Sábado 25 de mayo 2019   |   Contáctenos
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Humala sube, Toledo baja

La verdad del plan de gobierno de Ollanta
Pocos se imaginaron el panorama actual, con Ollanta Humala en el primer lugar de las encuestas, Keiko Fujimori en segundo lugar y Alejandro Toledo relegado al tercer lugar. En rigor, se trata de un empate técnico. Pero el declive de Toledo y el repunte de Humala resultan evidentes. ¿Qué sucedió?
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Humala sube, Toledo baja

Hace un mes, Toledo ocupaba cómodamente la punta con 28%, seguido por Fujimori con 22% y Luis Castañeda Lossio con 19%. Humala y Pedro Pablo Kuczynski prácticamente no tenían posibilidades. El único enigma para Toledo era su contendor en la segunda vuelta. Él prefería a Humala porque pensaba que ganarle le resultaría más fácil que derrotar a Fujimori o a Castañeda.

Entonces dejó tranquilo a Humala y se dedicó a atacar (él mismo y a través de sus voceros) a Fujimori y a Castañeda y también, inexplicablemente, a PPK, que en ese momento marchaba quinto. Además, se enfrascó en una batalla verbal contra Alan García y Luis Nava. El resultado fue que los chanchitos se divirtieron y él quedó manchado de lodo, acusado incluso de padecer de una obsesión psicosexual.

Otro error de Toledo fue mostrar en el último debate los resultados negativos de un examen toxicológico que dijo haberse realizado, pese a que había dicho semanas atrás que él no caería en la guerra sucia que le planteaban sus adversarios. ¿Para qué mostró la prueba si no creía en ella y si la gente ya se había olvidado del asunto?

Lo que sucedió como consecuencia de esta suma de errores fue exactamente lo contrario de lo que habían planeado en la tienda de Perú Posible: Toledo perdió credibilidad y votos entre sus seguidores y Humala se disparó.

HUMALA SÍ CAMBIÓ: AHORA MIENTE MEJOR

Mientras, Humala era dejado libre por unos adversarios que no veían en él ningún peligro, él se quitaba el polo rojo del 2006, se calzaba un terno y una corbata, bajaba los decibeles en sus discursos, aprendía a congelar la sonrisa y posaba para las cámaras con rosarios en las manos.

Quienes habrían aconsejado actuar así a Humala serían unos asesores brasileños pertenecientes al Partido de los Trabajadores de Brasil, fundado por el ex presidente Lula da Silva y en el que también milita su sucesora, Dilma Rousseff.

Ollanta ha hecho todo lo posible a lo largo de la campaña para demostrar su aparente alejamiento de Hugo Chávez (aunque en las entrevistas le resulta casi doloroso afirmar categóricamente que el venezolano es un dictador que empleó el sistema democrático para llegar al poder pero que, una vez elegido, cambió la Constitución y ahora gobierna desde hace más de una década trasgrediendo todo tipo de libertades) y evidenciar su aproximación a Lula.

Humala en realidad sí ha cambiado, pero no en el sentido en que pretende hacer creer a los electores. Ya no es el mismo soldado casi trastornado del 2006 que hablaba de socialismo con el puño en alto y gritaba su amor por Velasco, Chávez y Fidel Castro.

Ahora sus asesores le han hecho entender que por ese camino no llega a ningún sitio. Mantiene los mismos planteamientos radicales del 2006, pero se cuida de salir en la tele y en los diarios con una sonrisa beatífica y un rosario en las manos, rodeado de su esposa y su hija recién nacida. Y, sobre todo, miente bastante bien. 

En los spots de televisión, en las entrevistas y en los mítines, declara que respetará los TLC y las concesiones, que no aplicará una política estatista, que no instaurará una nueva Constitución y que respetará la independencia de los medios de comunicación. Pero en su plan de gobierno, llamado pomposamente “La gran transformación”, dice lo contrario.

Ahí, Humala propone instaurar una nueva Constitución, estatizar las actividades estratégicas esenciales, impulsar una mayor participación del Estado en el campo empresarial, renegociar los TLC y los contratos de concesión y establecer leyes restrictivas para el manejo de los medios masivos de comunicación que terminarían forzosamente en la expropiación. 

Ollanta es libre de creer en Velasco o en Chávez o en Castro e incluso de rodearse de asesores brasileños o rusos. Pero la libertad no debiera alcanzarle para mentir de esa manera al Perú, mostrándose como un candidato respetuoso de las libertades y de la continuación democrática cuando en realidad sus principales objetivos son estatizar y nacionalizar medio país, a lo Velasco, y perpetuarse en el poder, a lo Chávez.

Después de que se dieron a conocer los resultados de las encuestas que situaban a Humala en el primer lugar, los indicadores económicos del país sufrieron alteraciones, como si los primeros efectos del cáncer (o del Sida) hubiesen comenzado a manifestarse: el índice de la Bolsa de Valores de Lima registró una caída de 5,2%, el mayor descenso desde el año pasado, mientras que el dólar subió a S/. 2,861.

ACOMODOS Y REACOMODOS

Con Humala y Fujimori encabezando las encuestas y Toledo en tercer lugar, el 10 de abril puede pasar casi cualquier cosa. Yehude Simon, de Alianza para el Progreso, dijo que Castañeda debería renunciar para traspasar sus votos a PPK y evitar así la victoria de Humala. 

Castañeda respondió que él no iba a renunciar. Pero, como están las cosas, no resultaría tan descabellada la idea de que lo mejor que podrían hacer Castañeda o PPK, que se encuentran en quinto y cuarto lugar, sería declinar su candidatura a favor de Toledo ante la arremetida de Humala.

Si el amor que dicen sentir por el Perú es auténtico, sus apetitos personales deberían quedar a un lado por el futuro del país. La pregunta es cuál de los dos estaría dispuesto a hacer ese sacrificio.

Si no lo hacen los candidatos, resulta probable que, a medida que se acerque el 10 de abril, los electores responsables se lo piensen mejor y le quiten su voto a Castañeda o a PPK para dárselo a Toledo, que marcha tercero, y evitar de ese modo una fatídica segunda vuelta entre Fujimori y Humala, el cáncer terminal y el Sida, según Vargas Llosa.

PPK y Castañeda cuentan actualmente con un 15% de intención de voto cada uno, lo que hace un total de 30%. Si al menos la quinta parte de este porcentaje de electores no quiere una segunda vuelta entre Fujimori y Humala y vota por Toledo, el líder de Perú Posible aseguraría su pase a la segunda vuelta.

Quien sí parece tener un sitio fijo en la segunda vuelta es Keiko Fujimori, con un 19% duro y un 3% de voto escondido, es decir de aquellos individuos que, cuando son interrogados por las encuestadoras, no declaran su voto por vergüenza o timidez. La hija del condenado ex presidente es la única que, en apariencia, respira tranquila.  

Estos razonamientos carecen de sentido si los números en las encuestas varían en los pocos días que faltan para las elecciones, como es probable que suceda. Si Humala baja o si Toledo o PPK o Castañeda suben, el escenario para el 10 de abril será distinto y ahí sí cualquier cosa puede suceder. La decisión final es de los electores, que han demostrado ser tan volubles e irresponsables como una adolescente confundida.

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