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Domingo 25 de octubre 2020   |   Contáctenos
REVISTA

PADRE RICARDO WIESSE

Sentido homenaje
Tenía dudas, lo reconozco, de escribir algo tan personal, pero una magnífica columna de Ramiro Escobar publicada en La República y titulada Curas buenos, me decidió.
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PADRE RICARDO WIESSE

El domingo 4 tuve la oportunidad de asistir a la misa que con motivo de la despedida del padre Ricardo Wiesse Thorndike se efectuaba en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús de Barranco.

La partida del padre Wiesse significará no solo su ausencia sino la demolición de la vieja estructura para edificar un nuevo templo. El anterior nunca se pudo culminar porque el padre Ricardo siempre dedicaba la limosna y donaciones a atender las necesidades de aquellos que poco tienen. En un mundo que idolatra al ladrillo, el padre Wiesse prefirió la intuición que nace del corazón.

Desde muy niño conocí al padre Wiesse. Todo el barrio de alrededor del otrora cine Barranco sabía de él. Era común verlo caminar desde muy temprano rumbo al mercado para adquirir los alimentos que luego repartiría. Era común verlo pasear por las calles del barrio de Maynas resondrando a los palomillas para que vayan a misa.

En los meses de verano, en conjunto con hermanos marianistas del Colegio San Luis y vecinas de gran corazón como la señora Hudtwalcker, organizaba "colonias" para que los niños del barrio gozaran de las instalaciones de un gran colegio a la vez que recibían útiles escolares, ropa de las donaciones y alimentos y una formación en valores y principios. Fueron veranos inolvidables para decenas de niños barranquinos.

He tenido la gigantesca fortuna de haber gozado, gracias a mi familia y a sacerdotes como el padre Wiesse, de una niñez muy feliz. De mi barrio han salido también sacerdotes y hermanos profesos, que hoy se entregan a Dios con la misma devoción y dedicación que siempre testimoneó el padre Wiesse.

Cada domingo a las 12 era infaltable en la misa. Ninguna enfermedad lo alejó del altar ni aún cuando su permanente afección a la garganta lo ponía al borde de la afonía total. Siempre supo transmitir cariño y amor. Siempre estuvo al servicio de los demás.

El Domingo de Gloria he visto llorar a mucha gente en la despedida del padre Wiesse. Por pena, agradecimiento o por el gran vacío que nos va a dejar. En esos momentos sentía con crudeza el contraste miserable con aquellos que acusan a la eterna Iglesia Católica por el delito infame que han cometido un par de individuos. Nada más injusto para con una Iglesia que a pesar de haber pasado por mil y una pruebas siempre se ha levantado de los errores humanos para cumplir con la misión divina que le encomendó el Señor.

La vida me ha puesto en frente de grandes y queridos sacerdotes católicos. Desde el padre Manuel Duato conocido como el “padre quitapenas”, el padre Wicht, monseñor Bambarén hasta el padre Nieto, todos de la congregación jesuita.

También he tenido la suerte de conocer al padre Juan Serpa, grande entre los grandes, dedicado a la educación de los pobres. Mis amigos como César Mesinas y Felipe Córdova al igual que Ricardo Wiesse sacerdotes seglares, o Jaime Baertl, José Antonio Eguren o Guillermo Garreaud del Sodalitium Christianae Vitae o mi querido padre Carlos, de Huacho, miembro del Opus Dei. Claro que hay curas buenos, muchos sacerdotes buenos.

En estos momentos en que la Iglesia Católica sufre de injustos ataques es necesario recordar a los que siendo mayoría no piden reconocimiento ni aplausos para dedicar su vida a servir. Y en ese sentido recordar la trayectoria de gente buena como el padre Wiesse es reconocer, por todo lo alto, la obra de Dios.

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