe en todo el camino.

EL GUARDIÁN DE LA QUEBRADA

Siguiendo con el recorrido, dos inmensas rocas, una cuya formación simboliza la Cara del Inca –a la que los lugareños han bautizado como El Guardián de Quebrada Verde– y la otra llamada Cara del Español, simbolizan el encuentro de dos culturas: la incaica y la española.

En la parte baja, una piedra cóncava, donde caben hasta 15 personas sentadas, antecede a tres socavones de minas abandonados cuya extensión llega hasta los 21 metros, uno de ellos con orificio de entrada y salida.

Unos metros más adelante, la tara, el lúcumo y los mitos –una especie de papaya salvaje– se confunden con el tabaquillo y la mala mujer u ortiga, que por estos días florece en todo su esplendor y nos indican la llegada hacia la primera cima de las lomas, desde donde se aprecia Quebrada Verde en su totalidad.

Unos metros más abajo, El Farallón nos impone su presencia debido a su inmenso tamaño. Le siguen pinturas rupestres, andenes prehispánicos, mesas de sacrificio, vizcachas, cernícalos, águilas, zorros grises y hasta insectos como el palo-palo, cuya presencia reconforta las largas horas de camino. Ese que tuvo a bien alejarnos de la gran ciudad y nos puso en contacto con una de las pocas maravillas que conserva nuestra naturaleza.

CAMINOS LLENOS DE HISTORIA

Antes de disfrutar la belleza incomparable de las Lomas de Lúcumo, un sinnúmero de atractivos complementan el circuito turístico por el último valle verde de Lima. Siguiendo por la Panamericana Antigua, hacia la margen izquierda del río Lurín, nos abrimos paso por el Camino de las Culturas Prehispánicas, bautizado con ese nombre al encerrar en su recorrido algunos restos arquitectónicos de la Cultura Ichma.

El Cerro Pan de Azúcar, desde cuya cima se aprecia el valle en todo su esplendor, Tomina, San Fernando, Jatosisa, Cardal y Santa Rosa de Mal Paso, anteceden a la zona arqueológica de Pampa Flores, en donde todavía se puede apreciar algunos muros de adobe destruidos por la inclemencia del tiempo y por los huaqueros que han posado sus manos en uno de los 300 vestigios históricos del valle.

Lo mismo sucede con Tambo Inga y su quebrada, que aún conserva su riqueza histórica, la misma que se complementa con la belleza de las Lomas del cerro El Manzano, que se divisa desde lo lejos por este camino. En este corto recorrido resulta inevitable esa mezcla de historia con un sinfín de paisajes naturales que tienen como uno de sus principales protagonistas al turtupilín o puquín, un pequeño pájaro rojo y negro convertido en ave representativa del lugar.

Dejando atrás el misterio que encierra nuestra historia, a la altura del Puente Manchay, empieza lo que se conoce como el Camino de los Centros Poblados: San Juan, Curva Zapata y Rumi Wasi son los primeros pueblos que se aprecian a la margen derecha del río Lurín. Le siguen Manchay Alto, Manchay Lote B y Manchay Bajo, que por estas épocas se tiñen de rojo al ser una zona ideal para la siembra de fresas. Así queda abierta la puerta de entrada a las lomas, a ese paraíso que aún permanece desconocido para muchos.

MÁS ALLÁ DE LAS LOMAS

El circuito que nos permite llegar a las Lomas de Lúcumo, se complementa con la visita  a los Ecomuseos, llamados también “museos vivos o de la vida”, que a decir del Grupo GEA son “productos turísticos comunitarios desarrollados como centros demostrativos con una fuerte esencia natural y cultural”.

Así, en el Pueblo de Lurín, nos topamos con la Asociación de Artesanos Ichiman Wari, que reúne a 30 familias ayacuchanas dedicadas a la artesanía. Es el caso de Juan Nolasco, propietario del Taller Llienco, donde los visitantes además de apreciar sus bellas artesanías pueden experimentar –si lo desean– el trabajo artesanal.

Lo mismo sucede con la Asociación Civil Inti Raymi, aquí según nos explica su presidente Orlando Vásquez, esperan que este circuito turístico pueda atraer mayor cantidad de personas que se sensibilicen con el trabajo que realizan los artesanos. De esta forma la producción no estaría enfocada solo hacia la exportación, sino también hacia el mercado local.

Ya en Pachacámac, nuestro paso por Bioagricultura Casa Blanca, es inevitable. En el lugar, doña Carmen Felipe, explica atentamente el trabajo realizado en su pequeña finca. Promover la aplicación de principios ecológicos, como el reciclaje de nutrientes o el manejo eficiente del agua limpia, son más que suficientes para obtener productos de calidad.

Ahora que lo sabe, solo es cuestión de enrumbar hacia el sur, al único valle que nos invita a gozar del último paraíso de la capital.

Para disfrutar de las Lomas

  • Si no cuenta con movilidad puede tomar unas coasters que desde el Trébol de Javier Prado conducen al lugar.
  • Ropa ligera, buen calzado, bloqueador, gorro y agua es más que indispensable para disfrutar del recorrido.
  • Si no dispone de tiempo suficiente para conocer las lomas, puede optar por la ruta corta que dura poco más de tres horas, de lo contrario puede disfrutarla en todo su esplendor en el recorrido que dura entre cuatro y seis horas.

Aparte de la caminata se puede disfrutar de escalada en rocas, ciclismo de montaña o cabalgatas.

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